por Lynnsinhill

La verdadera historia de...


Era tarde cuando K. llegó al castillo y saludó a la concurrencia que engullía cervezas. Los ojos apenas se desatoraron de la partida de cartas que se jugaba y K. presintió la mala educación.

Pidió su cena a una camarera de pechos con dimensiones de Kilimanjaro, cuyas cimas, adivinó K., no estaban nevadas, pero sí preparadas para la tarea de robustecer a algún bebé que aguardaba en casa al regreso de la madre.


Pero K. no estaba para escaladas, así que no le prestó mucha atención. Sólo quería su bendita comida, para apaciguar a un rugiente estómago. Tenía sueño y se le caían los párpados, pronto se le desprecintaron y captó las nieblas londinenses del plato que le traían.


Se dejó mecer por los aromas, comió, y desparramó sus carnes dormidas sobre la hiriente madera. Llevaba días viajando y el frío del exterior le había desintegrado las grasas.


Necesitaba dormir, dormir... Pronto despertó en medio de una novela de Kafka.
Se maldijo a sí mismo por haberse dejado atrapar de esa manera tan tonta por el escritor.

Enseguida retiró su cabeza, pesada como un lingote de la Reserva Federal de EE.UU., de su abrigo-almohada. De nuevo Kafka mandaba como un Hitler o Franco sobre su vida.

No había nada que hacer, sólo cruzar los dedos y orar porque aquello no fuera "El proceso", ni....

Los rezos no llegaron a los oídos de Dios o del Escritor:

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa (el antiguo K.) se despertó convertido en un monstruoso insecto...

La posteridad con pastillas



El señorito
Zola descendió un pie de la calesa. Su bigote necesitaba un suplemento de hierro y caía, mustio, sobre sus labios. Levantó los ojos y miró a su alrededor. Su bastón empezó a taconear sobre la acera de la rue...

El nombre "
Emile" tiraba del carro de su apellido; es decir, "Emile" son los caballos y "Zola", el carruaje: Emile Zola. Así de sencillo... (Suena raro, pero esto es un blog que no atiende a cribas de editoriales).

Seguimos:

Nuestro Zola desfiló con su bastón. Estaba algo triste... porque su amigo H.G.Wells lo había paseado en su "coche"... (la máquina del tiempo) y lo había llevado a un sitio... Una vez allí, se había bajado del auto y caminado con Herbert hasta una cadena de librerías patrias. Ahí mismo su colega le había dicho:

-Por esto trabajas más de doce horas diarias...

Zola corroboró con cien mil miradas perplejas que la "Z" de las estanterías apenas le recordaba y que, de toda la urbanización literaria que había creado, sólo una de aquellas viviendas parecía habitada: Naná.

-Pero ¿por qué? -preguntó mientras la destocada edición de bolsillo se levantaba las páginas para mostrar sus "pechos como lanzas".


Herbert se encogió de hombros y a Zola se le encresparon los bigotes de pura indignación cual perro camorrista, después volvieron al déficit de hierro.

-¿Qué es lo que ha pasado?...

-Pues que no te cuidabas... -replicó Herbert en un plan elocuente-. Observa
tu bigote... Lo tienes decaído, por no hablar de la piel amarillenta y los ojos vidriosos. Como sigas así, morirás dentro de... cuarenta años.

-¿Tan mal me ves de salud?


-Sí, pero no te preocupes, tengo la solución... Casualmente he dado con una fórmula fantástica capaz de vigorizarte.


Y don
Wells desenfundó un pequeño bote con unas entrañas de pastillas.

-Tómate una de estas una vez al día y verás qué bien te encuentras... Durarás dos mil años y la posteridad no existirá para ti dado que serás "un presente progresivo", cuyos libros andarán siempre por la sección de novedades. Ay, amigo...

Don Zola engulló la primera de esas pastillas con rumbo al eterno presente, todo sea porque la "Z" de las librerías no le olvide.