por Lynnsinhill

El televisor y la Atlántida


Una vez el Señor Horacio vio un documental:

Un equipo de científicos excavaba en la arena de una playa paradisiaca, con las palmeras frunciendo sus cinturitas, el agua delatando todo, mientras los miembros del grupo trataban de encontrar la entrada de una cueva que les daría la clave para encontrar la Atlántida.

El señor Horacio se maravilló, y la envidia encendió dos velas en sus ojos. Era un tarde de otoño con un sol mugriento entrando por la ventana, con un ruido de autovía pertrechada de hojalatas contaminantes y escandalosas. Todo eso componía la banda sonora del edificio, una música que no compuso John Williams y Vangelis, desde luego.

Tras esto, el señor Horacio se dirigió a la estantería, y se hizo con un atlas.

El atlas desplegó su pelambre de folios.

Horacio se fijó en el mar. En un hueco azul. "Sospechoso, muy sospechoso", consideró, mientras los dedos dudaban sobre su barbilla.

-Sí, sin duda, ahí está la Atlántida, la he encontrado -anunció, al tiempo que pintaba con anhelo de corsario una equis.

Después se sentó en el balcón, con una cerveza endiosada en su mano.

"Cada uno tiene su manera de encontrar un continente perdido en una playa maravillosa", pensó, consolándose y vertiendo su mirada en una porción de su continente asfaltado.

No tenía nada que envidiar a los protagonistas del documental.

LOS RESCOLDOS DE LA JUERGA


Hubo un tiempo en que los corresponsales tenían las pintas de Ernest Hemingway. Eran cultos, inquietos, viajados y estudiosos de la complejidad del hombre. A veces, lucían barbas blancas, ojos espejeados de azul, y un habano insertado en los labios como el mejor refugio para la vida bohemia del junta palabras.


Muchos te contaban sus refriegas con la vida en escritos de sentimiento magistral como París era una fiesta, obra póstuma del escritor redactada en medio de una apabullante juventud, y la proa de la torre Eiffel guardando cama todos los días en ese lecho de nubes parisienses.


El señor Hemingway era corresponsal de los diarios norteamericanos, el primer freelancer de la historia, y convivía con su mágica mujer, su mágico hijo y el perro más mágico, si cabe, de su hijo.


Allí se codeaba con Gertrude Stein, se topaba en un callejeo con James Joyce, y otros escritores de prosa deslumbrante y estelar.


Entonces… cómo no iba a ser París una fiesta, ahora, si paseas por el cementerio de Perè Lachaise puedes ver los rescoldos de la juerga.
Cierra los ojos y susurra:


Ser Hemingway, en París, en los años treinta.


Deseo concedido, si lees el libro.

I GUIONISTA DE CÓMIC

Porque los lenguajes son muchos... y la imaginación escapa del redil de mi cabeza... estoy escribiendo un guión de cómic.

Dentro de un mes (si todo anda a una velocidad constante y el viento que hincha mis velas no se detiene) estaré buscando un dibujante para colaborar en el proyecto y presentarlo a una editorial.

Poco más.