por Lynnsinhill

Míralo

Los ronquidos del perro no la dejaban escribir; esos siseos repletos de mucosidades caninas espantaban la concentración. Como si ésta se compusiera de unas cuantas velas encendidas y el can (con sus carrillos apurando el aire) encarnase a un niño de seis años soplando ante su tarta de cumpleaños. 


De repente habían pasado varios meses y el perro se había apagado como una vela. 
No estaba, la concentración sí pero no el perro. La chica echaba de menos sus monsergas respiratorias, sus miradas somnolientas...

¿Quién lo había apagado? Su vela había sido pasto de una ráfaga de mala salud, se había ido y las moles de concentración no compensaban su ausencia.