por Lynnsinhill

EL AVIADOR DE LOS SUEÑOS


El chico quería ser aviador, nada de piloto, sino aviador. Esa profesión romántica, de ensueño, que permite que rasgues su superficie de algodón con sólo asomar la mano por la ventana.

Pero, después, estaba el gran escollo, lo que el padre meditaba para el hijo.

-Yo quiero ser un Saint Exupéry. Viajar por los cielos, y sentarme, luego, a garabatear mis sueños en las cuartillas y, por supuesto, morir estrellado en alguna duna arenosa y gigante que surge, de repente, para prestarme su lecho de playa.

Pero el "pater "no entendía a los principitos, jamás lo había leído, e ignoraba que había planetas así de minúsculos, que los recorres con un paso, que tienen una luna por lámpara, y un par de estrellas por espías.

De modo que el aviador, a pesar de que ya andaba pertrechado en su chaqueta de cuero -con una águila dibujando un vuelo en la parte trasera- y las botas asesorando a sus pies sobre el mejor camino para seguir a los sueños, pues a pesar de todo eso, el chico se quedó solo, varado, observando al padre malhumorado leyendo el periódico, mientras la cantinela electoral pregonaba los triunfos y derrotas de la jornada.

-Maldita sea, papá, ¿oyes el rum, rum del motor de mi avión? Si no voy ya partirá sin mí.

El avión cantaba sus milongas de motor de una manera suave y hermosa, pero impaciente y apresurado, decía: "Date prisa, chico. Hay viento a favor, y mucho camino por delante".

El hijo miró al progenitor (de esa manera en la que sólo se mira un padre un par de veces en la vida)

Pero, el "pater" siguió con el tráfago de las noticias que leía, pero antes de que pudiera levantar la vista ,para sorprenderse ante el hijo que ya era un hombre, el avión ya había levantado el vuelo con la mejor compañía para un viaje: un soñador.

El tal Hob


Huxley, Orwell y Bradbury se encontraron un buen día en plena calle del siglo XXI.

Los tres con la mirada enmarañada y amnésicos, de modo que ni ellos mismos sabían quién de los tres era O., H., o B.

Se escudriñaron porque pensaban que las pistas nunca están a la vista, sino dentro, hundidas en la oscuridad, en los recovecos del castillo con telarañas que era su indumentaria

-Madre mía, ese sombrero es demasiado trasnochado, nos van a mirar todos, bájatelo de la sesera y a ver si encontramos una tienda donde suavizar nuestro desfasamiento- dijo, echando miradas desconfiadas el que estaba casi seguro de que era Orwell.

Hob (Hux.Orw. yBrad. pues podrían haber formado un ente así denominado, ya que ignoraban quién era quién) echó a andar con paso irregular. Un trío mal ensamblado que, sin embargo, babeaba por los mismos trajes de chaqueta expuestos en los escaparates de las tiendas más refinadas.

-¿Y por qué crees que tú eres Orwell?

-¿Te viene mal que lo sea? Tengo que serlo, mira a toda esta gente... me sube un no sé qué instinto de que me están espiando. Y ya sabes... -el presunto O. descendió la voz, arrastrándola por las trincheras hasta los oídos de su interlocutor.

-Ya, el Gran Hermano te vigila.

De modo que, tras esta reseña sobre sus temores, quedó adjudicada la identidad de Orwell al paranoico personaje.

Hb, y Orwell erraron por un par de calles más. Las avenidas marchaban vacías, de vez en cuando moqueando algún coche.

Entraron en una tienda, y salieron preciosos para un fotomatón, o una foto de esas que cae impertinente desde la cámara de algún turista.

-¿Y bien...? Habrá que aclarar quién es Bradbury y quién es Huxley -se puso serio el tal Orwell.

-Pues yo creo que soy Huxley, a veces me vuelvo ininteligible, pero tengo pasión por el alfabeto griego. Y ya se sabe... los individuos alfa, los beta y los épsilon de mi adorado "Un mundo feliz".Eso me delata como H. -soltó satisfecho de tener un nombre ante el cual responder.

Huxley, y Orwell echaron miraditas a B. No le quedaba más remedio que asumir por descarte su personalidad, y empezar a entrechocar su pecho orgulloso con los transeúntes y decirles "Oh, perdone, soy Ray Bradbury".

-Bien, me parece bien. Al fin y al cabo eso significa que, de los tres, soy el único que está vivo. Eso me caracteriza como Bradbury.

Y B. quedó solo en el siglo XXI pensando que una vez dos muertos le dijeron que su sombrero estaba desfasado.

El abrazo del arnés


Lynnsinhill se sentía menos Lynn y Hill que nunca. Eso sí, había mucho "sin", un aderezamiento excesivo, porque no había forma de dar un paso sensato por la roca, los brazos se abrían y los pies resbalaban en una especie de puenting raro e inverso.

-Tendré que cambiarme el nombre -reconoció Lynn, comprobando que el arnés quedaba sobre su cintura como el abrazo prieto de King Kong.

Crishsinsharma estaba detrás, apostado en una roca, entretenido. Una risa desatada y rauda se desparramó como polen.

La decoración (los músculos) de la espalda y los brazos de Lynn no servían para nada, porque la maldita cabeza se había desacostumbrado a los achaques de la adrenalina.

-¿Dejarás de llamarte Lynnsinhill?

-No creo -replicó, oteando la cima- Todo es como esta roca, la metáfora sirve para todo, hasta para la literatura.

EL TELESCOPIO VACÍO


Hacía un calor tan imperioso que no se podía encerrar afuera. Las axilas flojeaban con unos manantiales ininterrumpidos, y el señor Tolstoi odiaba con una ferviente convicción sus barbas blancas y ralas, que tapiaban su piel a la brisa y la dejaban ahí, engullendo su propio sudor.

Aún así, el señor Tolstoi se negó a rasurar. Afeitarse la barba habría sido el primer atentado ecológico, una tala abominable que sus admiradores y su propia mujer habrían catalogado de afán especulativo por parte de algún alcalde.

Así que León siguió meditabundo extendido como una toalla bajo la sombra de un par de pinos.

Don Tolstoi no hacía nada, al menos nada visible, porque por dentro (en su mente) se oían los golpes y el martilleo de una gran obra en construcción.

Pero el escritor estaba triste:

-Ya he escrito "Ana Karenina", "Guerra y paz". Soy un buen escritor, me reconocen. Mi mujer me ama, y yo a ella. Tengo hijos, muchos, todos sanos, me adoran y les adoro.

Las manos se fueron a la barba para mesarla. La exorbitante barba se descompuso de placer ante las caricias del amo.

-¿Y ahora qué?

Tolstoi escudriñó el horizonte. Los ojos se tensaron, se arrugaron, y la mirada telescópica asomó por las rendijas de la córnea:

-No hay nada en el horizonte. Todos mis objetivos cumplidos. Me temo que, se supone, debo de ser feliz...

El escritor se levantó. (En ese momento hubiera estado bien inmortalizarle en una estatua, con esa mirada más tolstoica que nunca, enmarañada en esos pensamientos que cortejaban su razón )

Esa misma noche don Tolstoi, el escritor octogenario, preparó su fuga. La barba rala comenzó a agitarse con la emoción de un veintañero. Los malditos objetivos cumplidos le hacían daño al corazón, y él necesitaba de nuevo el anonimato y el todo por demostrar.

Lo encontraron a un par de kilómetros más allá de su finca:

-Don Tolstoi, ¿qué pide usted para su próxima vida?

Tras la respuesta del León balbuceante:

-Sí, le prometemos que hasta los cien años tendrá usted objetivos, muchos sin cumplir, y hasta entonces, usted no será completamente feliz.

LA MATERNIDAD, SEGÚN EL SIGLO XXI


Los pulmones de las madres -todo ese diafragma sepultado tras los pechos que ya cumplieron su amamantadora misión 27 siglos atrás- son bombas llenas de nitroglicerina maternal.

De repente, por la calle, se las avista (vivo muy cerca de ella) y mi cara está demasiado visible, demasiado expuesta, ya siento la mella del primer gancho visual, y el camino de la retaguardia ya no se puede enfilar con victoria.

Es la madre de mi amiga y sus ojos hacen chiribitas de saber que podrá hablar de las proezas de su hija (becada en Méjico) ante alguien de empleo poco exótico. (Si le pudiera decir, al menos, que aporreo teclados, que me detengo bajo sombras para garabatear mi novela. Pero, si se lo dijera, más contenta estaría ella, pues se sentiría dueña de una hija con los pies en la tierra, afincada en un brillante porvenir, y yo...yo con payasadas )

-Ay, viene el domingo ya, pero no tiene ganas. Supongo que se irá a terminar las prácticas a alguna empresa de España -dice ella, la mami, sopesando mi destino que acaba de asomarse a mis ojos para sacarle la lengua.

"Por supuesto, no se esperaba menos. Este pueblo me ha tocado a mí en herencia" -replica mi mente cobarde, en un mundo paralelo.

Recuerdo, ocho meses atrás, cuando mi amiga se plantó delante de mí. Se había descolgado de las listas del paro por obra y gracia de una beca de internacionalización de la empresa.

-Salen nuevas becas ahora, inténtalo -me dijo, con la sonrisa del novato triunfador intoxicándome la mirada.

-No, gracias, creo que no. No es mi camino.

Contesté que no. ( Sería mi camino si no tuviera esto: escribir).

Mi amiga se ofendió, trazó esa especie de cueva de estupefacción en la boca. ¿Cómo alguien rechazaba semejante Marilyn Monroe por irse con una cualquiera?

-Ya sabes, no es guapa, no es exótica, pero la quiero, quizás se porte mal conmigo. Tengo que intentarlo. De lo contrario, nunca me lo perdonaré.

120 páginas


El otro día descubrí que tenía 120 páginas, y que tengo mucho en común con la esposa de Paul Auster, pues echaré, como ella, muchas veces abajo el edificio hasta que me guste ese relumbrón azul celeste, y esa palabrería cuenta cosas que le encaramo.

Es así. Acabaré y vuelta a empezar, y luego lo tenderé pidiendo críticas. Y más tarde, cuando al fin lo acabe, no sabré qué hacer con él. Pero se podrán ver fuegos artificiales en mi mirada, un 4 de julio de orgullo patrio, como aquel que vi hace tres años, parecían las fiestas de mi pueblo, nada más lejos.

Tendré miedo de ser un John Kennedy Toole, pero haber parido a un Ignatius y verle esos ojos gordos e irónicos sobresaliendo en la careta, con esa verborrea propia del tío más lúcido del planeta... Eso tendría que haberle compensado.

LLevo 120 folios, y soy una carretera por donde viaja mi historia. No hay duda, ella existía antes que yo, yo sólo me preocupo de que el asfalto esté caliente, y bien negro bajo el sol de mayo.

El televisor y la Atlántida


Una vez el Señor Horacio vio un documental:

Un equipo de científicos excavaba en la arena de una playa paradisiaca, con las palmeras frunciendo sus cinturas, el agua delatando todo, mientras los miembros del grupo trataban de encontrar la entrada de una cueva que les daría la clave para encontrar la Atlántida.

El señor Horacio se maravilló, y la envidia encendió dos velas en sus ojos. Era un tarde de otoño con un sol mugriento entrando por la ventana, con un ruido de autovía pertrechada de hojalatas contaminantes y escandalosas. Todo eso componía la banda sonora del edificio, una música que no compuso John Williams y Vangelis, desde luego.

Tras esto, el señor Horacio se dirigió a la estantería, y se hizo con un atlas.

El atlas desplegó su pelambre de folios

Se fijó en el mar. En un hueco azul, "sospechoso, muy sospechoso", consideró, mientras los dedos dudaban sobre su barbilla.

-Sí, sin duda, ahí está la Atlántida, la he encontrado -anunció, al tiempo que pintaba con anhelo de corsario una equis.

Después se sentó en el balcón, con una cerveza endiosada en su mano.

"Cada uno tiene su manera de encontrar un continente perdido en una playa maravillosa", pensó, consolándose y vertiendo su mirada en una porción de su continente asfaltado.
No tenía nada que envidiar a los del documental.

LA CAMPANA DE MADERA


Don Henry Miller siempre paseaba con la bragueta abierta, así, ella podía otear por el hueco. Siempre ojo avizor a las damas y sus aparatos reproductores. La campana del trabajo siempre sonaba y, después, H.M. escribía unas parrafadas, algunas mágicas, otras incoherentes, sobre el momentazo que había procurado a su prospector de mujeres.

No era malo el tal Miller encadenando ideas, palabras, y construyendo un par de edificios de letras (denominados libros) y luego mezclando Nueva York y París, dos ciudades de hierro postrada cada una en un continente, porque en el mismo no podrían convivir.

Pero Miller no tenía imaginación, era un egocéntrico y, a veces, se cachondeaba del lector con párrafos que, si no eres él, no puedes entender.

-Aunque mira he creado adeptos, imitadores de mi prosa y de mi vida.

Habla Miller, se ha bajado el sombrero de la cabeza, y restriega en mis ojos una sonrisa de aturdidor de mujeres.

Yo replico:

-Sí, sí, los conozco, no diré nombres, pero los he visto y leído copiando al dedillo cada bajada de bragueta, y convirtiendo su vida en la novela. Pero, al menos, tú tocabas el piano, y eso se notaba cuando escribías.

No todo el mundo, cuando lo lees, puede hacerte soñar con un piano en medio de una noche de juerga de veinteañeros, así, dejando que su sonido se oiga tras la balconada donde una corbata se afloja y el fuego de un cigarro baila como una estrella en una mano.

No todo el mundo lograría convertir su vida en una novela, pero él lo hizo, y todo lo demás (imitarle) es como intentar crear campanas de madera. Trata después hacerlas sonar y verás que nadie las puede oír.

LA LAGARTIJA QUE MIRA POR EL REVÓLVER


Hay algunos que han convertido esto en un objetivo. Sí, sí, uno de esos objetivos por los que se mira y se dispara.

Yo cuando miro por mi revólver, no veo esto (el blog) en el objetivo. Podría decir que no veo nada, o que me veo con una simple libreta y un bolígrafo, porque los ordenadores manchan el oficio, destiñen la poesía y prefiero mis dedos ensangrentados por la tinta del boli, y una especie de colina de durezas mutando uno de mis dedos (tiene un nombre, pero nunca me los aprendí y mi cerebro ya no atina a sabérselos)

¿Por dónde van mis pasos si estar en el gimnasio no es mi objetivo (esto es el gimnasio)? Dije que escalaba... cumbres altas o más bajas a las que me adhiero como una lagartija cabreada con la verticalidad del suelo.

Pues, bueno, pues eso, mi objetivo está ahí fuera. Acabo de mirar por mi Magnum, esa que no tengo, y lo he visto: grande, resbaladizo y endiosado.

Pero últimamente he practicado mucho en el gimnasio, por lo que su cara de Dios no me amilana, me han salido agujetas en la prosa, dolores en la espalda, parece que algo intenta troncharlos (serán unas alas?) y mis músculos son ya de un grosor apabullante.

Voy, ¿será una panzada? (Qué diablos importa el dolor antes de sentirlo ) pero vuelvo para seguir musculándome.

LA LOCURA DEL PERSONAJE Y DEL AUTOR


El joven Guy miraba a su maestro, escudriñándole el rostro como quien trata de apreciar las pinceladas que integran un Velázquez.

-¿Dónde estaría la pincelada maestra? -se preguntó.

-Claro, en el cerebro -se respondió Guy tras unos segundos de acalorado diálogo interior.

Su maestro era Gustave Flaubert, y el alumno era Guy de Maupassant, ese mismo que años más tarde se reclinaría frente a una bebida refrescante en la cafetería de la Torre Eiffel y declararía que era su sitio favorito en toda la ciudad puesto que desde allí no se podía contemplar la estridente proa de hierro naranja ensartada en el cielo parisiense.

Guy leía todo lo que su maestro consideraba de inesquivable lectura. Había que pasar por esos libros para llegar hasta el trono de escritor. No había atajos, cien mil libros antes, o Guy sería el padre de una prosa descarnada, unas ideas con complejo de eco, y unos personajes como de dibujo animado.

Flaubert le sentaba en la butaca, y no había nada de sacar punta a sus músculos chocando los remos con las aguas bohemias del Sena.

-Nada de paseos en barca, hasta que Don Quijote haya enfermado de locura -soltaba el profesor, airado con la primavera de París que era como una bella mujer vestida con enaguas transparentes, deslizándose por la ventana, para inquietar la hombría incipiente de su joven aprendiz.

-Nada, nada, nada -y Flaubert cerró la ventana.

La primavera quedó fuera con sus gasas pavoneándose ante otro.

Maupassant leyó hasta que Don Quijote enfermó de locura, y murió.

Y Mauspassant se quedó en este mundo hasta que enfermó de locura, y murió.

Es cierto, no hay invento, dice la gente que desde entonces, Don Quijote y Maupassant abaten juntos dragones desalmados de gargantas como chimeneas.