por Lynnsinhill

Bancos de terminal



Los bancos se mueven para facilitar el camino a la comodidad. Alrededor se expanden los olores fabricados en serie por la american fast food. Cuesta reconocer al filete bajo ese edredón de salsas, patatas y verduras transgénicas, pero ahí está la comida y ese estómago a punto de recibir el primer balazo.

Yo me estiro, me pongo cómoda, a mi lado sonríe el futuro esposador, y los aviones arrancan en la pista, rápidos y estresados, como conejos de Alicia en el país de las maravillas.

El suelo enmoquetado de la terminal sirve de hangar de maniobras para los virus y bacterias que trapichean por el recinto, encantados con la costumbre americana de alfombrar la vida. Porque no hay forma de pisar mármol, parquet o manisas... todo huele a hogar, a moqueta pisoteada por huestes de soldados camino de Irak.

Pero es América y las sonrisas son más abundantes... Hay stock de simpatía y amabilidad siempre ejercitándose en las bocas de los americanos, cuyo lema es el "How are you?".

Es julio, pero hace frío..., el aire acondicionado deprava y pervierte el verano que no se siente más que en el calendario.

Y aunque estoy en EE.UU., resulta que voy a ver a la familia...

¿Muere Campanilla?


"Qué vergüenza", me dice uno de los personajes. "¿Cómo puedes andar tan ociosa sabiendo que hay tantos de nosotros pendientes de nacimiento, de que nos alumbres con tu pluma o tu teclado reproductor?".

Si es que se quejan con razón. Amonestan con la misma aureola de santidad que tienen los padres durante los primeros años de vida y sabes que les asiste muchísima razón cuando te dicen que no pongas los dedos en los enchufes. Pues esto es lo mismo: me están diciendo, más o menos, que me aleje de los enchufes.


"¿En qué te entretienes? Como sigas así nos buscaremos a otra, y ya me dirás que hace un autor sin personajes... Andas como un Titanic buscándose su hueco en el fondo del Atlántico Norte".


"Entras demasiado a esos sitios, a esas tinajas verbales de la Internet donde algunos noveles condecoran el lugar con: "voy a publicar mi primera novela y mi agente ya está moviendo el resto de mi obra". Que hagan lo que quieran esos coplistas del éxito de la publicación... Tú debes regresar a tu altiplano, con tus cazadores de ideas (perros) rastreando el mundo... ¿Oíste?".

"Huye espantada... porque esa que lee no eres tú: es el Titanic a punto de quebrarse por culpa de un iceberg". "¿Por qué no escribes más por aquí? ¿Por qué no abordas la página 51 de tu segunda novela? Y así, de una vez por todas, terminas con el remoloneo.

"Por favor, no nos hagas volver más para decírtelo. Somos como Campanilla a punto de morir por falta de fe...".

La herencia americana



La chica entró. Paso rápido, pero trastabillado, como si sus pies fueran grapas infalibles. Pie y suelo unidos como dos folios. Pero se desasió. Tenía dos clientes. "Dos clientes", repitió para su cerebro que quería regodearse.

Pronto los tuvo en perspectiva. Eran dos extranjeros, y ella una guía turística que explicaba a los interesados ese pasado tan honroso. Qué contenta estaba! Su inglés se puso meteórico, imparable en cuanto los tuvo al alcance de la voz. Ya habían pagado su entrada y ella deseaba demostrar que los seis euros eran poco para la historia tan apabullante que allí se cotizaba.

-Primero visitaremos la casa de la familia X (invéntense el nombre más guiri que su mente pueda alumbrar). Él era profesor. Aquí recibía a los alumnos, cuando su hija cumplió los 18 se puso a ayudarle y, en esta mesa, vean el juego de té.

Los visitantes concedieron un par de miradas educadas en derredor. Pura cortesía del ojo que, en realidad, prefiere mirar los recios árboles del exterior. Pero la mirada es cortés porque la han educado así y no sabe cómo decir: "vea mundo, señorita, vea mundo. Pues esto, en mi tierra lo habrían demolido".

Ay, pero la guía, esta inocente chica persevera con su manojo de llaves y ya va rumbo hacia la siguiente casa.

-Esta pertenecía a un bombero. Cuando murió pasó a sus hijas y vivieron todas aquí juntas.

En estas paredes hay un par de muertos sin enterrar: foto de las mujeres residentes, algo pasadas de canas y aguantando estoicas el fotomatón que les suelta el fotógrafo del lugar. Se inmortalizaron en el mismo centro del parque donde todo este tinglado fluye. Para colmo, han coloreado la foto. Si alguien las hubiera avisado, ninguna de ellas habría donado su imagen a la posteridad. Y parece profanación entrar en su cocina, o en el invernadero que empleaban para desayunar.

La chica persevera con su sonrisa y su inglés eufórico.

Los dos extranjeros deciden tomarse esto como una práctica del idioma. Una clase oral por la que han desembolsado seis dólares, por eso le hacen preguntas: no les interesa lo más mínimo la naftalina que les circunda, pero quieren desatascar su verbo y aprovechar su dinero.

Qué contenta se despide la chica. Enfila el retorno a su despacho museístico, al cobijo de la American Heritage.

Y los turistas se alejan lanzando miradas de soldado de trinchera a su diestro y siniestro:

"Que no nos hagan fotos, que no nos hagan fotos...". Pues saben de sobra que corren el riesgo de acabar colgados en una pared de una casa con olor a naftalina, porque la historia y lo que merece ser conservado es una cuestión subjetiva.