por Lynnsinhill

El Nueva York de la nonagenaria




La ancianita se paseó por el avance de la nueva temporada. Estaba disimulando. En realidad, vigilaba a unos presuntos clientes que merodeaban por la zona de los vaqueros. Y es que la dama nonagenaria persistía en eso del contrato laboral; era como un resfriado agarrado a su nariz y nada, nada, podía curarla del moqueo de nóminas de todos los meses.


Es cierto que tenía noventa, y que sus ojos no estaban para los tubos reflectantes del centro comercial Macys, que, para colmo, había clientes "guiris", lo que añadía un plus de incomunicación a la tarea de la venta. Que ya no estaba al cabo de nada y menos de la moda.


Pues atendiendo ella, todos los clientes emergían del edificio como Scotts Fitzgeralds. Todos con sombrero encorsetando pensamientos, todos con bastón para teledirigir sus pasos hacia el dandismo, todos con mocasines para bailar claqué con Ginger.


A la señora se le adelantaba siempre un astuto dependiente. La juventud pescaba antes a la clientela y ella se quedaba espiando, varada como una ballena en una playa.  
Pero cuando ella atiende: ¡revive la era del Jazz! Nueva York se decora con monumentos como Fred Astaire, Frank Sinatra, Fitzgeralds, Dos Passos, de damas doradas como botellas de champaña, y algún que otro H. Miller de sombrero de hoja perenne.


Entonces los flashes saltan de sus cámaras y el turista disfruta con el Nueva York pintado por el desfasamiento de la nonagenaria dependienta del Macys.

No hay comentarios: