por Lynnsinhill

"Tenemos que volver", dice V.Hugo


-Tenemos que volver -dijo el primero de ellos. La cabeza, rebosante de sabiduría, esparció una mirada S.O.S por el hangar.

-El mundo nos necesita -volvió a decir con los ojos volcados en sus contemporáneos y extemporáneos-. Se están escribiendo cosas horribles ahí fuera.

En el hangar, el sonido de su voz trepó por las ventanillas y saltó al vacío. Un salto base, una especie de taconeo garboso y su lamentación corrió por los valles de la humanidad... (Así suena la garganta de un dios).

Tolstói se rascó la barbilla. Fue fácil porque hacía tiempo que la barba había cedido bajo el ímpetu de la maquinilla eléctrica... Su cutis estaba al raso, vivaqueando en el ático de su super-estructura vital, no había nada que proyectara sombra sobre la antaño superficie comida por la barba.

-Dices que nos necesitan..., que debemos volver para seguir escribiendo. -El genio dudaba de la solidez de los temores lanzados por Víctor Hugo-. No sé, dicen que ahora tienen a un tal Zafón... Vende muchos libros, la gente parece contenta.

-Sí -se adhirió Aldous Huxley-, y a Dan Brown... y Folles, o Foyetes, no recuerdo bien. ¿Crees que nos necesitan? -preguntó mientras hojeaba, distraído, un libro sobre su propia biografía.

Todos siguieron bajo la cúpula del hangar. El sol todavía estaba alto y era demasiado temprano para salir a tomar el sol a la playa.

Víctor Hugo pensó que quizás sus amigos tenían razón: No hacía falta volver, ¿no?

Los abracadabras de Turguéniev


La feria del libro. Oh, sí, qué placer para aquel que busca y quiere hallar...

Las casetas, blancas y asépticas como iglúes, contenían a esa savia de escritores del siglo XXI que clonaban su firma con la pericia de un científico. Sus manos abrazaban con virilidad al bolígrafo y hasta pasadas ocho horas no concluía aquel baile de huesos escribientes, primera página de ejemplar de novela y sonrisa blandida con tanta exageración que, al final, reventaban las comisuras de los labios. Ay, pero qué despilfarro de contoneo de muñeca...


Pero esta feria no interesa. Hay una más allá, bajo la falda de esta muchacha blancucha, y que se compone de auténticos machos de la literatura..., machos y damas. Y en ella sí que se hacen cosas útiles para el lector.

Allí el señor Huxley rebate un par de párrafos a un colega raro que dedica bellos epitafios a sus admiradores. Ellos se aproximan a él, y el extraño escritor alumbra unas frases para ser leídas por el transeúnte del cementerio.

Así cinceladas en el mármol, como bellos pensadores de Rodin, sus palabras incitan a la lectura al paseante casual del camposanto.

A Dostoievski le importan un carajo los epitafios que, según su criterio, malogra el petulante de Turguéniev. Más bien des-incitan a la lectura y provocan un pánico insuperable a los cementerios.

De modo que él prefiere vender su talento a los enamorados: escribe cartas de amor para aquellas toscas almas que no saben reemplazar un "te quiero" por palabras mágicas con efectividad de Cyriano de Bergerac.

El papel se sigue rayando, con epitafios o versos de amor, y el cielo regala su azul a una juerga de estrellas que, para ambientar el momento, apagan la luz y se traen una vela a la que han motejado como luna.

Más allá de esta feria del libro inextinguible, pues todo escritor difunto halla su caseta, se leen las luces de una ciudad... Allá el aire es puro, las montañas parecen la corona que un dios se ha quitado para dormir, y los muertos viven sabiendo que los epitafios de sus tumbas son los "abracadabras" para su resurrección.