por Lynnsinhill

La preparación vital (terminada)


-Ay!, mis títulos. ¡Qué justos laureles bordean mi nombre!

El hombre, un tipo de unos treinta años, en edad de desposar una mujer y lucir, por tanto, un promontorio de oro en uno de sus dedos, siguió adorando la visión de sus certificados. Después encendió un cigarro, porque la contemplación es siempre más hermosa e interesante cuando una columna de humo alza su perfil fantasmagórico en el aire, mientras que el trasero fue a besar uno de los bordes de la mesa.

“Tengo dos diplomas, nada más y nada menos. Mi título de licenciatura, además de un máster en el extranjero. Dos comodines que me harán pasear por esta vida con seguridad y desparpajo”, pensó.

Siguió observando, encendió un tercer cigarro, y la habitación, pequeña y escasa, empezó a adquirir la atmósfera de un cementerio en pleno rodaje de película de serie B, pero el hombre permaneció contemplativo, arrugando los labios con cada calada y satisfecho de ser un césar de los títulos.

“Soy un tipo afortunado, preparado, armado con las mejores papeletas para ganar - declaró para sus interiores-, y, para colmo, con imaginación”.En medio de todo, de tanta felicidad, y romance con los diplomas, sonó el teléfono, y el hombre, desincrustando el cigarro de los labios, lo tomó y habló.

-¿Sí? Vaya, no. No lo sabía.
-Pero lo comprobé. No vi nada, de verdad. De acuerdo. Voy para allá.


El hombre, Cassius para todos nosotros, clavó de un solo golpe el auricular en el seno del aparato. La sonrisa de antes se disgregó como un humo espantado. Tomó su chaqueta y salió.

Afuera, en la calle; 1897, primavera, marzo, martes y a día doce.

El empedrado andaba soltando sus sones con cada carruaje guiado por un hombre encaramado al pescante. Todos ellos de librea negra y repetido semblante que miraba con gesto de rey a todas las mujeres de pechos robustos con hijos todavía por robustecer. Entonces y ahora, conduciendo, siempre se echaba una ojeadita a las mujeres.

Cassius dobló por una calle, subió a la acera, hizo descender su sombrero un par de veces, (cuando se topaba con alguna mujer digna del gesto) y entró en un establecimiento de comidas lentas y pausadas donde los hombres de negocio se repantigaban hasta altas horas de la sobremesa.
A veces (aunque no muy a menudo porque el relevo de belleza se produce cada veinte años) resulta que la mujer más bella del momento es tu hermana. Y a tu alrededor, si eres el protagonista de esta historia, se extiende un rumor, y todos los ojos se encadenan a una única mirada que empieza a manosear lo mismo, y lo mismo; un ídem eterno e insoportable. Cassius observó a su hermana, pero dejó que la imaginación de los otros "caballeros" del establecimiento la describiera:

"Una mujer para degustar, con los ojos como una pecera exótica, con el pelo del color del caviar más caro del mundo, y de pechos fornidos, de seguridad inquebrantable, y una boca tan salada como el mar", decían esas mentes viriles.

-Cassius, necesito que me ayudes –dijo ella, en cuanto lo tuvo al alcance de su atemperada voz-. No puedo seguir viviendo así. Todos me miran pero ninguno me ama.

Su hermano reaccionó con una mirada confirmatoria en derredor.

-Necesito ver a ese pintor.

-¿Qué pintor?

-No sé cómo se llama, pero es ése; el que pintó a Dorian Gray.

-¿Dorian Gray? -bufó Casius, inventariando a sus conocidos.

-¿Le conoces?-No sé, hermana. Pero si existe, le encontraré –contestó él, muy ufano.

Cassius salió del establecimiento escoltado por su bella hermana. Metió barriga para tener un porte más simétrico con el de su pariente, para que el iceberg de grasa no rompiera las tranquilas aguas de la belleza de ella. No es que estuviera gordo, pero los defectos se agrandan como vistos por una lupa tremenda en cuanto la perfección duerme bajo nuestro mismo techo.

-¿Adónde vas ahora, Clotilde?

-!Ay!, Cassius, supongo que iré a casa a escribir mis versos, o a leer un tratado sobre botánica de Linneo -exclamó ella, atusándose la cabellera que deslumbraba como un sol negro.

-Bien me parece. Yo emprendo la búsqueda. Será compleja, meticulosa, pues no sé nada acerca del mundo de los artistas. Ignoro dónde suelen reunirse, ni a quién frecuentan. Además, puede que el nuestro habite en una cochambre de casa, o en un castillo de formas inexpugnables.

-Yo sólo te digo que quizás ni exista. Dorian Gray es como Drácula. Sólo de leyendas se alimenta su existencia.

-Sea lo que sea, hermana, estoy preparado. - Y Cassius recordó la decoración de las paredes de su despacho, los dos títulos, esos compactos cuadros en los que su nombre se dignificaba.

Alguien pasó por su lado. Una figura arrastrando lienzos, que subió las escalinatas del parque, y que como un comecocos de un juego ochentero fue recorriendo todo el entramado de callejuelas.Cassius, que aún no sabía qué pretendía hacer su hermana con el pintor, espoleó su cuerpo y salió en pos del pintorzuelo.

Los pasos del artista corrían como viento sobre el empedrado de la calle. Su sonrisa andaba congestionada por el esfuerzo de llevar encaramado al pecho y parte del hombro un par de obras acabadas, cuyo arte quedaría en entredicho al primer cruce de miradas con un entendido. El primer asalto con el crítico lo tenía perdido en cuanto éste apreciara esos trazos largos y abismales, como carreteras diseñadas por un tonto.

Cassius se enderezó el sombrero pues notaba sobre su cabeza el viento que corría por los pies del artista. Eso sí, lo bajó un par de veces en cuanto su vista tropezó con una de esas “domadoras de sombreros” que exigen el gesto de saludar a su arrebatador rostro.

El pintor volteó la mirada un par de veces; un vaivén de ojos prácticamente imperceptible. Empezó a mirar muy mal a Cassius.

"No tiene pinta de comprador, ni siquiera tiene aspecto de entender de arte", se dijo a sí mismo. De repente, se le iluminó la sesera como el anfiteatro de una ópera en día de estreno.

"Claro, si desconoce el arte más fácil será venderle alguno de estos cacharros que me han costado una fortuna en pintura", dedujo triunfal y el pintorzuelo adoptó el aspecto de una fulana, con los brazos en jarras y sonrisa coqueta, en la esquina más miserable de París. Eso sí, agarró bien sus cuadros, los acomodó frente a él, los puso sugerentes, con voluptuosidad, como unos pechos tersos y resplandecientes de virginidad ante el postor:

- Caballero, ¿le interesa?

Cassius entendió que le correspondía a él mover ficha en aquel enrevesado juego.


"Tendré que hacerme el interesado, preguntarle algo sobre sus pinturas. ¡Ay!, qué pavor, yo no tengo noción alguna sobre el oficio de embadurnador de lienzos", pensó el hermano de Clotilde. Pero, entonces, Cassius volvió a rememorar la pléyade de cuadros de su cuarto; esas noches "tituladas" aprendiendo a saber dónde estaba el norte y el sur con la contemplación de sus cuadros guía, con esa mano que le tendía su preparación, por eso, tragó saliva, desheló el iceberg de su barriga y fue a interpretar.

-¿Sabe qué? Quiero perdurar.Cassius se arrimó al pintor soltándole lo que la mente, de repente, le apuntó como la mejor frase para entablar conversación.

“Sí, dile eso –le susurró su sesera- que quieres perdurar. Todos los artistas, y los que se asoman por sus obras, quieren perdurar, inmortalizarse en el gran cuadro de la enciclopedia, o en el wikipedia que traerá la tecnología de la posteridad. Pregúntale cómo puedes entrar ahí, que te enseñe la puerta de entrada a la enciclopedia”.

El pintor, que tenía una sonrisa monumental embutida en los labios, bajó el telón sobre los dientes y modificó toda su actitud:

-De modo que quiere perdurar..., ¿ha visto mis retratos? Ahora mismo dispongo de uno en el que aparece una niña dando de comer a unas palomas. Es graciosísimo, ¿lo ha visto usted? Lo tengo aquí mismo -. El pintor se topó con el gesto anodino de Cassius y barajó, entonces, otro género de obra-. Quizás quiera usted uno de esos cuadros de antepasado glorioso de la familia, que se cuelga en el salón, sobre la cocina baja, para amedrentar con una mirada putrefacta a los descarados herederos.

-No, señor -dijo Cassius, que mantenía una mirada anodina, simplemente, para concederse el tiempo necesario para hilar una réplica lógica.

Desde luego, no la consiguió (la réplica lógica).

-Yo quiero perdurar para que me vean sobre un lienzo.

-¿Qué? ¿Disculpe? -la perplejidad viajaba en las preguntas del pintor-. Por supuesto, si los herederos cuidan bien del lienzo, perdurará

-¿Y saldré en la enciclopedia?

-¿Se está usted poniendo filosófico? Yo nunca he visto una enciclopedia de esas que tan preocupado le tienen, no sé cuántos habitantes tiene, y desconozco cuál es el camino correcto para llegar a ella.

-Son esos tomos, señor. Esos tomos donde todo lo valioso sale.-Ah, pues creo que sí –contestó, aclarado, el artista-, y en un museo también podrá salir, ¿le digo el precio, caballero?

Así que ambos enfilaron el camino de la posteridad (el estudio del maestro pintor). Y allí cada uno se dedicó a lo propio, Cassius se acomodó mientras que el otro preparó sus pinceles para emprender la tarea.

-Creo que con esto ambos podremos entrar en la enciclopedia, cogidos de la mano, como dos amantes que han sido cosidos para el mismo destino -dijo el embadurnador, con orgullo, refiriéndose al cuadro.

El pintor repartía unas pinceladas con ecuanimidad de banquero. "Ahora pinto la cabeza, ahora un poco del azul del fondo, los zapatos con este marrón después", se decía.Todo así, y con una sonrisa inagotable en los labios. Se estaba riendo, se reía, aunque contenía el llanto de "Ja ja, ja" tras los globos aerostáticos de las mejillas.
¿Y por qué se reía?


La respuesta la daba la hondonada en el perfil de Cassius, empeñado en meter la panza y ser inmortalizado de lado.

-¿Ha pintado usted a un tal Dorian Gray?

-No -replicó el pintorzuelo, al tiempo que se decidía a dibujar una meseta o un Everest en el terreno del lienzo que correspondía a la barriga del hermano de Clotilde.

-¿Y cómo puede estar tan seguro? Piénselo bien, ahora mismo me está usted pintando y ni siquiera ha preguntado mi nombre. Además, usted es uno de esos que dibujan como lo haría una fábrica; en serie y a discreción. Cassius desató la barriga para hablar con mayor comodidad.

-¿A ver? ¿Cómo sería ese Dorian Gray? -se resignó el pintor a preguntar.

-No sé. Jamás le he visto, pero me lo imagino. Tiene que ser un tipo guapo, de hombros compactos, el pecho como un escudo templado y fuerte, andares estirados, manos enguantadas.

El pintor relajó la mano, la desplomó sobre el lienzo y pensó durante unos breves instantes.

-¿Dorian Gray? Sí, claro, la última vez que lo vi fue entrando a la ópera, e iba acompañado de una mujer fea, muy fea.

-Entonces usted es Hollward, Basil Hollward, el autor del retrato de Dorian Gray.

El teléfono de Clotilde sonó y la joven depositó su novela (la lasciva Manon Lescout) en el diván y cogió el auricular:


-¿Lo encontraste? Eres el mejor, hermano.

-Sí, sí, tráelo para acá. Convéncelo para que venga.

La bella colgó el auricular y se encaminó a su habitación. Una vez allí se cambió de vestido: uno de estampado vulgar y desgastado. Se enmarañó los cabellos, dejó que por su rostro cundieran los estragos de la desidia, y empleó un maquillaje para mancillar su belleza.

Basil, que ya había concluido el primer esbozo de su cliente, y Cassius enfilaron el trayecto de la morada del segundo.
-¿Queda mucho?-Ya estamos -contestaron las manos del hermano de Clotilde que se apremiaban a sacar la llave del bolsillo -.En breve la conocerá.-Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer...? Usted me ha traído hasta aquí, y no me ha puesto al corriente de nada.
-¡Oh, cállese! Enseguida lo sabrá. Espere, ya abro. Entre, y silencio. ¿Oye? Viene mi hermana. Ambos levantaron la mirada, estaban al pie de las escaleras y empezó a oírse un ronroneo de falda apresurada.


Si el suelo de mármol de la casa hubiera estado vivo, se hubiera echado a reír a carcajadas por las cosquillas que le producía el vestido trotando sobre él.Pero estaba muerto, nació muerto, y nadie rió cuando la estampa de Clotilde asomó en el rellano de la escalera.

Clotilde estaba grotesca. Una alimaña con los dientes desvencijados, los cabellos polvorientos, soltando racimos de pelusa e iba acercándose paulatinamente (si se hubiera aproximado rápidamente, los dos, B y C, hubieran huido como dos perros con los rabos pisoteados). Clotilde bajaba, un escalón tras otro. A pesar del horripilante aspecto, Cassius intuía a su hermana. Estaba dentro de aquel ser, toda su belleza guardada en el bolsillo de aquel vestido.

-Clotilde, hermana, ¿eres tú? ¿A qué bruja has visitado durante mi ausencia? Basil se pegaba al brazo de Cassius. Primeramente, lo tocó para encontrar varonil musculatura que le protegiera de aquel ser que iba engullendo la distancia que les separaba. Los músculos de éste le reconfortaron, pues eran sanos, gélidos, y voluptuosos, imponiendo sus formas bajo el gabán.

-¿Clotilde? -Cassius siguió insistiendo, mientras Basil se cogía al mástil de su brazo-.Esto no es un barco -dijo, dirigiéndose al pintor-. No se va a hundir si me suelta, y la que baja no es un monstruo, es mi hermana. Tenga respeto.
El hermano de Clotilde recriminó la actitud de Basil con una mirada que te hunde, te clava, y te fusiona con el suelo.


-Cassius, ¿es el pintor, verdad?

Clotilde asomó a la boca un terrible tirón de músculos faciales. No se podía afirmar que fuera una sonrisa. Se tenía que preguntar: ¿una sonrisa? No sabemos lo que era, pero existía y asustaba. La hermana pronto alcanzó la vera de los recién llegados.

-¿Has visto, hermano? -y Clotilde dio vueltas sobre sí misma como una modelo del terror.

-Es usted exactamente igualita al retrato que hice a Dorian Gray diez años después -se atrevió a decir el pintor, superando su pánico-. Porque primero era guapo, como un rey, y todo el mundo me pedía retratos. Tenía encargos a millones, todos me solicitaban para pintarles, y yo nadaba en la abundancia, con el desahogo de una buena cuenta bancaria. Después el cuadro empezó a mutar, se le formaron protuberancias por la cabeza, le salieron pústulas, envejeció, encaneció, y engordó. Y todos huían de mi casa en cuanto se topaban con el cadáver en proceso de descomposición del salón. Temían acabar así, y dejaron de venir, y de encargarme retratos. Todos hablan del tal Dorian, pero hundió mi carrera.

Basil se desplomó como un cuerpo sin esqueleto sobre el suelo de la casa. Estaba inconsolable. Era un famoso pintor, bueno y habilidoso, pero Dorian le había estigmatizado, y todos huían de él como de la figura de un enterrador.

-Caballero, caballero, por eso estoy aquí -se acercó Clotilde susurrante, aupándole con sus manos recubiertas de una sustancia gris que solamente los marcianos habrían denominado piel-.Usted me pintará tan horrorosa como me ve. Todos me observarán en ese cuadro. Y después me verán hermosa y le llamarán a usted para que obre el milagro de retratarles, y yo habré sido una guapa con pasado de fea, me tratarán de forma distinta. Ya verá usted. Ahora mismo se lo explico todo.Y Clotilde, fea como una cucaracha vestida de mujer, levantó el cuerpo de Basil, que con los ojos fijos, y frotándoselos para aclarar su visión, sólo le pudo preguntar:

-¿Pero de veras es usted guapa? –se quedó repitiendo el pintor mientras la presunta bella lo acompañaba hasta el despacho para conferenciar sobre el plan.

Clotilde caminaba por la calle. Los transeúntes la miraban espantados. Y todos los sombreros permanecieron pétreos sobre las cimas de sus dueños, ninguno lo bajó para esbozar, siquiera, una raquítica reverencia. Pronto llegó a la casa de Basil.


-Disfrutemos de la luz del sol de este espléndido día. Mejor será que salgamos al jardín y allí la inmortalizaré al lado de mi sauce –le explicó el pintor que seguía al dedillo el trazado demencial del plan.

La joven desparramó su falda sobre el banco que le indicó Basil. Y allí, a la vista de todos, pues el jardín se abría como una terraza al exterior, el pintor vertió todo su arte e imaginación, pues pinto a Clotilde tal como sería sin todo ese mejunje espantoso con el que se había rociado. La vio a ella a pesar de su aparente fealdad y sobra decir que se enamoró de su modelo del terror.

-!Ay! ,¡qué maravilla! –exclamó una mujer de turbios encantos que pasaba por la calle y que interceptó la obra del pintor-. ¡Qué guapa la ha dejado! Ha realzado su belleza, sus dones ocultos. Yo también quiero que me pinte.

Y así, uno tras uno, todos, hombres y mujeres, no demasiado guapos, no demasiado feos, formaron cola a las puertas de su casa. El espagueti llegaba hasta la esquina y sobrealimentaba su figura con más y más clientes.

Al pintor, alegre y dicharachero, se le ocurrió que si Europa se volvía convulsa a causa de una guerra, y presentaba ese aspecto de mujer maltratada, él podría ir a pintarla, restauraría la paz con sus cuadros, tornando lo horrible en hermoso. Dejaría las horribles bocas de los nichos de los cementerios abiertas y sin cadáver, pues nadie moriría por culpa de la confrontación. Pero, por el momento, el panorama estaba desierto de guerras y, por supuesto, se casó con la ex fea de Clotilde.

-Todos me miran pero uno me ama –le confesó a su hermano con los ojos “enmohecidos” por tanta lágrima de alegría vertida.

Cassius, orgulloso por el final feliz, regresó al cobijo de sus títulos; esos que le garantizaban una espléndida preparación para encarar las vicisitudes de la vida. Su imaginación acababa de regresar de un viaje al año 1897, (la actualidad se fechaba en 2007). Cassius estaba preparado para escribir novelas y consagrar su vida a la literatura. Había descubierto la puerta de entrada a la enciclopedia y acababa de alumbrar su primera historia: La preparación vital.

1 comentario:

An dijo...

genial si cabe :) me encnato :) Siento no ser más asiduo...un besazo enorme