por Lynnsinhill

Las montañas de la locura para la piel

La chica superó su oblomovismo, una tendencia que por suerte no la amenazaba con una apoplejía, y fue a la perfumería a agasajar a su enamorado con un regalo hidratante. Allí se topó con una dependienta que la obsequió con una muestra de crema.

-Póntelo por la noche y por el día..., bla, bla, bla.

La chica ojeó lo entregado. Le habían despachado un sobre minúsculo que como una benditera sólo le serviría para remojar los dedos, santiguarse y dar gracias por el nuevo día. No daba para más aquella escuálida muestra a la que se le transparentaban los huesos y parecían oírse sus retortijones de hambre. Así que cómo la dependienta podía hablar de aplicaciones vespertinas y nocturnas...

La compradora replicó, quería un poco de salud en el sobre, algo más de chichas, unos michelines saludables y algo acorde a su edad: no unas algas primas hermanas de la Vírgen de Lourdes, que no dejaban de ser unas benditeras y, para colmo y por suerte, todavía de visita innecesaria.

Pero la dependienta no conocía más respuestas, le faltaba imaginación para improvisar, para salir al paso con otra cosa, otra muestra. Su mano tenía un tic, una manía y consistía en adjudicar esas muestras fuera quien fuera el cliente. Entregarlas suponía algo así como un parpadeo de sus ojos. No podía dejar de parpadear así que la perra de Paulov recurrió a su inveterada sonrisa para suavizar el desaguisado. La sonrisa planeó unos instantes en su boca y luego se evaporó.

La compradora meneó la cabeza, observó el derroche de cartón y papel que escoltaba al sobrecito, y abandonó aquellas montañas de la locura para la piel.

El mejor trabajo del mundo


El perro agitó su hocico, como un jinete oscuro olió el aire en el que se agitaban atrapados miles de olores de un sabroso desayuno. Era un pastor alemán, pero un lindo pastor alemán llamado Athos y educado para respetar a su ama, aunque fuera una mujer. De hecho, la había seguido desde su casa: una villa toscana con jardines rebozados de esculturas subrrealistas y de mosquitos en su tránsito hacia el trabajo a recibir su nómina de sangre. 

Los dos turistas se toparon con el perro mientras desayunaban en los jardines del hotel con encanto. A su vera, una pequeña capilla familiar guardaba los restos de un tal Rossi, morto tras una longa e penosa malatia, según rezaba su chivata lápida. Pero Rossi no molestaba, encarnaba a un tipo tranquilo que ronroneaba desde su cama de ladrillo centenario, mientras ultimaba los planos para su próxima vida ya que quería escabullirse de las longas e penosas malatias.

El pastor alemán imitaba a Rossi. Sí, ronroneaba pero con el corazón a todo gas y haciendo planes para su próxima comida. Su ama trajinaba cerca, la había seguido desde su casa por la carreterita estrecha como un espagueti del número uno, y se había apostado bajo el manzano como un marido paciente que va a recoger a su mujer al trabajo.

La pareja continuaba con su desayuno, la dueña del perro trabajaba después de haber reñido al aventurero perro por sus ínfulas de Frodo, Rossi ultimaba su advenimiento con la emoción de un niño, y Athos, desde su manzano, escribía cartas de amor con los ojos a la comida de los viajeros.

Js España o El eunuco, el pastor alemán o el bosquimano mental versus la mujer

La chica llegó al macroedificio de la empresa. Ahí, ante el stock de espacio y plantilla, plantó su sonrisa a la recepcionista. Su boca obedeció al instante y sumisa esculpió lo demandado. La recién llegada había pasado un arduo proceso de selección: primero, currículum en inglés, segundo, test de personalidad, después, videoconferencia con el fundador en idioma shakesperiano y, por último, prueba de redacción.

Así que tenía motivos para sonreír. Sólo quedaba una última entrevista con el mandamás de turno, el gerente pululaba por allí con su pelo de pastor alemán. Unos mechones canos, como cenefas de paso de cebra, se ensartaban en medio de un paraje de tontuna y estupidez. Pero ella no lo sabía, aunque había entrevisto su jeta consultando la enciclopedia de caras de la empresa y no le había inspirado más que inquietud, esperaba equivocarse, errar en su diagnóstico y toparse con un tipo profesional. Vana esperanza la que alimentaba su sonrisa.

La chica se internó en la sala. El pastor alemán se erguía como un eunuco, pero a éste le habían castrado la inteligencia. Pero, repetimos, ella no lo sabía... y entró con la sonrisa enroscada en los labios.

El eunuco o el pastor alemán inspeccionó el currículum buscando intersticios, ranuras, "gaps" de dolor. La sal la tenía cerca y roció el CV (metafóricamente) con ella. Enseguida lanzó su primera pregunta salada:

-Aquí pone que tienes 30 años, ¿supongo que querrás casarte?
Ese asunto estaba finiquitado, acababa de debutar con su nombre y apellidos en un libro de familia. Ella sonrió, aunque intuía la tormenta blanca: todo se iba rizando y ya se formaban tsunamis de altas pretensiones.

-A lo mejor me meto donde no me llaman, pero quizás a los 32 querrás tener hijos, ¿no? -y la miró el bosquimano mental, el eunuco o el pastor alemán mal adiestrado con su pléyade de dientes contentos con la estocada a la igualdad.

"¿Por qué todo esto?", pensó la chica. "¿Por qué me han tenido que soltar al perro? Iba todo tan bien. Creí que les gustaba. Que eran profesionales..., buena gente. Me equivocaba". 

Así que la chica sonrió (un "eco eco" de su boca). La última vez para ellos. La función terminaba. Se titulaba mundo de igualdad. "No voy a tener hijos ahora", murmuró, pero sintió que sus ovarios estorbaban, que rechinaban como una pieza mal encajada y se fue aterida por la frase abandonando aquel mundo paralelo a la Aído.


Don Henry Miller vino a verla por la noche y le contó lo suyo.
Ya saben: que en su día, viviendo en Nueva York y falto de trabajo, fue hasta arriba (al jefe) a quejarse porque el de abajo (el subalterno) no le había dado una oportunidad:

Habría que ser como Henry Miller; ahí, bien plantado, cabreado en su orgullo y gritándole al Presidente de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica debido a que su asalariado le había negado la posibilidad de emplearle en un tosco puesto.

De modo que este blog es mi Henry Miller, él le gritará por mí al presidente de Los mejores catálogos del Mundo porque su subalterno (Pepito triple x) me hizo preguntas de bosquimano mental.

Actualización:

Por cierto, Pepito triple x es como un Francisco en un domingo de Ramos. Por ende, sumemos las mayúsculas y obtendremos al escalofriante bosquimano. 

Como no hay mal mal que por bien no venga, resulta que el susodicho me sirve de "maqueta humana" para ahondar en el carisma y personalidad de uno de los personajes de mi novela. Lo tenía a carboncillo y, ahora, gracias al sujeto, podré darle color y vida como un Sorolla.

Gracias, buen Dios, ahora he entendido el porqué de esta nefasta experiencia. Agradezco tus fructíferos vapuleos.

JS WORLD MEDIA ESPAÑA EMPRESA COMPROMETIDA CON LA CAUSA DE LA DESIGUALDAD