por Lynnsinhill

Wendy, cose!


Tengo que arreglarme la denominación de origen, arreglármela y poner algo así como producto Zafón.

San Zafón, patrón de los bestsellers y verás cómo mi manuscrito, oriundo de una mente anónima (la que se esconde bajo el manto Sinhill) me brinda millones de vagones de metro Madrid repletos de lectores.

El santo en cuestión emplea en su próxima novela la técnica Darth Vader, y habla de una precuela, una especie de inicio de los tiempos, nos remontamos al primer genoma de su historia...

Y el tipo presentó el manuscrito hace cuatro días, pero ya se sabe que habrá que hacer un millón de copias... y que se venderán como filetes en una carnicería instalada en pleno campo de concentración Nazi.

Repulsivo filete... ¿No podría haber dejado a la sombra diluirse en un sólo volumen?

Que venga Wendy y le cosa la maldita sombra a este imbécil.

Yo presenté mi manuscrito hace tres semanas y todavía no sé, siquiera, si tendré un ejemplar brillando en la estantería de mi retaguardia.

Lo dicho: Wendy, cose rápidamente antes de que el dueto se transforme en una trilogía de sombras nefastas que ensombrezcan para siempre el reino de las editoriales.

De brillante porvenir


Un día más, los insignes hijos descendieron del autobús del cole. Esos prohombres tenían ya el diccionario de la lengua inglesa en sus azoteas y sus sonrisas eran unos almohadones sonrosados... En sus ojos se adivinaba un porvenir de ricachón.

Dos Passos acababa de descubrir su novela al mundo. Su De brillante porvenir estaba ahí sentado (en la sección de novedades de la librería) donde muchos años más tarde se acomodaría Danny Brown liando la madeja bíblica y dando hijos bastardos hasta a Juan Bautista y Krsna (dicen que las clínicas de reproducción asistida tiemblan ante la imaginación de este hombre que es capaz de hacer que una piedra procree).

Dos Passos tenía su libro hermoso y lozano sobresaliendo como una temprana cana en una melena negro-massai, de entre los demás volúmenes.

Daba placer ver a los insignes hijos apostados a la vera de la sección de novedades hincando sus prometedores ojos en De Brillante porvenir:

-Papá, cómpramelo. Seguro que aquí se narra mi vida, se cuenta todo lo grande que seré...

-¿Dónde se encuentra el porvenir, caballerete, cuando se tiene noventa años? Mi teoría es que el porvenir siempre es una tumba, todo lo demás es dar vueltas por el cementerio -lamentó don Edgar Allan Poe.

Don Poe arrastró su maltrecha anatomía hasta la salida. Deseaba ser inmediatamente transferido a su tumba. ¿Dónde estaba el ascensorista?

El niño deseó entonces que el presente y sus diez años fueran su "de brillante porvenir".

EL "worstseller"



El tipo estaba asustado.

Miró hacia arriba y luego, por supuesto, su mirada trazó un "hacia abajo".

"¿Dónde estarán mis amigos?", se preguntó, mientras su cabeza se endomingaba con un sombrero achaparrado.

Decidió estirarse en la terraza del café como un Hemingway ocioso. El cigarro se puso a largar señales de humo a los circundantes, y su perfil quedó tragado por la masa de engulle-cafés.

Enseguida, advirtió a un tipo de camiseta negra y un "dos" de "soy dos veces tonto porque dos es más que uno", mirándole lelamente, con la sonrisa desencajándose desde esos labios atacados por una verborrea inútil:

-¿Qué quiere, caballlero? ¿No ve que estoy solo y tiemblo por culpa de esta soledad?

El tipo del "dos" desenhebró su sonrisa y se dispuso a defender su nómina:

-Vengo de un programa del futuro. Permítame, señor Joyce, que le entreviste. En mi época ya no hay escritores. Y yo presento un programa de libros, bueno que hace la corte a los bestsellers debería decir. Sería más exacto. Y necesito entrevistarle, no quiero morir sin entrevistar a un escritor de verdad.

El señor Joyce le miró, como un grande mira a un retrasado emocional.

-Está bien, siéntese.

Y el señor Joyce, desde su café parisiense, se puso a comandar la lista de los libros más vendidos de la semana siguiente.

Los colores de la convivencia


Sigo sin saber si mi novela vale un haya muerta, si justifica su abatimiento a golpes de leñador...

Miento. Para mí, sí que lo vale:

Un bosque entero de hayas, aunque fuera el último bosque sobre la tierra; un pulmón de tocones reencarnados en millones de "mi novela"; un fin del mundo a lomos de un CO2 victorioso... porque no habría nada, nada para desintoxicar los cielos de su presencia.

Por culpa de mi novela, tendríamos que emigrar a otro planeta: todos seríamos inmigrantes y los extraterrestres nos harían firmar un contrato de respeto a sus costumbres, a su religión y su forma de vestir.

Y si son todos verdes; pues todos verdes, nos pintamos y se finiquitó la diferencia a golpe de titanlux.

La sangre de Nana



Sigo en la brecha de leer un libro y luego desleerlo en una película.
Aunque hay un libro que me apetece mucho desleer, se trata de Naná, de EMILE ZOLA, cuyo verbo fue encarnado en pantalla por el gran Jean Renoir.

Naná es una jovencilla de 18 años, de carnes desvergonzadas que desfila en los grandes teatros de París con los pechos “como lanzas” y sin rubor ante una platea que se muere de ganas de recibir sus más tiernos favores.

Leerla es una juerga de palabras, un azoramiento en las mejillas y conocer los raros caminos de supervivencia a los que se ve abocada una jovencilla que no quiere saber nada del trabajo duro, las espaldas dobladas, y el sudor en la frente.

Nana forma parte del ciclo de los Rougon-Macquart que escribió el autor para saber cómo la herencia de la sangre marca la vida de todos sus descencientes.

Señor Zola, el experimento funcionó.
Nota: Entrada publicada en el blog Actualidad literatura en el que Lynn colaboró.
Baúl de hijos que parí:

Érase una vez...


El bar evocaba una cancioncita típica. De esas que hubiera entonado el mismo H. Miller a pecho descubierto sobre algún reciente barco femenino asediado...

Un California dreaming susurrante a lomos de un bistec adulterado con mil salsas, y con un negro chapapote pintando benzopirenos.

Qué bonito tener 24 e ir paseando entre hábitas exóticos...

Aerosmith estaba a punto de entonar una de sus coplas americanas; un concierto que aguardaba tras el filetón y la hamburguesa patria... Fuera se esparcía un día de abril y el cielo te embobaba con sus azules mágicos.

Los meses se extendían raros e inciertos; con un postrero "no sé qué pasará" que te dejaba hermosa en tu butaca de rumiante.

Las tumbas de los ancestros se hundían lejos y los aviones descargaban a cientos como yo todos los días... Y los agentes de inmigración soltaban su verbo quejica...