por Lynnsinhill

Lo que he sido y seguiré siendo



Es que hace más de un mes que no escribo y Jack London espera tendido en mi cama. Tiene los ojos idos, idos muy lejos, como estrellas que brillan en el firmamento pero hace siglos que murieron.

London está tendido, amarrado en el puerto de mi cama, con una pipa moliendo con sus humos la pureza del aire de mi habitación... Sus ojos no tienen noche, en ellos es de día siempre. Se acaba de librar de la camisa de fuerza de su prisión de San Quintín y empieza a desperezar sus músculos que se hinchan como velas. La sonrisa ara su piel y empiezan a brotar dientes en cuanto me ve. No viene a contarme marranadas este London, sino que quiere relatarme cosas sabias.


Ayer nos quedó pendiente una de sus reencarnaciones: me dijo que había sido un loco ermitaño de Egipto, un niño colono camino de una próspera California, además de un parisiense tonto por los duelos antes del alba. Nos ha quedado en la lengua una vida sin contar.

Me pongo el pijama y él empieza a relatar las cien mil vidas que precedieron al Gran Jack London.

Sonrío como una boba, antes también sonreí así a Jack Kerouac, y a Maupassant, también a Dostoievski o a Tolstoi. Por no hablar de Huxley, Emile Zola o Fitzgerald. Antes de ellos estuvieron Michael Ende, José Luis Olazoila... Es cierto, debo reconocerlo, soy una cualquiera y, muchas veces, una cualquiera lesbiana.