por Lynnsinhill

Las partículas deprimentes



La cara se colorea. Se vuelve de un rojo patriótico y los ojos... en los ojos, si los quitamos, tenemos dos túneles. Pero están ahí y, por ahora, no se piensan mover; su mirada es inamovible, no van a dejar de mirar... por lo menos esta noche.

Resulta que el sujeto está leyendo a un tal Houellebecq; de apellido chulo, rimbombante (de Rimbaud?) pero de estructura mental tan deprimente como un fin del mundo.

Ha pasado un par de noches con él en la cama, Houellebecq y él juntitos entre las sábanas a pesar de la heterosexualidad de ambos. Lo estuvo leyendo entre las 23:00 a 24:00 horas, como un somnífero de la fábrica Anagrama. Todas las noches la prosa simplona de H. le acuna con su contingente de labia marcado a veinte euros el signo de puntuación...

El lector lee, porque es lector y es la segunda intentona, no puede dar media vuelta; la retaguardia ya no existe para él. Avanti por los raíles de la novela...

Llega la cháchara de una tele con sus diatribas económicas (!!hay una crisis!!, por si alguien se había sustraído de la realidad), de modo que ahí tienen la macedonia de voces discutiendo sobre el evento bursátil. Pero el gabacho sigue poniendo a la vera del suicidio a sus lectores... Le gusta verlos apagando las lamparitas con los rostros deficitarios de salud, los labios palpan las palabras: "qué deprimente es este tío".

Giran la contraportada para captar al autor con su rala pelambre molida a vida parisiense y porque... tienen derecho a ver el rostro de su asesino.

Un día de éstos, míster Houellebecq, un día de éstos...

Sillas con oídos



Enfrente un restaurante especializado en despachar calamares abrigados con pan.Una mayonesa les sirve de perfume. Las mesas, desmigándose por la calle al amparo de un acatarramiento de motores y una espina dorsal de humos, y dos mujeres en la cincuentena prodigándose mimitos verbales:


-Tienes que encontrar un hombre que te quiera.

La que habla alza la vista. Lleva una falda que la ciñe como las manos de un hombre, la envuelven en un abrazo floreado y alegre mientras su carmín besa vasos cilíndricos. En su interior habitan pequeñas Antártidas en deshielo por el cambio climático de julio. Creo ver a un oso polar emigrando hacia la extinción.

Su interlocutora calla y medita. Endereza su sonrisa de vez en cuando, pero está a punto de desertar de esos labios... puede que no vuelva nunca más.

"Bye, bye, sonrisa. Puede que te escribamos una canción".

-Esos hombres con los que te juntas son basura. No merecen la pena.

-Ya lo sé, pero dónde encuentro a los que valen la pena -se queja la de destino cruel.

-Tienes que salir más, arreglarte... Tú vente conmigo. Vas a pasarlo mal durante unos años, pero saldrás de ésta.

Parecería que la exitosa aconseja a la fracasada, que la lista y dotada de GPS vital limosnea unos consejitos a la perdidilla, que el marido de corazón principesco y de tonos azules aguarda a la primera con una retahíla de poemas de amor bien aprendidos, pero ahí la oreja de la curiosa narradora se tropieza (casi se rompe los dientes en la colisión) con una frase:

-Yo tengo un amor platónico... que es mi marido.


La nota del camarero pone fin a la escena. Diez euros por un bocadillo suena excesivo.

¿Alguien lo vio?




Bueno... se rasca la voz, un carraspeo para afinarla.... Dentro de nada saldrá por la chimenea rumbo a las páginas eternas, hasta que el Técnico hacedor de la Internet disponga.

En fin... La rascada de voz se vuelve monumental, como de abuelo con pulmones fumadores. De hecho, el currículo de cajetillas a sus espaldas es abrumador: bruma tejida por todos esos cigarros... A su alrededor se pueden poner tumbas y cruces y ya tenemos otra Noche de los Muertos Vivientes. Humo, bruma, niebla... y falanges desnudas de piel truncando el sueño de un miedoso.

Pues bien, ahora se sacude el pelo. El mocho suelta pelusa, como si con ella se hubiera barrido el suelo de un castillo encantado.

Por fin, habla:

"Me llamo... Voc. Sí, ése es mi nombre. Y me apellido... Me apellido nada, de nada... Creo que nada se entiende. No sé quién me trajo hasta aquí... debió de ser alguien malvado. Me dijo que fumara y comiera, que viviera, que trabajara, que me casara y tuviera hijos, si tenía oportunidad, pero se fue y no explicó por qué. ¿Por qué debía hacer eso? No sé quién fue, ¿alguien lo vio? ¿Pudieron verle antes de que se marchara? ¿Saben qué pinta tenía? ¿Dejó una nota? Debió de hacerlo porque si no... no se entiende".

Él levantó la mirada. Los ojos, como dos claraboyas en el armazón de un trasatlántico, se inundaron de duda.

"¿Alguien lo vio?".

De veras: ¿alguien lo ha visto?


Dibujo: José Yáñez

Don Tempus



El niño abofeteó al señor tiempo pisoteando el reloj.

El tiempo quedó con la cara algo manchada, el óvalo facial descoyuntado, y su correa grabó las huellas de las suelas del chiquillo.


-Ah..., el tiempo siempre se deja maltratar por quienes no lo necesitan.