por Lynnsinhill

Martin buscando el Edén


Se llamaba Martin Eden. Era guapo, robusto como un roble centenario -aunque él tenía 21- y un marinero de ojos achicharrados por los cien mil horizontes exóticos por los que había navegado.

Era ignorante, pero tenía la suficiente sabiduría para saber que había que aprender e ilustrarse. De modo que se metió en las bibliotecas para comer libros durante meses y emergió con el sueño de que quería ser escritor.

Se curtió en mil batallas con las palabras, narró muchas historias que enfrascó en sus sobres con destino a los periódicos cuyos nada visionarios dirigentes le decían que no.

Pero él volvía a sus narraciones, y yo no soy quién para continuar, pues esta historia pertenece a Jack London.



Por cierto, perdonad mi ausencia pero es que esos días volvieron:


La vena quijotesca

Las lagunas de la enciclopedia


Maximiliano estaba feliz, rechoncho con su sonrisa que se expandía de muela a muela y le dejaba a él como dueño de semejante dentadura.

Había vendido solamente un cuadro, y eso sigificaba que ya podía compararse con el genio de Van Gogh. Ahí estaba la causa de su alegría. Ahora, estaba seguro, su nombre iba a ser un tipo feliz de la enciclopedia.

Abrió la nevera que le servía como armario porque el motor no funcionaba y siempre conservaba los alimentos hasta donde la providencia mandaba. Tan sólo dos días y la mencionada providencia le decía que la leche era una ciénaga blanca donde sus tobillos hubieran podido repostar hasta convertirse en una estatua, y es que iba camino de mutarse en una de ellas; no vendía cuadros, vivía en la indigencia, y eso, en los artistas, son indicios.

Indicios de genialidad maltratada por un siglo ignorantón. Basilio alzó su copa de leche a punto de enranciarse y brindó por la posteridad mientras contemplaba su primera obra vendida.

De repente, se prendió uno de sus cuadros. El fuego comenzó a zampar arte ignorado, daba lametazos primero, como de degustación, y luego el plato de pintura desaparecía.

Y mientras observaba impotente la escena, supo que lo suyo sería peor que lo de Van Gogh. Ni siquiera la posteridad sabia lo recordaría y era ya demasiado viejo para volver a empezar.

La enciclopedia, desde entonces, tiene lagunas de conocimiento sin saberlo.