por Lynnsinhill

El sol, la mujer y el pez



El verano se descuelga del cielo, con la ayuda del sol que abre surcos de rayos ultravioleta solamente esquivables con factor de protección 50. Estar bajo él es como campar bajo una espada invisible que hace mella en el mismo rincón de tu piel, una y otra vez, es un rayo autista.

Pero, a pesar de todo, la señora tendió su cuerpo lánguido, y relamiéndose de sol, sobre las rocas.

Tenía ligeros terrenos ya negros como el chapapote; los pechos ya tenían la cubierta tiznada y la aureola había perdido la frescura de antaño para transformase en un dique oscuro y fantasmagórico.

La mujer se dio la vuelta. La manecilla del minutero también dio otra vuelta. Y el sol siguió quieto.

Pasaron las horas, y la señora se retiró con sus miembros oscurecidos y apaleados por el sol hacia su hogar de veraneo. Los ojos, que flotaban como islas blancas en su rostro, buscaron sus pertenencias diseminadas, y se las encaramó al hombro.

-Odio este mundo -dijo ella, tan sorprendentemente como si un esqueleto hablara.

-Ajá, ahora lo entiendo -repuso un pez que nadaba cerca, y que espiaba a la mujer con afán clarividente-. Es una suicida, sólo ellos son tan tenaces con la muerte.

El pez saltó a las rocas, y se quedó ahí con su cuerpo brillante, echando relámpagos de luz, y aguardando la convulsión final.

No había diferencia entre la mujer y él.

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