por Lynnsinhill

La advertencia del loco



La chica llega. La biblioteca crece hacia abajo, con sótanos refrigerados y libros del mil ochocientos no sé qué.

Los ascensores tienen un murmullo escandaloso, se abren y se cierran depositando lectores por la planta. Para verlos, hay que asomarse por arriba de los escritorios e intuir sus crestas peinadas, subiendo y bajando, como un mar ajetreado de cabellos y mochilas.

Luego, ella vuelve a sus estudios. La refrigeración marca un ritmo de animal que respira con dificultad.

La chica se acerca a las estanterías, toma uno de esos libros, esos testamentos de los genios; Alice in Wonderland, una edición antigua, magullada por esos cien mil ojos que lo han leído rellenando con esa lectura sus tardes. Su portada es ya como un cuento, dentro de otro, porque evoca y es contemporánea a la infancia de sus bisabuelos.

Lo tiene que coger por el placer de tener un vis a vis con sus letras.

Después, Treasure island por donde se arrastran patas de palo, y corazones avaros y locos por la caricia indiferente del oro.

Más allá los españoles, ese Cela que ya no existe y esa Carmen Laforet que convirtió la posguerra en Barcelonas mágicas, llenó las islas de pintores errantes, y niñas enamoradizas.

Siguen cayendo los autores en sus manos, va abriendo las lápidas, una por una.

Alguien llega a su lado:

-Perdona, ¿qué haces? No profanes, es delito.

Un tipo de ojos hacia dentro, como si el mundo le causara repulsión y prefiriera tener la vista enfocada hacia su organismo, le habla.


-¿No puedo abrir los libros?

-No, hoy no. Mañana sí, pero hoy no.

-¿Por qué? -replica ella, tratando de cazar algo de lógica en la respuesta, un cabo que ande suelto, una nota obvia que se le esconde tímida.

El tipo, que sigue con esos ojos atrincherados en sus cuencas, responde:

-Hoy es la noche de los difuntos. ¿Dónde crees que están los escritores que ya han muerto?

Y el hombre deja caer sus ojos, como si fueran una caña de pescar que se tienden desde lo alto hasta el fondo de una charca compuesta por libros y clama por una respuesta:

-Responde!! No seas ignorante.

Pero la chica tiene ese gesto que contesta sin palabras, y él replica, agitando sus manos para amonestar:

-Están en los libros, en los libros, ¿dónde crees? Nunca leas a un autor muerto en la víspera de los difuntos, nunca lo hagas. Pues te llevará y te convertirá en un personaje de sus historias cuando vuelva a reencarnarse y escriba, al fin, algún nuevo cuento. Sí, sí, te llevará y te usará a placer, inventará tu físico, tu vida, tus amores y desgracias, serás un muñeco archivando sus palabras.

La chica deja que el pánico pulule por sus ojos nuevos, redondos y bien hacia afuera.

-¿De dónde crees que sacan sus personajes? ¿De dónde acaso?

El hombre sonríe, alarga su boca como una cama gigante de burla por la que podrían saltar miles de duendes juerguistas, y dobla por la siguiente calle de estanterías: ¿advirtiendo a más imprudentes o dando fama a su locura?

Sólo sabemos que la chica cerró todos los libros. Apretó las portadas con vigor por si algo empezaba a emanar por ellas, impidiéndole su salida y cortarle así el cuello, las piernas, o lo que fuera, y sólo osó tocar los libros cuyos autores aún andaban vivos y con generosa salud.

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