por Lynnsinhill

El presidente de Israel


-Al Señor Einstein le han ofrecido la presidencia de Israel...

Esto era lo que se rumoreaba por los sacrosantos espacios de la ciencia, en esos laboratorios por donde se desparramaba el saber en cantidades industriales.

Un hombre bajo, encalado de blanco como una casita de las islas griegas, esparcía el rumor desde la plataforma de sus pulmones. A su paso, los anteojos se columpiaban en las narices a punto de perder el equilibrio por la estupefacción.

-¿Qué dice, Doctor Amelio? ¿Acaso Israel ha perdido el juicio? Einstein es uno de los nuestros, no se puede unir a la clase política, nos daremos de guantazos con el que ose llamarle presidente.

El Doctor Amelio era bajito, pero no estaba loco. Las cosas desde abajo se meditan mejor porque el sol se queda jorobando los cocoteros de los altos, y los hombres retaco siempre piensan a la sombra de los larguiduchos.

- Es verdad, es verdad - el doctor Amelio apuraba los últimos sorbos de aire que le quedaban en los pulmones.

Cuando todavía estaban así, abatidos por una pérdida peor que la que trae la muerte, apareció Albert, con su pelo atusado, teñidísimo de negro; una noche inestinguible donde antes había raudales de plata.

El Doctor Amelio y su interlocutor se miraron. Sin duda alguna acababan de ver pasar al flamante presidente de Israel.

El plantón

Bueno, Lynn no está para crear montículos de palabras, la prosa ha quedado postergada porque la muerte ha venido a visitar a uno de mis perros.

He estado cinco días acompañándola porque quería darle la despedida plácida, ese mordisco de placer que te da Drácula; te quita la vida, pero es atractivo.

Estuve cinco días, nos dio plantón y tuvimos que ir a buscarla a lomos de una jeringa. Era demasiado duro esperarla, pero el cuerpo ya no estaba para esas paciencias intempestivas.

Había que irse, y hoy se ha ido.

Lynn se ha quedado afectada, cinco días son demasiada espera para la mente sana, por eso, mis disculpas, y perdón por el plantón, pero es que fue la muerte la que me dio esquinazo y la tuve que ir a buscar para mi perra.

Sé feliz, montículo de ladridos.

La Y.M.C.A


-Por unas horas dejé que me ultrajaran. Un nuevo trabajo, más horas de fustigamiento ocular ante el ordenador, un poco de felicidad monetaria, y unas terribles ganas de despedazar al ente virtual que me tecleaba órdenes a través de un chat.

¿Podría ser don H. MILLER quien suscribe la queja? Probablemente, pero faltaría un subsanable detalle:

-Por unas horas dejé que me ultrajaran. Un nuevo trabajo, más horas de fustigamiento ocular ante el ordenador, un poco de felicidad monetaria, y unas terribles ganas de despedazar al ente virtual que me tecleaba órdenes a través de un chat, y cuando terminé me puse a escanciar mi semen en un par de damiselas nada en apuros.

Ahora sí, la mentira es más convincente con ese matasellos ordinario y puerco.

Bien, seguimos.

-La Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica me ha pagado mi primer sueldo, pero juro que no compensa. Sólo compensaría si después engordo y me pongo a parir historias. Todas bellas, hermosas y de rostro sonrosado. Voy a irritar mis pechos de tanto amamantar.

Pero no me interesa, prefiero algo más kafkiano, más libre de aparato reproductores, menos intoxicado por la promesa de "escanciar".

-Por unas horas dejé que me ultrajaran. Un nuevo trabajo, más horas de fustigamiento ocular ante el ordenador, un poco de felicidad monetaria, y unas terribles ganas de despedazar al ente virtual que me tecleaba órdenes a través de un chat.
Supuestamente tenía que pulsar diez noticias al día, referidas al infierno tecnológico, a esas grandes empresas que habitan en el Silicon Valley, ahí, despanzurradas, tosiéndose las unas a las otras, y conjugando, todas, términos tan raros como las SOA (arquitectura de servicios).Ellas moviendo cantidades millonarias y yo trajinando por los 700 euros.

Sí, desde luego, ese sería mi tono, no el de H.M, pero sí el de A.D.

La ducha de Montag


Las luces despertaban en el cielo cuando Guy Montag zanjó su jornada laboral. Abrió la ducha y dejó que el agua creara unas bárbaras cataratas sobre sus pectorales, se vanaglorió de sus Iguazús y condujo sus manos hasta el champú, las ahuecó y la sustancia desparramó su viscosidad.

-Pero qué guapo estoy -dijo, cuando estuvo ante el espejo que con su bruma de baño caliente se negó, al principio, a reflejar tanta belleza.

Montag, el bombero, estaba contento. Los cabellos húmedos tenían ese aire de marine de la I Guerra Mundial, y, aunque pareciera que estaba a punto de salir a pasear dispuesto a sobresaltar el aparato reproductor de alguna fémina, no lo hizo.

Y M. se caló el pijama a cuadros que guardaba bajo la almohada, eso sí, se negó a abotonar la camisa pues la selva morena del pecho era digna de ver mundo, y que el mundo la viera a ella.

Montag se metió en la cama, y sacó un libro de la mesita de noche.

El bombero quemalibros se dispuso a leer como todas las noches, puesto que nuestro Montag pensaba que no hay que mezclar nunca el trabajo con el placer.



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Las vidas de Hemingway


Lucius observó a su hermana con el pecho dando volteretas orgullosas, pero no despegó su mirada de la prosa de Hemingway. París era una fiesta noqueaba todo intento de entablar conversación, era tanta la algarabía que exhalaba el tal Ernest que la fiesta ya adquiría rango de botellón. Lucius se imaginó en los campos Elíseos, tumbado bajo la sombra de una espumosa litrona radiante de primavera.

Mientras, la Torre Eiffel ganduleaba en ese lecho algodonado con ráfagas de azul, al tiempo que el viento atravesaba con saña su cuerpo anaranjado.

Lucius detestaba los toros, pero no podía evitar amar a Hemingway. Tenía tanta fuerza su palabra, que creía asistir a un acto de resurrección de H. cada vez que leía uno de sus libros.

Ernest recuperaba sus carnes (perdidas en 1961), vigorizaba su voz y metía sangre en sus venas cuando alguien lo leía.

Y el escritor se plantaba, palpable como el papel, y emprendía la cháchara de su vida parisiense; de lo feliz que había sido en aquella ciudad en los años 30, de los miles de callejeos que le habían hecho topar con James Joyce, y de las sobremesas inestinguibles que había ejecutado en casa de Gertrude Stein mientras la señorona le asesoraba sobre la arquitectura de su prosa: ambos, ahí sentados, con los cascos de albañil y meditando sobre los planos de sus relatos.

Lucius sentía amor, un falling in love intenso y recubierto de pasión al que era imposible abstenerse.

¿Qué sería lo próximo? Ir de safari por África, a las faldas del Kilimanjaro, y disparar un fusil. ¿Y después una guerra civil? ¿Y más tarde vivir en La Habana y tener una conversación al oído con Castro?

Iba necesitar muchas vidas para amar a Hemingway debidamente.

El sol, la mujer y el pez


El verano se descuelga del cielo, con la ayuda del sol que abre surcos de rayos ultravioleta solamente esquivables con factor de protección 50. Estar bajo él es como campar bajo una espada invisible que hace mella en el mismo rincón de tu piel, una y otra vez, es un rayo autista.

Pero, a pesar de todo, la señora tendió su cuerpo lánguido, y relamiéndose de sol, sobre las rocas.

Tenía ligeros terrenos ya negros como el chapapote; los pechos ya tenían la cubierta tiznada y la aureola había perdido la frescura de antaño para transformase en un dique oscuro y fantasmagórico.

La mujer se dio la vuelta. La manecilla del minutero también dio otra vuelta. Y el sol siguió quieto.

Pasaron las horas, y la señora se retiró con sus miembros oscurecidos y apaleados por el sol hacia su hogar de veraneo. Los ojos, que flotaban como islas blancas en su rostro, buscaron sus pertenencias diseminadas, y se las encaramó al hombro.

-Odio este mundo -dijo ella, tan soprendentemente como si un esqueleto hablara.

-Ajá, ahora lo entiendo- repuso un pez que nadaba cerca, y que espiaba a la mujer con afán clarividente- Es una suicida, sólo ellos son tan tenaces con la muerte.

El pez saltó a las rocas, y se quedó ahí con su cuerpo brillante, echando relámpagos de luz, y aguardando la convulsión final.

No había diferencia entre la mujer y él.