por Lynnsinhill

El continente perdido




Este año ha transcurrido entre vestidos de novia y escasa literatura. La desilusión trota por aquí babeando el territorio virtual y ha empezado a anquilosarseme el verbo. Si lo estiro demasiado, noto dolores y su antaña agilidad ha cogido kilos. Soy una obesa atleta cuya morbidez literaria apenas rebasa la línea de salida. No estoy en forma, lo sé. Las palabras caen grumosas y las frases son un barro del que no se extrae nada; ni un Adán, ni una Eva. Nada.


Siempre hay propósitos para 2010, son tan típicos como el turrón de Navidad. La humanidad remonta un año y yo trato de desamarrar mis sueños del puerto de las frustraciones. Soy buen marinero, algo me ha contado Jack London sobre el oficio. 

No sé cuánto me llevará, pero hoy mismo zarpo hacia el continente que es más mítico que la Atlántida: los sueños. Mi brújula fluctuante me indica las coordenadas y yo sonrío porque el año 2010 promete buen mar y un estupendo viento para navegar.

El hombre de zapatos marítimos



Los zapatones del hombre sonaban como si estuviera en la cubierta de un barco, ese chirrido evocaba la madera de un barco de Conrad o de un Martin Eden de Jack London. Le venían grandes y el plástico rezumaba sonidos marítimos.


Siguió caminando por el vergel toscano. La carretera se estrechaba como un mal bicho, parecía que quería matar a los conductores en cada curva... Tenía curvas de Rita Hayworth y estrecheces de cintura de Escarlata O ´Hara. A su alrededor la Toscana se expandía como una maravillosa alfombra de Cachemira: era verde, salvaje, alta, arrebatadora y embriagadora como unos lingotazos a un jerez de John Wayne. 


Otro Jerez, otro jerez... y el Alfa Romeo se puso romántico ensartado en aquel paraje. El hombre de zapatos marítimos lo observó a lo lejos, al automóvil, enseguida lo engulló un zarpazo de maleza y vegetación. 


Era finales del mes de agosto y la ruta del chianti (un vino) continuaba recibiendo a toscos norteamericanos que aparcaban en aquellos castillos reconvertidos en bodegas. 


El hombre de zapatos marítimos sonrió. La ciudad de Siena le aguardaba al final del camino y el sabor del chianti le subía como una gasolina para el buen humor. 

La corriente se lleva un post




Hace tiempo de esto. Tantísimo tiempo que las teclas de mi ordenador se han convertido en Antártidas que no sé si conseguiré deshelar.Tanto que dudo de que el cambio climático exista para ellas. De todos modos insistiré, puede que mi imaginación algún día logre descongelar una buena historia; la sacaré del congelador y esperaré pacientemente a que pueda moverse de nuevo y luego me sonría: una boca medio ulcerosa y algo contraída por la timidez.


Ah, qué placer casi orgásmico siento al enredar mi verbo de nuevo en la red. Lo subo al escaparate de las búsquedas googleanas, lo lanzo al ancho mar de las pantallas parpadeantes, beso su estampa antes de marcharse y grito de placer porque se va, se va, lo aleja la corriente... y las olas se lo zampan de un mordisco espumoso.

Ya no está; pero el placer que he sentido todavía aletea en mi vagina 

mental.

Trabajando



Vengo de merodear por el Sena. Ya lo sabéis, cubro el puesto de Hemingway. Mis perros y yo paseamos. A algunos los he tenido que sacar de sus tumbas, plantarme delante de ellas y decir "abracadabra" y ellos han salido hermosos y jóvenes para asaltar París a mi vera. Su trote es el "tam tam" de mis pasos y sus bocas son profundos túneles de saliva y molares deseosos de cazar conejos, gatos o erizos. "Nada de eso, chicos", les digo, "En París sólo se pueden cazar sueños". Parecen entender y sus bocas se relamen ante la perspectiva sabrosa del sueño, esa sustancia divina.

Somos cinco y seguimos trotando como una manada neanderthal y bohemia. Mis perros me sugieren rutas, monumentos, calles, restaurantes... Parece que han estado aquí antes.

Uno de ellos me habla de alquilar un bote y remar por el Sena como robustos "Maupassantantes" antes de adentrarse en la locura. A otra la idea de verse sitiada por el agua le espeluzna y le hace sentir nostalgia de la tumba (tierra).

"No iremos, tranquila. Nos quedaremos aquí, bajo el cielo y sobre el suelo", le digo a mi adorada can.

Ella sonríe. (Por supuesto que puede sonreir un perro). Hoy he escrito un par de cuentos, unas crónicas y mi trabajo ha sido casi tan fecundo como el del sol. Estoy contenta. Si me aplico, podré promocionar hasta el puesto de persona eternamente feliz.

Profesiones para tiempos de crisis




Hace tiempo que no escribo, ni aquí ni allá (en mi segunda novela), pero la atmósfera está caliente y una primavera de ideas comienza a despuntar en la terraza de mi persona.

El destino quiere que escriba, entiendo que así lo quiere pues no encuentro trabajo, pero, si lo pienso, resulta que el FATE desea que el mundo se plague de artistas puuesto que nadie encuentra hueco laboral y otros muchos lo pierden. Bien, pues seamos artistas... resucitemos París; saquemos de sus tumbas a Miller, Joyce, Hemingway, Picasso y a Ford Madox Ford... Adiós, escuelas de negocios. Bye, bye, hombres de provecho económico. Empieza a crepitar el verso en los balcones de la rue no sé qué y París vuelve a ser una fiesta.

Bien, pues no me emperro en decirle al destino que no, acataré las jornadas a la vera del Sena y en sus cafeterías alimentadas por la docta clientela del Louvre. Ay, he rellenado el formulario de la oferta de trabajo ya. He enviado mi "application job".

Ya tengo trabajo! Adiós, cola anfibia del INEM. La oferta decía algo así:

Se busca un Hemingway, no importa el sexo, valen mujeres. Tendrá que residir en París y escribir, escribir y escribir. Pasará alguna estrechez económica pero será feliz, tremendamente feliz.

Me han dado el puesto y parto para allá con la emoción del primer día de trabajo. En el trayecto en tren, puedo leer el periódico. Hago un vistazo rápido, de tipeja laboralmente satisfecha, a la sección de clasificados y leo lo siguiente:

Se busca un Scott Fitgerald. No importa el sexo. Deberá vivir una tormentosa relación con su pareja (su esposa, Zelda, estaba loca) y vivir en París. Su trabajo será escribir y vivir. Interesados envíen currículum vitae a...

Levanto la vista, emponzoñada de emoción ante la perspectiva que se avecina, y pienso que el arte siempre tiene un mercado laboral que ofrecer...

La delegación de escritores




Acabo de dar esquinazo a Ibiza y me he venido para acá. Pero no voy a volver sobre el asunto del que hablé en el piso de abajo. He venido a desfogar mi verbo y a dignificar mi imaginación.

Ayer se me ocurrió un argumento, suele pasarme cuando la cama y la manta se confabulan para que me desplome en un sueño de ocho horas. Por unos momentos creo que la idea pescada estará mordiendo el anzuelo hasta mañana, pero al día siguiente el pececillo se ha pirado y pongo cara de estreñimiento mental porque sé que la historia está ahí, en mis intestinos imaginativos, aunque se niega a asomarse. (Puede ser que esta metáfora sea un horror. De hecho, lo es. Pero un blog no es un sitio de censuras).

A ver:

Tolstoi ha venido a visitarme. Es el delegado de una representación de escritores de la talla de Zola, Víctor Hugo, Fitzgerald, Dostoievski...

Me trasmite el mensaje de todos:

-Eres nuestra esperanza. Sólo creemos en ti para seguir haciendo literatura. Pero no eres la única, hay más como tú, pero están desmoralizados y aplastados por el gremio editorial. Encuéntralos y lidera esta revolución contra la era del bestseller histórico. Zafón y los suyos no pueden seguir haciendo de las suyas. Sus fechorías literarias amenazan al mundo de la imaginación.

Yo asiento. Qué tremenda misión. Ahora soy John Connor y busco a los supervivientes de este holocausto que ha aniquilado a la literatura.

Ciudades del mundo

A Lynn le están hurtando los argumentos, se los están robando poco a poco con la estrategia del trabajo; ésa que la tiene horas sentadas dando la vuelta al mundo para poner en marcha cientos de páginas web al respecto.

Menuda paliza de monumentos, economía del lugar, cómo llegar y gastronomía de la zona. Desde entonces, he comido en decenas de países, pero tengo el culo plano de no moverlo de mi silla sedentaria. ¿Existen los viajes virtuales? Sí, los que yo hago sin despegarme de mi tercer brazo (teclado) y de mi cara antirreflectante (pantalla). A pesar de que ambos somos portátiles, ninguno de los dos se mueve y seguimos amarrados a puerto. ¿Creéis que quiero viajar? No, simplemente quiero quitarme el lastre de las ciudades de las que tengo que hablar como si mi retina y ellas se conocieran. Tendré que llamar a Braveheart para que me liberte, mi causa es casi tan grande como la de Escocia.

Lo que he sido y seguiré siendo



Es que hace más de un mes que no escribo y Jack London espera tendido en mi cama. Tiene los ojos idos, idos muy lejos, como estrellas que brillan en el firmamento pero hace siglos que murieron.

London está tendido, amarrado en el puerto de mi cama, con una pipa moliendo con sus humos la pureza del aire de mi habitación... Sus ojos no tienen noche, en ellos es de día siempre. Se acaba de librar de la camisa de fuerza de su prisión de San Quintín y empieza a desperezar sus músculos que se hinchan como velas. La sonrisa ara su piel y empiezan a brotar dientes en cuanto me ve. No viene a contarme marranadas este London, sino que quiere relatarme cosas sabias.


Ayer nos quedó pendiente una de sus reencarnaciones: me dijo que había sido un loco ermitaño de Egipto, un niño colono camino de una próspera California, además de un parisiense tonto por los duelos antes del alba. Nos ha quedado en la lengua una vida sin contar.

Me pongo el pijama y él empieza a relatar las cien mil vidas que precedieron al Gran Jack London.

Sonrío como una boba, antes también sonreí así a Jack Kerouac, y a Maupassant, también a Dostoievski o a Tolstoi. Por no hablar de Huxley, Emile Zola o Fitzgerald. Antes de ellos estuvieron Michael Ende, José Luis Olazoila... Es cierto, debo reconocerlo, soy una cualquiera y, muchas veces, una cualquiera lesbiana.