por Lynnsinhill

El señor Henry Miller ya no trabaja en la industria del sexo o llámalo Big Sur


Parece que en Big Sur, Henry Miller se ha rehabilitado del sexo. Ya no hay campanas del trabajo para su prospector de mujeres que dormita como un baboso anciano tras haberse procurado una juventud de sexo maratoniano

Ahora descansa, filosofa, sonríe, cuida a sus niños y escribe en el paradisiaco estado de California. Concretamente, en un rincón playero llamado Big Sur. Ha mudado su hamaca desde los Campos Elíseos y Times Square a la arena de lo idílico. Pero su verbo anda mustio, ya no es la rosa primaveral de antaño, parece que el paraíso le remite demasiadas jornadas de felicidad que hacen mella en su prosa. Noto los "caos" que le meten en cada página, el cuadrilátero era suyo en París y Nueva York, aquí me topo con que le sacuden demasiado. 

¿Crees que echo de menos al marrano de Miller? El tipo escribía la mejor prosa auspiciado por su pene y la partitura sonaba tan bien...
Seguiremos tomando el sol en Big Sur hasta la última de sus páginas. Después cruzaremos a nado el mar hasta "El Coloso de Marussi" y la isla de Corfú. Puede que allí le sacudan menos al boxeador de la prosa y el prospector de mujeres decida estirar los músculos.


Otra cosa

La juventud había desertado de su pelo. Se retiró un buen día, quizás cuando detectó que sus sueños ya no correspondían a los de un joven. Y se fue, hizo las maletas; se llevó una  maraña rizada y el tinte que mantenía aquello tiznado.

Se piró y dejó el campo libre a todo lo demás. Pronto la calvicie holló aquellas cumbres desprotegidas y el blanco empezó a extenderse como una mancha de lejía

Pero no importaba, porque antes se marcharon los sueños y sin ellos resultaba indiferente ya aquel cambio climático en su apariencia.
El exchico se enjuagó la voz en un vaso de agua, necesitaba aclarársela pues iba a disertar. La audiencia crepitaba como un fuego recién encendido, estaba ansiosa por escuchar. 

Pronto las oleadas de palabras empezaron a llegar. El micrófono las convertía en tsunamis y todas ellas arramblaban con todo: la incredulidad, la ignorancia, el escepticismo...

Había muerto un joven y nacía otra cosa. No se sabía todavía el qué; pero, definitivamente, se trataba de otra cosa.