por Lynnsinhill

El disfraz de superhéroe




Llevo tanto tiempo bajo el disfraz de batman (Lynnsinhill) que me cuesta ya firmar bajo mi nombre heredado.

Ayer, en la carpa de la Fnac, quise estampar un Lynnsinhill pero mi mano sólo pronunciaba unos torpes A.D. y, para colmo, yo me moría por escribir epitafios o versos de amor; algo útil para el lector, mucho mejor que unos "para x... con cariño de..., que lo disfrutes".

Ay, cómo envidio a los muertos de Perè Lachaise, nunca se enfrentaron al boato de su personalidad... Aunque yo, ayer, simplemente salí de turismo por la profesión de escritor, (a veces, se celebran viajes organizados para gente como yo) y ya he vuelto de mi incursión por esos lares exóticos bajo foco malicioso, y con micrófono que desdeñé porque ¿quién soy yo para que me escuchen multitudes?

La Lynn descansa en paz en su guetto virtual, con su disfraz de superhéroe, con su mon
taña al fondo... y sus sueños sin paripé de escritora.

¿...?


El perro se puso a ladrar. Era de noche y su mancha blanca en el pecho flotaba como un fantasma aguerrido... El resto de su cuerpo, de un marrón atigrado, no se veía: como si alguien hubiera apagado las luces en la mansión canina, sólo la mancha blanca danzaba con su "wof, wof", a cuenta de un "uhh, uhhh" fantasmal.

Cuando el hombre se aproximó a su can, el tren empezaba a pasar. Todo su tinglado interior se revelaba gracias a las lamparitas de los pasajeros... ¿Crees que dormían? Maldormían. Cuando la chica se subió en la estación de Bruselas, ya eran más de la una de la madrugada, y las almas interrailistas desparramaban sus miembros cansados por los curtidos asientos.

No fue fácil encauzar los pasos por aquel pasillo mordisqueado por pies, brazos y cabezas inconscientes. Después un asiento frente a una pareja fue la cama que el azar inventó para la chica.

Pasaron horas de sueño y, tras el cristal, cerca de las siete de la mañana, comenzó París.

La advertencia del loco



La chica llega. La biblioteca crece hacia abajo, con sótanos refrigerados y libros del mil ochocientos no sé qué.

Los ascensores tienen un murmullo escandaloso, se abren y se cierran depositando lectores por la planta. Para verlos, hay que asomarse por arriba de los escritorios e intuir sus crestas peinadas, subiendo y bajando, como un mar ajetreado de cabellos y mochilas.

Luego, ella vuelve a sus estudios. La refrigeración marca un ritmo de animal que respira con dificultad.

La chica se acerca a las estanterías, toma uno de esos libros, esos testamentos de los genios; Alice in Wonderland, una edición antigua, magullada por esos cien mil ojos que lo han leído rellenando con esa lectura sus tardes. Su portada es ya como un cuento, dentro de otro, porque evoca y es contemporánea a la infancia de sus bisabuelos.

Lo tiene que coger por el placer de tener un vis a vis con sus letras.

Después, Treasure island por donde se arrastran patas de palo, y corazones avaros y locos por la caricia indiferente del oro.

Más allá los españoles, ese Cela que ya no existe y esa Carmen Laforet que convirtió la posguerra en Barcelonas mágicas, llenó las islas de pintores errantes, y niñas enamoradizas.

Siguen cayendo los autores en sus manos, va abriendo las lápidas, una por una.

Alguien llega a su lado:

-Perdona, ¿qué haces? No profanes, es delito.

Un tipo de ojos hacia dentro, como si el mundo le causara repulsión y prefiriera tener la vista enfocada hacia su organismo, le habla.


-¿No puedo abrir los libros?

-No, hoy no. Mañana sí, pero hoy no.

-¿Por qué? -replica ella, tratando de cazar algo de lógica en la respuesta, un cabo que ande suelto, una nota obvia que se le esconde tímida.

El tipo, que sigue con esos ojos atrincherados en sus cuencas, responde:

-Hoy es la noche de los difuntos. ¿Dónde crees que están los escritores que ya han muerto?

Y el hombre deja caer sus ojos, como si fueran una caña de pescar que se tienden desde lo alto hasta el fondo de una charca compuesta por libros y clama por una respuesta:

-Responde!! No seas ignorante.

Pero la chica tiene ese gesto que contesta sin palabras, y él replica, agitando sus manos para amonestar:

-Están en los libros, en los libros, ¿dónde crees? Nunca leas a un autor muerto en la víspera de los difuntos, nunca lo hagas. Pues te llevará y te convertirá en un personaje de sus historias cuando vuelva a reencarnarse y escriba, al fin, algún nuevo cuento. Sí, sí, te llevará y te usará a placer, inventará tu físico, tu vida, tus amores y desgracias, serás un muñeco archivando sus palabras.

La chica deja que el pánico pulule por sus ojos nuevos, redondos y bien hacia afuera.

-¿De dónde crees que sacan sus personajes? ¿De dónde acaso?

El hombre sonríe, alarga su boca como una cama gigante de burla por la que podrían saltar miles de duendes juerguistas, y dobla por la siguiente calle de estanterías: ¿advirtiendo a más imprudentes o dando fama a su locura?

Sólo sabemos que la chica cerró todos los libros. Apretó las portadas con vigor por si algo empezaba a emanar por ellas, impidiéndole su salida y cortarle así el cuello, las piernas, o lo que fuera, y sólo osó tocar los libros cuyos autores aún andaban vivos y con generosa salud.