por Lynnsinhill

Las montañas de la locura para la piel

La chica superó su oblomovismo, una tendencia que por suerte no la amenazaba con una apoplejía, y fue a la perfumería a agasajar a su enamorado con un regalo hidratante. Allí se topó con una dependienta que la obsequió con una muestra de crema.

-Póntelo por la noche y por el día..., bla, bla, bla.

La chica ojeó lo entregado. Le habían despachado un sobre minúsculo que como una benditera sólo le serviría para remojar los dedos, santiguarse y dar gracias por el nuevo día. No daba para más aquella escuálida muestra a la que se le transparentaban los huesos y parecían oírse sus retortijones de hambre. Así que cómo la dependienta podía hablar de aplicaciones vespertinas y nocturnas...

La compradora replicó, quería un poco de salud en el sobre, algo más de chichas, unos michelines saludables y algo acorde a su edad: no unas algas primas hermanas de la Vírgen de Lourdes, que no dejaban de ser unas benditeras y, para colmo y por suerte, todavía de visita innecesaria.

Pero la dependienta no conocía más respuestas, le faltaba imaginación para improvisar, para salir al paso con otra cosa, otra muestra. Su mano tenía un tic, una manía y consistía en adjudicar esas muestras fuera quien fuera el cliente. Entregarlas suponía algo así como un parpadeo de sus ojos. No podía dejar de parpadear así que la perra de Paulov recurrió a su inveterada sonrisa para suavizar el desaguisado. La sonrisa planeó unos instantes en su boca y luego se evaporó.

La compradora meneó la cabeza, observó el derroche de cartón y papel que escoltaba al sobrecito, y abandonó aquellas montañas de la locura para la piel.

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