por Lynnsinhill

Míralo

Los ronquidos del perro no la dejaban escribir; esos siseos repletos de mucosidades caninas espantaban la concentración. Como si ésta se compusiera de unas cuantas velas encendidas y el can (con sus carrillos apurando el aire) encarnase a un niño de seis años soplando ante su tarta de cumpleaños. 


De repente habían pasado varios meses y el perro se había apagado como una vela. 
No estaba, la concentración sí pero no el perro. La chica echaba de menos sus monsergas respiratorias, sus miradas somnolientas...

¿Quién lo había apagado? Su vela había sido pasto de una ráfaga de mala salud, se había ido y las moles de concentración no compensaban su ausencia.

2 comentarios:

Ligia Ruiz dijo...

Cuando la costumbre se vuelve más fuerte. En la historia al principio no soportaba al animal porque no lograba concentrarse, ahora que el silencio la rodeaba extraña el ruido del can. Eso nos sucede muy a menudo no sólo con los animales..., aunque siempre nos damos cuenta muy tarde...
Gracias por compartir este mini-relato... no dejes de escribir.

saludos!!!

Lynnsinhill dijo...

Bueno, yo he soportado y querido al animal desde el principio. Por eso le dejaba colarse en casa, y sentarse junto al fuego. Era mi mimado de ciencuenta kilitos...

Gracias, Ligia por tus ánimos.

un saludo