por Lynnsinhill

La herencia americana



La chica entró. Paso rápido, pero trastabillado, como si sus pies fueran grapas infalibles. Pie y suelo unidos como dos folios. Pero se desasió. Tenía dos clientes. "Dos clientes", repitió para su cerebro que quería regodearse.

Pronto los tuvo en perspectiva. Eran dos extranjeros, y ella una guía turística que explicaba a los interesados ese pasado tan honroso. Qué contenta estaba! Su inglés se puso meteórico, imparable en cuanto los tuvo al alcance de la voz. Ya habían pagado su entrada y ella deseaba demostrar que los seis euros eran poco para la historia tan apabullante que allí se cotizaba.

-Primero visitaremos la casa de la familia X (invéntense el nombre más guiri que su mente pueda alumbrar). Él era profesor. Aquí recibía a los alumnos, cuando su hija cumplió los 18 se puso a ayudarle y, en esta mesa, vean el juego de té.

Los visitantes concedieron un par de miradas educadas en derredor. Pura cortesía del ojo que, en realidad, prefiere mirar los recios árboles del exterior. Pero la mirada es cortés porque la han educado así y no sabe cómo decir: "vea mundo, señorita, vea mundo. Pues esto, en mi tierra lo habrían demolido".

Ay, pero la guía, esta inocente chica persevera con su manojo de llaves y ya va rumbo hacia la siguiente casa.

-Esta pertenecía a un bombero. Cuando murió pasó a sus hijas y vivieron todas aquí juntas.

En estas paredes hay un par de muertos sin enterrar: foto de las mujeres residentes, algo pasadas de canas y aguantando estoicas el fotomatón que les suelta el fotógrafo del lugar. Se inmortalizaron en el mismo centro del parque donde todo este tinglado fluye. Para colmo, han coloreado la foto. Si alguien las hubiera avisado, ninguna de ellas habría donado su imagen a la posteridad. Y parece profanación entrar en su cocina, o en el invernadero que empleaban para desayunar.

La chica persevera con su sonrisa y su inglés eufórico.

Los dos extranjeros deciden tomarse esto como una práctica del idioma. Una clase oral por la que han desembolsado seis dólares, por eso le hacen preguntas: no les interesa lo más mínimo la naftalina que les circunda, pero quieren desatascar su verbo y aprovechar su dinero.

Qué contenta se despide la chica. Enfila el retorno a su despacho museístico, al cobijo de la American Heritage.

Y los turistas se alejan lanzando miradas de soldado de trinchera a su diestro y siniestro:

"Que no nos hagan fotos, que no nos hagan fotos...". Pues saben de sobra que corren el riesgo de acabar colgados en una pared de una casa con olor a naftalina, porque la historia y lo que merece ser conservado es una cuestión subjetiva.

1 comentario:

El Buen Salvaje dijo...

¡¡Cuantas maravillas pasan ante nuestros ojos sin que les prestemos ninguna atención!!!

Esto he pensado siempre que he ido a Roma, la Ciudad Eterna (y menos mal, porque si llega a ser Madrid...).

Todo depende de la información de que se disponga, supongo.

Saludos salvajes, Lynn.