por Lynnsinhill

La verdadera historia de...


Era tarde cuando K. llegó al castillo y saludó a la concurrencia que engullía cervezas. Los ojos apenas se desatoraron de la partida de cartas que se jugaba y K. presintió la mala educación.

Pidió su cena a una camarera de pechos con dimensiones de Kilimanjaro, cuyas cimas, adivinó K., no estaban nevadas, pero sí preparadas para la tarea de robustecer a algún bebé que aguardaba en casa al regreso de la madre.


Pero K. no estaba para escaladas, así que no le prestó mucha atención. Sólo quería su bendita comida, para apaciguar a un rugiente estómago. Tenía sueño y se le caían los párpados, pronto se le desprecintaron y captó las nieblas londinenses del plato que le traían.


Se dejó mecer por los aromas, comió, y desparramó sus carnes dormidas sobre la hiriente madera. Llevaba días viajando y el frío del exterior le había desintegrado las grasas.


Necesitaba dormir, dormir... Pronto despertó en medio de una novela de Kafka.
Se maldijo a sí mismo por haberse dejado atrapar de esa manera tan tonta por el escritor.

Enseguida retiró su cabeza, pesada como un lingote de la Reserva Federal de EE.UU., de su abrigo-almohada. De nuevo Kafka mandaba como un Hitler o Franco sobre su vida.

No había nada que hacer, sólo cruzar los dedos y orar porque aquello no fuera "El proceso", ni....

Los rezos no llegaron a los oídos de Dios o del Escritor:

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa (el antiguo K.) se despertó convertido en un monstruoso insecto...

La posteridad con pastillas



El señorito
Zola descendió un pie de la calesa. Su bigote necesitaba un suplemento de hierro y caía, mustio, sobre sus labios. Levantó los ojos y miró a su alrededor. Su bastón empezó a taconear sobre la acera de la rue...

El nombre "
Emile" tiraba del carro de su apellido; es decir, "Emile" son los caballos y "Zola", el carruaje: Emile Zola. Así de sencillo... (Suena raro, pero esto es un blog que no atiende a cribas de editoriales).

Seguimos:

Nuestro Zola desfiló con su bastón. Estaba algo triste... porque su amigo H.G.Wells lo había paseado en su "coche"... (la máquina del tiempo) y lo había llevado a un sitio... Una vez allí, se había bajado del auto y caminado con Herbert hasta una cadena de librerías patrias. Ahí mismo su colega le había dicho:

-Por esto trabajas más de doce horas diarias...

Zola corroboró con cien mil miradas perplejas que la "Z" de las estanterías apenas le recordaba y que, de toda la urbanización literaria que había creado, sólo una de aquellas viviendas parecía habitada: Naná.

-Pero ¿por qué? -preguntó mientras la destocada edición de bolsillo se levantaba las páginas para mostrar sus "pechos como lanzas".


Herbert se encogió de hombros y a Zola se le encresparon los bigotes de pura indignación cual perro camorrista, después volvieron al déficit de hierro.

-¿Qué es lo que ha pasado?...

-Pues que no te cuidabas... -replicó Herbert en un plan elocuente-. Observa
tu bigote... Lo tienes decaído, por no hablar de la piel amarillenta y los ojos vidriosos. Como sigas así, morirás dentro de... cuarenta años.

-¿Tan mal me ves de salud?


-Sí, pero no te preocupes, tengo la solución... Casualmente he dado con una fórmula fantástica capaz de vigorizarte.


Y don
Wells desenfundó un pequeño bote con unas entrañas de pastillas.

-Tómate una de estas una vez al día y verás qué bien te encuentras... Durarás dos mil años y la posteridad no existirá para ti dado que serás "un presente progresivo", cuyos libros andarán siempre por la sección de novedades. Ay, amigo...

Don Zola engulló la primera de esas pastillas con rumbo al eterno presente, todo sea porque la "Z" de las librerías no le olvide.

Las partículas deprimentes



La cara se colorea. Se vuelve de un rojo patriótico y los ojos... en los ojos, si los quitamos, tenemos dos túneles. Pero están ahí y, por ahora, no se piensan mover; su mirada es inamovible, no van a dejar de mirar... por lo menos esta noche.

Resulta que el sujeto está leyendo a un tal Houellebecq; de apellido chulo, rimbombante (de Rimbaud?) pero de estructura mental tan deprimente como un fin del mundo.

Ha pasado un par de noches con él en la cama, Houellebecq y él juntitos entre las sábanas a pesar de la heterosexualidad de ambos. Lo estuvo leyendo entre las 23:00 a 24:00 horas, como un somnífero de la fábrica Anagrama. Todas las noches la prosa simplona de H. le acuna con su contingente de labia marcado a veinte euros el signo de puntuación...

El lector lee, porque es lector y es la segunda intentona, no puede dar media vuelta; la retaguardia ya no existe para él. Avanti por los raíles de la novela...

Llega la cháchara de una tele con sus diatribas económicas (!!hay una crisis!!, por si alguien se había sustraído de la realidad), de modo que ahí tienen la macedonia de voces discutiendo sobre el evento bursátil. Pero el gabacho sigue poniendo a la vera del suicidio a sus lectores... Le gusta verlos apagando las lamparitas con los rostros deficitarios de salud, los labios palpan las palabras: "qué deprimente es este tío".

Giran la contraportada para captar al autor con su rala pelambre molida a vida parisiense y porque... tienen derecho a ver el rostro de su asesino.

Un día de éstos, míster Houellebecq, un día de éstos...

Sillas con oídos



Enfrente un restaurante especializado en despachar calamares abrigados con pan.Una mayonesa les sirve de perfume. Las mesas, desmigándose por la calle al amparo de un acatarramiento de motores y una espina dorsal de humos, y dos mujeres en la cincuentena prodigándose mimitos verbales:


-Tienes que encontrar un hombre que te quiera.

La que habla alza la vista. Lleva una falda que la ciñe como las manos de un hombre, la envuelven en un abrazo floreado y alegre mientras su carmín besa vasos cilíndricos. En su interior habitan pequeñas Antártidas en deshielo por el cambio climático de julio. Creo ver a un oso polar emigrando hacia la extinción.

Su interlocutora calla y medita. Endereza su sonrisa de vez en cuando, pero está a punto de desertar de esos labios... puede que no vuelva nunca más.

"Bye, bye, sonrisa. Puede que te escribamos una canción".

-Esos hombres con los que te juntas son basura. No merecen la pena.

-Ya lo sé, pero dónde encuentro a los que valen la pena -se queja la de destino cruel.

-Tienes que salir más, arreglarte... Tú vente conmigo. Vas a pasarlo mal durante unos años, pero saldrás de ésta.

Parecería que la exitosa aconseja a la fracasada, que la lista y dotada de GPS vital limosnea unos consejitos a la perdidilla, que el marido de corazón principesco y de tonos azules aguarda a la primera con una retahíla de poemas de amor bien aprendidos, pero ahí la oreja de la curiosa narradora se tropieza (casi se rompe los dientes en la colisión) con una frase:

-Yo tengo un amor platónico... que es mi marido.


La nota del camarero pone fin a la escena. Diez euros por un bocadillo suena excesivo.

¿Alguien lo vio?




Bueno... se rasca la voz, un carraspeo para afinarla.... Dentro de nada saldrá por la chimenea rumbo a las páginas eternas, hasta que el Técnico hacedor de la Internet disponga.

En fin... La rascada de voz se vuelve monumental, como de abuelo con pulmones fumadores. De hecho, el currículo de cajetillas a sus espaldas es abrumador: bruma tejida por todos esos cigarros... A su alrededor se pueden poner tumbas y cruces y ya tenemos otra Noche de los Muertos Vivientes. Humo, bruma, niebla... y falanges desnudas de piel truncando el sueño de un miedoso.

Pues bien, ahora se sacude el pelo. El mocho suelta pelusa, como si con ella se hubiera barrido el suelo de un castillo encantado.

Por fin, habla:

"Me llamo... Voc. Sí, ése es mi nombre. Y me apellido... Me apellido nada, de nada... Creo que nada se entiende. No sé quién me trajo hasta aquí... debió de ser alguien malvado. Me dijo que fumara y comiera, que viviera, que trabajara, que me casara y tuviera hijos, si tenía oportunidad, pero se fue y no explicó por qué. ¿Por qué debía hacer eso? No sé quién fue, ¿alguien lo vio? ¿Pudieron verle antes de que se marchara? ¿Saben qué pinta tenía? ¿Dejó una nota? Debió de hacerlo porque si no... no se entiende".

Él levantó la mirada. Los ojos, como dos claraboyas en el armazón de un trasatlántico, se inundaron de duda.

"¿Alguien lo vio?".

De veras: ¿alguien lo ha visto?


Dibujo: José Yáñez

Don Tempus



El niño abofeteó al señor tiempo pisoteando el reloj.

El tiempo quedó con la cara algo manchada, el óvalo facial descoyuntado, y su correa grabó las huellas de las suelas del chiquillo.


-Ah..., el tiempo siempre se deja maltratar por quienes no lo necesitan.

Bancos de terminal



Los bancos se mueven para facilitar el camino a la comodidad. Alrededor se expanden los olores fabricados en serie por la american fast food. Cuesta reconocer al filete bajo ese edredón de salsas, patatas y verduras transgénicas, pero ahí está la comida y ese estómago a punto de recibir el primer balazo.

Yo me estiro, me pongo cómoda, a mi lado sonríe el futuro esposador, y los aviones arrancan en la pista, rápidos y estresados, como conejos de Alicia en el país de las maravillas.

El suelo enmoquetado de la terminal sirve de hangar de maniobras para los virus y bacterias que trapichean por el recinto, encantados con la costumbre americana de alfombrar la vida. Porque no hay forma de pisar mármol, parquet o manisas... todo huele a hogar, a moqueta pisoteada por huestes de soldados camino de Irak.

Pero es América y las sonrisas son más abundantes... Hay stock de simpatía y amabilidad siempre ejercitándose en las bocas de los americanos, cuyo lema es el "How are you?".

Es julio, pero hace frío..., el aire acondicionado deprava y pervierte el verano que no se siente más que en el calendario.

Y aunque estoy en EE.UU., resulta que voy a ver a la familia...

¿Muere Campanilla?


"Qué vergüenza", me dice uno de los personajes. "¿Cómo puedes andar tan ociosa sabiendo que hay tantos de nosotros pendientes de nacimiento, de que nos alumbres con tu pluma o tu teclado reproductor?".

Si es que se quejan con razón. Amonestan con la misma aureola de santidad que tienen los padres durante los primeros años de vida y sabes que les asiste muchísima razón cuando te dicen que no pongas los dedos en los enchufes. Pues esto es lo mismo: me están diciendo, más o menos, que me aleje de los enchufes.


"¿En qué te entretienes? Como sigas así nos buscaremos a otra, y ya me dirás que hace un autor sin personajes... Andas como un Titanic buscándose su hueco en el fondo del Atlántico Norte".


"Entras demasiado a esos sitios, a esas tinajas verbales de la Internet donde algunos noveles condecoran el lugar con: "voy a publicar mi primera novela y mi agente ya está moviendo el resto de mi obra". Que hagan lo que quieran esos coplistas del éxito de la publicación... Tú debes regresar a tu altiplano, con tus cazadores de ideas (perros) rastreando el mundo... ¿Oíste?".

"Huye espantada... porque esa que lee no eres tú: es el Titanic a punto de quebrarse por culpa de un iceberg". "¿Por qué no escribes más por aquí? ¿Por qué no abordas la página 51 de tu segunda novela? Y así, de una vez por todas, terminas con el remoloneo.

"Por favor, no nos hagas volver más para decírtelo. Somos como Campanilla a punto de morir por falta de fe...".

La herencia americana



La chica entró. Paso rápido, pero trastabillado, como si sus pies fueran grapas infalibles. Pie y suelo unidos como dos folios. Pero se desasió. Tenía dos clientes. "Dos clientes", repitió para su cerebro que quería regodearse.

Pronto los tuvo en perspectiva. Eran dos extranjeros, y ella una guía turística que explicaba a los interesados ese pasado tan honroso. Qué contenta estaba! Su inglés se puso meteórico, imparable en cuanto los tuvo al alcance de la voz. Ya habían pagado su entrada y ella deseaba demostrar que los seis euros eran poco para la historia tan apabullante que allí se cotizaba.

-Primero visitaremos la casa de la familia X (invéntense el nombre más guiri que su mente pueda alumbrar). Él era profesor. Aquí recibía a los alumnos, cuando su hija cumplió los 18 se puso a ayudarle y, en esta mesa, vean el juego de té.

Los visitantes concedieron un par de miradas educadas en derredor. Pura cortesía del ojo que, en realidad, prefiere mirar los recios árboles del exterior. Pero la mirada es cortés porque la han educado así y no sabe cómo decir: "vea mundo, señorita, vea mundo. Pues esto, en mi tierra lo habrían demolido".

Ay, pero la guía, esta inocente chica persevera con su manojo de llaves y ya va rumbo hacia la siguiente casa.

-Esta pertenecía a un bombero. Cuando murió pasó a sus hijas y vivieron todas aquí juntas.

En estas paredes hay un par de muertos sin enterrar: foto de las mujeres residentes, algo pasadas de canas y aguantando estoicas el fotomatón que les suelta el fotógrafo del lugar. Se inmortalizaron en el mismo centro del parque donde todo este tinglado fluye. Para colmo, han coloreado la foto. Si alguien las hubiera avisado, ninguna de ellas habría donado su imagen a la posteridad. Y parece profanación entrar en su cocina, o en el invernadero que empleaban para desayunar.

La chica persevera con su sonrisa y su inglés eufórico.

Los dos extranjeros deciden tomarse esto como una práctica del idioma. Una clase oral por la que han desembolsado seis dólares, por eso le hacen preguntas: no les interesa lo más mínimo la naftalina que les circunda, pero quieren desatascar su verbo y aprovechar su dinero.

Qué contenta se despide la chica. Enfila el retorno a su despacho museístico, al cobijo de la American Heritage.

Y los turistas se alejan lanzando miradas de soldado de trinchera a su diestro y siniestro:

"Que no nos hagan fotos, que no nos hagan fotos...". Pues saben de sobra que corren el riesgo de acabar colgados en una pared de una casa con olor a naftalina, porque la historia y lo que merece ser conservado es una cuestión subjetiva.

Resurrección




A los muertos, a veces, se les puede sacar de sus tumbas. Y no tienen por qué quedar con ese rostro pantanoso, luciendo los restos de una comilona de gusanos..., y es que pueden quedar bellos, vivos, charlatanes y de verbo vigoroso... como le pasará a este blog.

Ya lo estoy viendo: La edad kafkiana de Lynn se sacude de su manto de tierra, procedente de un yacimiento de nicho aparcado en un panteón, está algo sucia, ya sé, las palabras no se mueven con demasiada soltura. Pueden llegar a parecer un mazapán pasado, de las navidades pasadas... Pero huele más o menos bien, y el sabor promete ser kafkiano...

Cómo echaba de menos a este muerto. Que lo echara de menos constituye, ya de por sí, un motivo de resurrección.

Anda, Lázaro, vamos a andar ya, pues hay que espantar a las varices...
Ya sabes, las carreteras por donde transita el sedentarismo o unos cuantos embarazos pasados por la barriga.

El disfraz de superhéroe




Llevo tanto tiempo bajo el disfraz de batman (Lynnsinhill) que me cuesta ya firmar bajo mi nombre heredado.

Ayer, en la carpa de la Fnac, quise estampar un Lynnsinhill pero mi mano sólo pronunciaba unos torpes A.D. y, para colmo, yo me moría por escribir epitafios o versos de amor; algo útil para el lector, mucho mejor que unos "para x... con cariño de..., que lo disfrutes".

Ay, cómo envidio a los muertos de Perè Lachaise, nunca se enfrentaron al boato de su personalidad... Aunque yo, ayer, simplemente salí de turismo por la profesión de escritor, (a veces, se celebran viajes organizados para gente como yo) y ya he vuelto de mi incursión por esos lares exóticos bajo foco malicioso, y con micrófono que desdeñé porque ¿quién soy yo para que me escuchen multitudes?

La Lynn descansa en paz en su guetto virtual, con su disfraz de superhéroe, con su mon
taña al fondo... y sus sueños sin paripé de escritora.

¿...?


El perro se puso a ladrar. Era de noche y su mancha blanca en el pecho flotaba como un fantasma aguerrido... El resto de su cuerpo, de un marrón atigrado, no se veía: como si alguien hubiera apagado las luces en la mansión canina, sólo la mancha blanca danzaba con su "wof, wof", a cuenta de un "uhh, uhhh" fantasmal.

Cuando el hombre se aproximó a su can, el tren empezaba a pasar. Todo su tinglado interior se revelaba gracias a las lamparitas de los pasajeros... ¿Crees que dormían? Maldormían. Cuando la chica se subió en la estación de Bruselas, ya eran más de la una de la madrugada, y las almas interrailistas desparramaban sus miembros cansados por los curtidos asientos.

No fue fácil encauzar los pasos por aquel pasillo mordisqueado por pies, brazos y cabezas inconscientes. Después un asiento frente a una pareja fue la cama que el azar inventó para la chica.

Pasaron horas de sueño y, tras el cristal, cerca de las siete de la mañana, comenzó París.

La advertencia del loco



La chica llega. La biblioteca crece hacia abajo, con sótanos refrigerados y libros del mil ochocientos no sé qué.

Los ascensores tienen un murmullo escandaloso, se abren y se cierran depositando lectores por la planta. Para verlos, hay que asomarse por arriba de los escritorios e intuir sus crestas peinadas, subiendo y bajando, como un mar ajetreado de cabellos y mochilas.

Luego, ella vuelve a sus estudios. La refrigeración marca un ritmo de animal que respira con dificultad.

La chica se acerca a las estanterías, toma uno de esos libros, esos testamentos de los genios; Alice in Wonderland, una edición antigua, magullada por esos cien mil ojos que lo han leído rellenando con esa lectura sus tardes. Su portada es ya como un cuento, dentro de otro, porque evoca y es contemporánea a la infancia de sus bisabuelos.

Lo tiene que coger por el placer de tener un vis a vis con sus letras.

Después, Treasure island por donde se arrastran patas de palo, y corazones avaros y locos por la caricia indiferente del oro.

Más allá los españoles, ese Cela que ya no existe y esa Carmen Laforet que convirtió la posguerra en Barcelonas mágicas, llenó las islas de pintores errantes, y niñas enamoradizas.

Siguen cayendo los autores en sus manos, va abriendo las lápidas, una por una.

Alguien llega a su lado:

-Perdona, ¿qué haces? No profanes, es delito.

Un tipo de ojos hacia dentro, como si el mundo le causara repulsión y prefiriera tener la vista enfocada hacia su organismo, le habla.


-¿No puedo abrir los libros?

-No, hoy no. Mañana sí, pero hoy no.

-¿Por qué? -replica ella, tratando de cazar algo de lógica en la respuesta, un cabo que ande suelto, una nota obvia que se le esconde tímida.

El tipo, que sigue con esos ojos atrincherados en sus cuencas, responde:

-Hoy es la noche de los difuntos. ¿Dónde crees que están los escritores que ya han muerto?

Y el hombre deja caer sus ojos, como si fueran una caña de pescar que se tienden desde lo alto hasta el fondo de una charca compuesta por libros y clama por una respuesta:

-Responde!! No seas ignorante.

Pero la chica tiene ese gesto que contesta sin palabras, y él replica, agitando sus manos para amonestar:

-Están en los libros, en los libros, ¿dónde crees? Nunca leas a un autor muerto en la víspera de los difuntos, nunca lo hagas. Pues te llevará y te convertirá en un personaje de sus historias cuando vuelva a reencarnarse y escriba, al fin, algún nuevo cuento. Sí, sí, te llevará y te usará a placer, inventará tu físico, tu vida, tus amores y desgracias, serás un muñeco archivando sus palabras.

La chica deja que el pánico pulule por sus ojos nuevos, redondos y bien hacia afuera.

-¿De dónde crees que sacan sus personajes? ¿De dónde acaso?

El hombre sonríe, alarga su boca como una cama gigante de burla por la que podrían saltar miles de duendes juerguistas, y dobla por la siguiente calle de estanterías: ¿advirtiendo a más imprudentes o dando fama a su locura?

Sólo sabemos que la chica cerró todos los libros. Apretó las portadas con vigor por si algo empezaba a emanar por ellas, impidiéndole su salida y cortarle así el cuello, las piernas, o lo que fuera, y sólo osó tocar los libros cuyos autores aún andaban vivos y con generosa salud.

"Tenemos que volver", dice V.Hugo


-Tenemos que volver -dijo el primero de ellos. La cabeza, rebosante de sabiduría, esparció una mirada S.O.S por el hangar.

-El mundo nos necesita -volvió a decir con los ojos volcados en sus contemporáneos y extemporáneos-. Se están escribiendo cosas horribles ahí fuera.

En el hangar, el sonido de su voz trepó por las ventanillas y saltó al vacío. Un salto base, una especie de taconeo garboso y su lamentación corrió por los valles de la humanidad... (Así suena la garganta de un dios).

Tolstói se rascó la barbilla. Fue fácil porque hacía tiempo que la barba había cedido bajo el ímpetu de la maquinilla eléctrica... Su cutis estaba al raso, vivaqueando en el ático de su super-estructura vital, no había nada que proyectara sombra sobre la antaño superficie comida por la barba.

-Dices que nos necesitan..., que debemos volver para seguir escribiendo. -El genio dudaba de la solidez de los temores lanzados por Víctor Hugo-. No sé, dicen que ahora tienen a un tal Zafón... Vende muchos libros, la gente parece contenta.

-Sí -se adhirió Aldous Huxley-, y a Dan Brown... y Folles, o Foyetes, no recuerdo bien. ¿Crees que nos necesitan? -preguntó mientras hojeaba, distraído, un libro sobre su propia biografía.

Todos siguieron bajo la cúpula del hangar. El sol todavía estaba alto y era demasiado temprano para salir a tomar el sol a la playa.

Víctor Hugo pensó que quizás sus amigos tenían razón: No hacía falta volver, ¿no?

Los abracadabras de Turguéniev


La feria del libro. Oh, sí, qué placer para aquel que busca y quiere hallar...

Las casetas, blancas y asépticas como iglúes, contenían a esa savia de escritores del siglo XXI que clonaban su firma con la pericia de un científico. Sus manos abrazaban con virilidad al bolígrafo y hasta pasadas ocho horas no concluía aquel baile de huesos escribientes, primera página de ejemplar de novela y sonrisa blandida con tanta exageración que, al final, reventaban las comisuras de los labios. Ay, pero qué despilfarro de contoneo de muñeca...


Pero esta feria no interesa. Hay una más allá, bajo la falda de esta muchacha blancucha, y que se compone de auténticos machos de la literatura..., machos y damas. Y en ella sí que se hacen cosas útiles para el lector.

Allí el señor Huxley rebate un par de párrafos a un colega raro que dedica bellos epitafios a sus admiradores. Ellos se aproximan a él, y el extraño escritor alumbra unas frases para ser leídas por el transeúnte del cementerio.

Así cinceladas en el mármol, como bellos pensadores de Rodin, sus palabras incitan a la lectura al paseante casual del camposanto.

A Dostoievski le importan un carajo los epitafios que, según su criterio, malogra el petulante de Turguéniev. Más bien des-incitan a la lectura y provocan un pánico insuperable a los cementerios.

De modo que él prefiere vender su talento a los enamorados: escribe cartas de amor para aquellas toscas almas que no saben reemplazar un "te quiero" por palabras mágicas con efectividad de Cyriano de Bergerac.

El papel se sigue rayando, con epitafios o versos de amor, y el cielo regala su azul a una juerga de estrellas que, para ambientar el momento, apagan la luz y se traen una vela a la que han motejado como luna.

Más allá de esta feria del libro inextinguible, pues todo escritor difunto halla su caseta, se leen las luces de una ciudad... Allá el aire es puro, las montañas parecen la corona que un dios se ha quitado para dormir, y los muertos viven sabiendo que los epitafios de sus tumbas son los "abracadabras" para su resurrección.

El día en que Hemingway entendió lo que era la vida gracias a un androide



Todos los móviles empezaron a brincar como ranas. Dios mío, ¿tanta gente había echado de menos, en esas milésimas de la vida, a aquel fragmento de humanidad sumergida?

Las manos empezaron a desenvainar móviles; todos ellos con sus pantallas atragantadas de letras... Tenían ansiedad por contar... y algunos daban sus pataditas de niño en gestación dentro de los bolsillos de sus padres...

Don Hemingway no era menos. El suyo era un sanote modelo puntero y, en su pantalla, una minúscula Torre Eiffel frotaba su esqueleto naranja con un cielo enfermizo y a punto de desplomarse en una lluvia.

Ernest se regocijó con la contemplación de la muchacha parisiense. Ahí mismo, una locuela de vestido naranja despatarrada sobre la superficie de la Cité.

Cuando el vagón de metro se encajonó en la siguiente parada, don Hemingway se acarició la plazuela de sus mejillas. Estaban tan rasuradas, tan llanas y sin atisbo de vello desmadejándose sobre su barbilla... que no quedaba más remedio que catalogarlas de plazas; dos plazas de toros soleadas.

Ya sé que este tipo era una barba de pescador en una constante fiesta parisiense... Pero tampoco empleaba un móvil... Y mucho menos último modelo... Pero no importaba porque Ernest se había citado con don Philip K. Dick para debatir sobre la esperanza de vida de los androides.

Cuando se arrellanó en la butaca del café, K. Dick ya iba por su sexto té verde.

-¿Cómo hago para desenlazar la historia? ¿Qué se te ocurre? Estoy seco...

-El toreo es la respuesta para todo. Es un arte que sólo los ignorantes tachan de barbaridad -dijo Hemingway madurando una extraña respuesta.

-¿Y qué tendrá que ver?

-Bueno..., piénsalo bien. En realidad, los toros son como esos androides...

-¿Como esos androides?

-Son felices, pero ignoran cuándo van a morir. Tus androides son mortales y eso les atormenta: la muerte. Es obvio... Quieren saber cuándo morirán.

-Los seres humanos prefieren ignorarlo.

-Oh, querido K. Dick, ya he entendido tu libro -replicó omnubilado-. Creo que puedo volverme a mi siglo y mis corresponsalías. Y juro que en mi próxima vida no me suicidaré. Mi fecha de caducidad la decidirá el destino y no mis miedos.

El ángel constructor de mentes


¿Me clausuro? Yo qué sé si me clausuro, o me reedito eternamente hasta llegar a conformar un best seller agobiante, como ese Jueguecito del ángel que en cada esquina librera atisba con malicia al lector... y su cerebro... Ávido de Barcelonas... sin sombra de Freddie Mercury, pero con mucha kingkoniana sombra zafonesca.

Hay un café en Los Ángeles a la vera de un Sena de palmeras, y un garaje con vistas a la Barcelona en unos felices años veinte...

Desde allí se vislumbra una biblioteca, un cementerio de papel sin reciclar... con un no sé qué halo de Hilton de los imperios apaisados, con aroma a recién impreso..., un cafetal de la editorial Planeta que emplea a los lectores como esclavos para erigir su reino.

Desde allí, se puede girar a la derecha, luego a la izquierda y luego gritar porque uno/a se ha perdido... y rezar porque venga la libertad a convertir al lector en un libre comprador de libros.

Ya lo dije una vez; los ladrillos de mi mente proceden de los libros, no quiero una colmena (como ya dijo Cela) en mi azotea...

Quiero un chalé divertido, azul y verde, con motas de Joyce, plantas de Zola, sillones ideados por Maupassant, sillas con ecos de Jack London, juergas diseñadas por Miller y palmeras robadas a Lawrence Durrel...

El sol, la mujer y el pez



El verano se descuelga del cielo, con la ayuda del sol que abre surcos de rayos ultravioleta solamente esquivables con factor de protección 50. Estar bajo él es como campar bajo una espada invisible que hace mella en el mismo rincón de tu piel, una y otra vez, es un rayo autista.

Pero, a pesar de todo, la señora tendió su cuerpo lánguido, y relamiéndose de sol, sobre las rocas.

Tenía ligeros terrenos ya negros como el chapapote; los pechos ya tenían la cubierta tiznada y la aureola había perdido la frescura de antaño para transformase en un dique oscuro y fantasmagórico.

La mujer se dio la vuelta. La manecilla del minutero también dio otra vuelta. Y el sol siguió quieto.

Pasaron las horas, y la señora se retiró con sus miembros oscurecidos y apaleados por el sol hacia su hogar de veraneo. Los ojos, que flotaban como islas blancas en su rostro, buscaron sus pertenencias diseminadas, y se las encaramó al hombro.

-Odio este mundo -dijo ella, tan sorprendentemente como si un esqueleto hablara.

-Ajá, ahora lo entiendo -repuso un pez que nadaba cerca, y que espiaba a la mujer con afán clarividente-. Es una suicida, sólo ellos son tan tenaces con la muerte.

El pez saltó a las rocas, y se quedó ahí con su cuerpo brillante, echando relámpagos de luz, y aguardando la convulsión final.

No había diferencia entre la mujer y él.

El dragón duerme despierto



El edificio era puro márketing visual: entrando por las retinas, adentrándose más allá de la córnea y, luego, torciendo a la derecha en busca de aparcamiento, justo al lado de la vocación.

Por supuesto, la vocación descansaba amodorrada. Era como el dragón de "El hobbit", cansado y con la guardia bajada porque estaba en su casa y ¿quién iba a robarle en su propia morada?

Acababa de escribir su primera novela y la vocación dormía angelicalmente.

Volvamos al edificio:

Dos plantas, unos veinte empleados y unas mascotas, como piezas de lego animadas, bautizadas como los Emositos, decían zarandajas al transeúnte.

Después la sujeta, la directora de estrategia:

Sonriente e interesada... con el lema de "mi curro me pone", y todo impregnado de colores vivos y chillones susurrándome vías de escape secretas:

"Por aquí", " por aquí".

Ah!! Demasiado tiempo sin escribir. He perdido la prosa y mi meta.

Las palabras se han rebelado desde que no las azoto con mi látigo pertinaz.

Casi me pierdo. "Los múltiples y adinerados demonios... " han estado por aquí, remoloneando por mi cuenta corriente... haciendo promesas de euros.

Da igual, no importa... La vocación es un dragón que siempre despierta.

El televisor y la Atlántida


Una vez el Señor Horacio vio un documental:

Un equipo de científicos excavaba en la arena de una playa paradisiaca, con las palmeras frunciendo sus cinturitas, el agua delatando todo, mientras los miembros del grupo trataban de encontrar la entrada de una cueva que les daría la clave para encontrar la Atlántida.

El señor Horacio se maravilló, y la envidia encendió dos velas en sus ojos. Era un tarde de otoño con un sol mugriento entrando por la ventana, con un ruido de autovía pertrechada de hojalatas contaminantes y escandalosas. Todo eso componía la banda sonora del edificio, una música que no compuso John Williams y Vangelis, desde luego.

Tras esto, el señor Horacio se dirigió a la estantería, y se hizo con un atlas.

El atlas desplegó su pelambre de folios.

Horacio se fijó en el mar. En un hueco azul. "Sospechoso, muy sospechoso", consideró, mientras los dedos dudaban sobre su barbilla.

-Sí, sin duda, ahí está la Atlántida, la he encontrado -anunció, al tiempo que pintaba con anhelo de corsario una equis.

Después se sentó en el balcón, con una cerveza endiosada en su mano.

"Cada uno tiene su manera de encontrar un continente perdido en una playa maravillosa", pensó, consolándose y vertiendo su mirada en una porción de su continente asfaltado.

No tenía nada que envidiar a los protagonistas del documental.

LOS RESCOLDOS DE LA JUERGA


Hubo un tiempo en que los corresponsales tenían las pintas de Ernest Hemingway. Eran cultos, inquietos, viajados y estudiosos de la complejidad del hombre. A veces, lucían barbas blancas, ojos espejeados de azul, y un habano insertado en los labios como el mejor refugio para la vida bohemia del junta palabras.


Muchos te contaban sus refriegas con la vida en escritos de sentimiento magistral como París era una fiesta, obra póstuma del escritor redactada en medio de una apabullante juventud, y la proa de la torre Eiffel guardando cama todos los días en ese lecho de nubes parisienses.


El señor Hemingway era corresponsal de los diarios norteamericanos, el primer freelancer de la historia, y convivía con su mágica mujer, su mágico hijo y el perro más mágico, si cabe, de su hijo.


Allí se codeaba con Gertrude Stein, se topaba en un callejeo con James Joyce, y otros escritores de prosa deslumbrante y estelar.


Entonces… cómo no iba a ser París una fiesta, ahora, si paseas por el cementerio de Perè Lachaise puedes ver los rescoldos de la juerga.
Cierra los ojos y susurra:


Ser Hemingway, en París, en los años treinta.


Deseo concedido, si lees el libro.

I GUIONISTA DE CÓMIC

Porque los lenguajes son muchos... y la imaginación escapa del redil de mi cabeza... estoy escribiendo un guión de cómic.

Dentro de un mes (si todo anda a una velocidad constante y el viento que hincha mis velas no se detiene) estaré buscando un dibujante para colaborar en el proyecto y presentarlo a una editorial.

Poco más.

Wendy, cose!


Tengo que arreglarme la denominación de origen, arreglármela y poner algo así como producto Zafón.

San Zafón, patrón de los bestsellers y verás cómo mi manuscrito, oriundo de una mente anónima (la que se esconde bajo el manto Sinhill) me brinda millones de vagones de metro Madrid repletos de lectores.

El santo en cuestión emplea en su próxima novela la técnica Darth Vader, y habla de una precuela, una especie de inicio de los tiempos, nos remontamos al primer genoma de su historia...

Y el tipo presentó el manuscrito hace cuatro días, pero ya se sabe que habrá que hacer un millón de copias... y que se venderán como filetes en una carnicería instalada en pleno campo de concentración Nazi.

Repulsivo filete... ¿No podría haber dejado a la sombra diluirse en un sólo volumen?

Que venga Wendy y le cosa la maldita sombra a este imbécil.

Yo presenté mi manuscrito hace tres semanas y todavía no sé, siquiera, si tendré un ejemplar brillando en la estantería de mi retaguardia.

Lo dicho: Wendy, cose rápidamente antes de que el dueto se transforme en una trilogía de sombras nefastas que ensombrezcan para siempre el reino de las editoriales.

De brillante porvenir


Un día más, los insignes hijos descendieron del autobús del cole. Esos prohombres tenían ya el diccionario de la lengua inglesa en sus azoteas y sus sonrisas eran unos almohadones sonrosados... En sus ojos se adivinaba un porvenir de ricachón.

Dos Passos acababa de descubrir su novela al mundo. Su De brillante porvenir estaba ahí sentado (en la sección de novedades de la librería) donde muchos años más tarde se acomodaría Danny Brown liando la madeja bíblica y dando hijos bastardos hasta a Juan Bautista y Krsna (dicen que las clínicas de reproducción asistida tiemblan ante la imaginación de este hombre que es capaz de hacer que una piedra procree).

Dos Passos tenía su libro hermoso y lozano sobresaliendo como una temprana cana en una melena negro-massai, de entre los demás volúmenes.

Daba placer ver a los insignes hijos apostados a la vera de la sección de novedades hincando sus prometedores ojos en De Brillante porvenir:

-Papá, cómpramelo. Seguro que aquí se narra mi vida, se cuenta todo lo grande que seré...

-¿Dónde se encuentra el porvenir, caballerete, cuando se tiene noventa años? Mi teoría es que el porvenir siempre es una tumba, todo lo demás es dar vueltas por el cementerio -lamentó don Edgar Allan Poe.

Don Poe arrastró su maltrecha anatomía hasta la salida. Deseaba ser inmediatamente transferido a su tumba. ¿Dónde estaba el ascensorista?

El niño deseó entonces que el presente y sus diez años fueran su "de brillante porvenir".

EL "worstseller"



El tipo estaba asustado.

Miró hacia arriba y luego, por supuesto, su mirada trazó un "hacia abajo".

"¿Dónde estarán mis amigos?", se preguntó, mientras su cabeza se endomingaba con un sombrero achaparrado.

Decidió estirarse en la terraza del café como un Hemingway ocioso. El cigarro se puso a largar señales de humo a los circundantes, y su perfil quedó tragado por la masa de engulle-cafés.

Enseguida, advirtió a un tipo de camiseta negra y un "dos" de "soy dos veces tonto porque dos es más que uno", mirándole lelamente, con la sonrisa desencajándose desde esos labios atacados por una verborrea inútil:

-¿Qué quiere, caballlero? ¿No ve que estoy solo y tiemblo por culpa de esta soledad?

El tipo del "dos" desenhebró su sonrisa y se dispuso a defender su nómina:

-Vengo de un programa del futuro. Permítame, señor Joyce, que le entreviste. En mi época ya no hay escritores. Y yo presento un programa de libros, bueno que hace la corte a los bestsellers debería decir. Sería más exacto. Y necesito entrevistarle, no quiero morir sin entrevistar a un escritor de verdad.

El señor Joyce le miró, como un grande mira a un retrasado emocional.

-Está bien, siéntese.

Y el señor Joyce, desde su café parisiense, se puso a comandar la lista de los libros más vendidos de la semana siguiente.

Los colores de la convivencia


Sigo sin saber si mi novela vale un haya muerta, si justifica su abatimiento a golpes de leñador...

Miento. Para mí, sí que lo vale:

Un bosque entero de hayas, aunque fuera el último bosque sobre la tierra; un pulmón de tocones reencarnados en millones de "mi novela"; un fin del mundo a lomos de un CO2 victorioso... porque no habría nada, nada para desintoxicar los cielos de su presencia.

Por culpa de mi novela, tendríamos que emigrar a otro planeta: todos seríamos inmigrantes y los extraterrestres nos harían firmar un contrato de respeto a sus costumbres, a su religión y su forma de vestir.

Y si son todos verdes; pues todos verdes, nos pintamos y se finiquitó la diferencia a golpe de titanlux.

La sangre de Nana



Sigo en la brecha de leer un libro y luego desleerlo en una película.
Aunque hay un libro que me apetece mucho desleer, se trata de Naná, de EMILE ZOLA, cuyo verbo fue encarnado en pantalla por el gran Jean Renoir.

Naná es una jovencilla de 18 años, de carnes desvergonzadas que desfila en los grandes teatros de París con los pechos “como lanzas” y sin rubor ante una platea que se muere de ganas de recibir sus más tiernos favores.

Leerla es una juerga de palabras, un azoramiento en las mejillas y conocer los raros caminos de supervivencia a los que se ve abocada una jovencilla que no quiere saber nada del trabajo duro, las espaldas dobladas, y el sudor en la frente.

Nana forma parte del ciclo de los Rougon-Macquart que escribió el autor para saber cómo la herencia de la sangre marca la vida de todos sus descencientes.

Señor Zola, el experimento funcionó.
Nota: Entrada publicada en el blog Actualidad literatura en el que Lynn colaboró.
Baúl de hijos que parí:

Érase una vez...


El bar evocaba una cancioncita típica. De esas que hubiera entonado el mismo H. Miller a pecho descubierto sobre algún reciente barco femenino asediado...

Un California dreaming susurrante a lomos de un bistec adulterado con mil salsas, y con un negro chapapote pintando benzopirenos.

Qué bonito tener 24 e ir paseando entre hábitas exóticos...

Aerosmith estaba a punto de entonar una de sus coplas americanas; un concierto que aguardaba tras el filetón y la hamburguesa patria... Fuera se esparcía un día de abril y el cielo te embobaba con sus azules mágicos.

Los meses se extendían raros e inciertos; con un postrero "no sé qué pasará" que te dejaba hermosa en tu butaca de rumiante.

Las tumbas de los ancestros se hundían lejos y los aviones descargaban a cientos como yo todos los días... Y los agentes de inmigración soltaban su verbo quejica...

El artista rupestre también escalaba


Tengo los dolores, esa precisión de la aguja que se clava donde antes hubo tensión muscular; el acribillamiento es un souvenir de Albarracín y su paisaje cavernario (rocas, rocas para escalar sin cuerda... Tantas como estrellas en la vía láctea)


Y sólo preocuparse por engancharse a ella, sin que te repela, sólo el paso más allá de la nebulosa de preocupaciones. El personaje neandertal resucita en mí.


No hay literaturas, ni políticas, ni elecciones, ni problemas medioambientales... La pinada es un crescendo de agua verde. El cielo, una tela negra con cien mil agujeros resplandecientes...


Y el dolor, el dolor!! un vestigio de humanidad que todavía escala y siente como un artista rupestre.

En el Down Town de la metrópoli Lynnsinhill


Hoy he escuchado una barbaridad, y digo escuchar porque, por desgracia, la he escuchado; me ha llegado como una llamarada al down town de mi alma, se me han indigestado las comidas pasadas, presentes y futuras, ojalá me hubiera limitado a oír; ya saben, a dejar pasar el tráfico de palabras por mis oídos y ya está. Bye, see you nunca...

Sin embargo, las he escuchado. Los labios paternos, esos que todavía gastan sus ahorros en mantenerme con vida, lo han dicho:

Si no te sale nada de periodista bien pagado!!, prueba de abogado!!

Sí, señores, porque yo tengo la maldita carrera pero no lo soy, ni quiero ejercer Y NO LO SERÉ.

El jueves voy al Registro, me he cansado de que me planifiquen, no soy un plano, no tracen líneas sobre mí; el callejero vital no va conmigo. Haré campo traviesa.