por Lynnsinhill

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Requerimientos de Bloguzz me obligan a publicar esta entrada con semejante título. Aprovecho para saludar a la audiencia despistada que el azar desliza hasta este blog.

Sigo escribiendo, pero en el mundo real. En ése en el que tengo un cuerpo, un marido y un perro atigrado con ínfulas de oso hibernando. 

Sin novedad en el frente editorial, pero es que tengo el orgullo malherido y aguardo a que sanen mis heridas para volver al campo de batalla.

Bah, esta entrada tenía su razón de ser: bloguzz. Vuelvo a mi hospital a que las enfermeras inspiración y trabajo me sanen como a un Hemingway.

El Nueva York de la nonagenaria




La ancianita se paseó por el avance de la nueva temporada. Estaba disimulando. En realidad, vigilaba a unos presuntos clientes que merodeaban por la zona de los vaqueros. Y es que la dama nonagenaria persistía en eso del contrato laboral; era como un resfriado agarrado a su nariz y nada, nada, podía curarla del moqueo de nóminas de todos los meses.


Es cierto que tenía noventa, y que sus ojos no estaban para los tubos reflectantes del centro comercial Macys, que, para colmo, había clientes "guiris", lo que añadía un plus de incomunicación a la tarea de la venta. Que ya no estaba al cabo de nada y menos de la moda.


Pues atendiendo ella, todos los clientes emergían del edificio como Scotts Fitzgeralds. Todos con sombrero encorsetando pensamientos, todos con bastón para teledirigir sus pasos hacia el dandismo, todos con mocasines para bailar claqué con Ginger.


A la señora se le adelantaba siempre un astuto dependiente. La juventud pescaba antes a la clientela y ella se quedaba espiando, varada como una ballena en una playa.  
Pero cuando ella atiende: ¡revive la era del Jazz! Nueva York se decora con monumentos como Fred Astaire, Frank Sinatra, Fitzgeralds, Dos Passos, de damas doradas como botellas de champaña, y algún que otro H. Miller de sombrero de hoja perenne.


Entonces los flashes saltan de sus cámaras y el turista disfruta con el Nueva York pintado por el desfasamiento de la nonagenaria dependienta del Macys.

Las partículas "suicidantes"




La cara se colorea. Se vuelve de un rojo patriótico y los ojos... en los ojos, si los quitamos, tenemos dos túneles. Pero están ahí y, por ahora, no se piensan mover; su mirada es inamovible, no van a dejar de mirar... por lo menos esta noche.

Resulta que el sujeto está leyendo a un tal Houellebecq; de apellido chulo, rimbombante (de Rimbaud?) pero de estructura mental tan deprimente como un fin del mundo.

Ha pasado un par de noches con él en la cama, Houellebecq y él juntitos entre las sábanas a pesar de la heterosexualidad de ambos. Lo estuvo leyendo entre las 23:00 a 24:00 horas, como un somnífero de la fábrica Anagrama. Todas las noches la prosa simplona de H. le acuna con su contingente de labia marcado a veinte euros el signo de puntuación...

El lector lee, porque es lector y es la segunda intentona, no puede dar media vuelta; la retaguardia ya no existe para él. Avanti por los raíles de la novela...

Llega la cháchara de una tele con sus diatribas económicas (hay una crisis!!, por si alguien se había sustraído de la realidad), de modo que ahí tienen la macedonia de voces discutiendo sobre el evento bursátil. Pero el gabacho sigue poniendo a la vera del suicidio a sus lectores... Le gusta verlos apagando las lamparitas con los rostros deficitarios de salud, los labios palpan las palabras: "qué deprimente es este tío".

Giran la contraportada para captar al autor con su rala pelambre molida a vida parisiense y porque... tienen derecho a ver el rostro de su asesino.

Un día de estos, míster Houellebecq, un día de estos...