por Lynnsinhill

LOS CONJURADOS NO RETUERCEN TUBOS DE ESCAPE


Ignatius Reilly tenía su panza brincando bajo la camisa. Y los ojos, con una mirada resuelta a atrincherar con su cólera a cualquier individuo que osara decirle que los necios no andaban conjurados.

-Claro que lo andan-dijo, mientras la barriga seguía creando olas de grasa a cada paso que daba. (Neptuno repartía una tormenta por ese océano inmenso).

-Algunos se creen hasta literatos, escriben novelas y se llevan los planetas a su casa.

Ignatius seguía surcando las calles con la poesía de sus dientes tratando de diseccionar de un único mordisco una chuleta tan cruda que andaba en las lindes de lo vivo.

-Fíjate en esa-y Reilly aparcó los ojos en una chica algo musculada, que paseaba con nerviosismo de padre primerizo por el parque del pueblo.

Aquí Ignatius se puso difuso, ininteligible:

Esa pobre detesta a su jefe, y no hace nada. Sólo viene aquí y sigue trabajando.

-¿Y qué quieres qué haga, Ignatius? -le digo yo, que todo este tiempo he sido su paciente interlocutora.

-Pues que espabile. Retorcer los tubos de escape, para que el gas se escampe como un embriagador perfume por el auto a los treinta y dos años, no es la solución.

-No, Ignatius, no lo es.

Aquí, la conversación, sólo será inteligible para los que no anden conjurados.
(Otra entrada sobre Ignatius: La empanada peligrosa)

A.D.

Creo que voy a volver a las viejas costumbres, al camino único y verdadero: a la libreta delante, a los dedos empuñando la feroz arma de un bolígrafo, y las ideas a lo Heminghway cayendo sobre la "no Moleskine" de mi regazo.

Volveré al gimnasio, muchas veces, pero con menos frecuencia, porque ha estado bien estirarme como una atleta de la prosa, pero no es el camino, sólo hay uno, y es solitario, muy solitario, sin comments, sin visitas, y estadísticas.

Volveré a ser A.D., con suerte, para mí, sabréis algún día lo que esconden unas siglas.

LO QUE DIJO HEMINGWAY DE LOS VIAJEROS


-Necesito viajar para encontrar las historias, los personajes. Si me quedo aquí, no hallaré nada decente para reencarnar en palabras.

El que habla es Harry Street, un escritor acodado en la ventana cualquiera de un París vecino a una España que está a punto de abismarse en una guerra.

Harry Street se define como ex Chicago Tribune ante los labios contorneados y la mirada lánguida y todopoderosa de su primer amor.

París es un café enorme donde encontrar placeres para el corazón es tan fácil como ser artista, todos intentan algo, se afanan en cumbres más altas que el Kilimanjaro.

El Kilimanjaro está lejos, en la maltrecha África que es fecunda en guerras pequeñas, la montaña clava sus cumbres canosas de más de 5.900 metros de altitud. Cerca de la cima -dice Hemingway- se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicar nunca qué buscaba el leopardo por aquellas alturas.

H. Street quiere viajar allí, quiere meterse en las faldas del Kilimanjaro, acercarse al masificado baño de los hipopótamos y observar como sus mandíbulas trinchan a los incautos hipnotizados por el exotismo de sus formas que nadan por el lago, quedándose como islas de piel rugosa e inexpugnable.

Después, quiere una caminata hacia España, con Madrid y Pamplona cañís y toreras.

Y personajes, historias y sucesos cayéndole sobre su libreta de notas como chivatazos cuya fuente es el mundo.

Street adoraba las calles raras, extranjeras y populosas donde podía sentir su pulso acelerándose por la cercanía de una nueva historia. (Y deja a su auténtico amor en todo este camino)

H.Street murió un buen día, en uno de sus viajes, acosado por una gangrena que se estaba corriendo un esprint por una de sus piernas. Rápidamente, con tesón y fervor de enfermedad, se desparramó por su cuerpo.

Muchos se acercaron hasta su cadáver, le miraron, volvieron a sus aldeas y contaron a los suyos la siguiente historia:

Cerca de la cima -podría haber dicho Hemingway- se encuentra el esqueleto seco y helado de un hombre, y nadie ha podido explicar nunca qué buscaba el escritor por aquellas zonas del mundo.

EXOTISMO


Hoy me he visto los ojos. Esos dos meteoritos estrellados en el planeta de mi cabeza. Enseguida me he puesto las gafas porque temía que la gente de mi alrededor captara la radioactividad elevándose en nubes densas, y sabía que las miradas perplejas iban a nacer raudamente de esos ojos blancos y terráqueos, versioneados en varios colores que ningún usuario elige.

Me he puesto los lentes. Lo repito para aquellos que andaban ensimismados y no se han percatado del movimiento de mis dedos viajando certeros y sin amagos de temblequeos hasta mis orejas, donde el tren de aterrizaje (una patilla) ha caído y luego la otra se ha estirado sobre mi parabólica derecha.

Ya estoy listo para caminar sobre este mundo. Las gafas oscuras son una dura pared para el curioso que retrocede incordiado por el cristal que le vomita su impotente curiosidad.

He dado ciento quince pasos. He tenido que parar porque mis ojos estaban atragantados con tanto objeto nuevo, han tosido, y me ha tocado echarles un espray para suavizarlos.

He levantado la vista. El bravo espectáculo de la humanidad seguía esparciéndose inquieto, como hormigas gigantes con una reina que sólo pare hijos para su rey, y yo notaba mis parabólicas hincándose en el aire para captar sus vocecillas con lánguidas charlas de viejos trastornados por la meteorología.

¿Dónde estará %$768978`··"!!90··3·"""? Habíamos quedado aquí.
%$768978`··"!!90··3·""" siempre anda eclipsada con la fauna de los planetas que habitamos, la imagino acuclillada, con los segmentos de sus falanges trazando malicias sobre la panza de un terráqueo, el afán exploratorio de la ciencia es primohermano de la inquisición, y nada duele más que ser una incógnita científica.

Me voy, la esperaré en el amorfo diván de la nave, bajo esas luces blancas y puras como novias (de las de antes) que hay instaladas en el techo. Quizás, mi amiga haya visto a Egemen, la pasión que irradia un turco atonta hasta a los aparatos reproductores alielígenas. Seguro que Mari está llorando por un amor despechado porque no hay nada más exótico que mi compañera %$768978`··"!!90··3·""" .

Lecturas recomendadas para entender la entrada: La nieta del samurai

TENGO UN PLAN

Últimamente tengo las palabras más en venta que nunca. Las cotizo a la baja, de la peor y más rastrera forma. Antes me sentaba frente a mi libreta llena de renglones emocionados, no tenía trabajo, y aquello era una bendición que me lanzaban los señores amables del destino que me miraban y decían:

-Tú no puedes trabajar. Te aclaramos que no eres una holgazana, no eres una perezosa que abomina de los horarios laborales. Pero el camino, esta senda difusa de la vocación, si te alejas demasiado, puedes perderlo de vista para siempre. Ya sabes, en la densidad de esas hojas verdes, enclenques, e infectas que ruedan por las manos como Willys o Phileas Foggs.

A veces creo que no tengo voluntad, que la señorita voluntad enviudó de mí hace años y que, desde entonces, soy incapaz de afanarme en algo dotado de un principio, desarrollo, desenlace y final.

Paseo, y me meto en el disfraz de Lynnsinhill que es la única que demuestra un conciencia concienzuda que viene aquí a parir las historias que, de otro modo, nunca hubieran desfilado. Personajes que muestran las enormes carnes de sus caderas, con sus contoneos delante de los lectores, o las casuales exhalaciones de despistados que me mandan las búsquedas del google.

No sé. No sé.

Hoy tengo la mente alquilada, les he dejado un par de habitaciones a varios políticos (aclaro a algunos que trabajo de periodista y que se acercan elecciones)Todos ellos se han sentado orondos, c0n la boca marchita por tanta tontería soltada, y se han puesto a pedir copas y más copas de mis neuronas. Uno incluso me ha rogado que una oliva trinchada por un palillo pululara por su brebaje.

Yo obedezco, porque la voluntad se piró de mí hace tiempo.

Pero os digo un secreto; psss... es la onomatopeya que irradian mis labios, la dejo caer como una fina lluvia de verano.

Tengo un mecenas. Dice que algún día me mantendrá, y que yo escribiré, que tendré voluntad, me habré recasado con la bella voluntad amarrándola con un anillo ingente, y que luego, quién sabe, algún día, yo podré mantener a mi mecenas.

Hasta entonces, silencio.


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LA NIETA DEL SAMURAI


Mari y Egemen hubieran formado un híbrido religioso y racial muy valioso para los paisajes del fondo de los mitines políticos. (Ya saben, esos decorados de gente feliz que endulza las imágenes, con sus sonrisas y juventud, de los "promete la luna" )

Ella era japonesa, y él turco. Pero no se dedicaban a eso, nada de ponerse detrás de nadie, ellos iban siempre delante con su inglés recién aprendido y sus garbeos bajo el sol de Carolina del Sur.

Egemen esperaba a Mari. Recogía su mochila porque los machismos a veces tienen esa vena caballerosa, y el hombro del hombre enseguida cede, mientras ella podía hablar con las manos libres, desenvueltas y blancas, inmunes al sol que arremetía intentando sembrar algo de moreno en su piel, pero era lista como un samurai y sabía de sobra que la inteligencia nos ha dado los protectores solares.

Mari noqueaba al turco con sus ojos de tira, a veces, cuando reía, quedaban como ranuras con un destello de fondo, y Egemen estaba seguro de que su japonesita veía entonces el mundo en un cinemascope exagerado.

Pero el turco era más guapo y menos aborregado que el hombretón que imaginó Antonio Gala en su Pasión Turca. Era culto, moderno, alto, intenso, joven y desprovisto de los anclajes de los hijos y de un carné de ex legal marido de alguien.

Por eso, Mari lo miraba inquieta. Posaba sus ojos en él, y los dejaba ahí, en la tierra firme de sus pectorales, que bailaban triturando el aire en sus pulmones. Después se fijaba en el detalle de su mochila, y luego miraba a las demás estudiantes con el celo de la búsqueda de la ruin desbancadora.

Ellas cruzaban las zonas del campus sombreadas, con los ojos azules y enormes, algunas de las malditas Candy Candy de la tele de su infancia patrullaban la zona con las melenas rebosantes de rubio natural.

Pero ella no temía por las Candys, más bien por Egemen y el pavor de que acabara fijándose en otra mochila más exótica que la suya.

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EL PRIMER ESPECULADOR ERA POETA


Recuerdo al político entrando, poco a poco, con la panza abriendo surcos entre la gente, y las pamplinas que le caían como a los césares los triunfos. En su programa electoral flotaba, como un maravilloso cabo de salvación, tres o cuarenta campos de golf.

Nos retrotraemos en el tiempo:

El primer especulador estaba sentado cómodamente en su Roma imperial, era un semidios y se llamaba Nerón.

Era un poeta, un versificador horrible, un cantautor atiborrado por su papá (Dios) de una mala voz, malísima. Pero él cantaba, estirando las cuerdas vocales hasta los confines de su imperio, con un arpa sobre la que limaba sus uñas de gato.

Nerón estaba en su potro de rey, en ese sillón, y entonces pensó en hacer una Roma nueva, blanca, y pura. Con arcos encadenándose, unos ecos infinitos de arcadas, casas lujosas establecidas en los viejos antros donde la chusma, ahora, degeneraba.

El hombre observó la maqueta de su nueva ciudad. Su barriga danzaba contenta bajo los pliegues de su túnica celestial, los ojos chisporroteaban, y su mente se volvía más magnifica, si cabe, alumbrando nuevas metáforas, símiles, epopeyas y prosopopeyas.

La maqueta se esparcía como una pequeña realidad, la hermana pequeña de un mundo mejor.

"Ja, ja", se oyó el batallón de risas, "sólo falta subir la temperatura y quemar la vieja Roma en pro de la nueva."

Nerón paseó su figura con esos oros enredándose por sus dedos y esa mente tatareando bestialidades.

El semidios no lo consiguió, murió con un puñal que fue hasta su pecho en busca de petróleo. La prospección no resultó, salió sangre. Y Nerón murió.

Pero... su ejemplo ha cundido, aunque es un ejemplo que todos negarán seguir, nadie admite ser un Nerón.

-Señor que quema un bosque y planta un Terra Mítica, ¿es usted un Nerón?

-No, no lo soy. ¿Lo dice por el peinado? Reconozco que de vez en cuando me gusta escribir poesía.

Aunque los peores contestarán:

-¿Quién era Nerón? ¿Mi perro?

Nerón sigue erguido sobre su butaca de rey. Admite que las poesías no son lo suyo, es un versificador horrible para las Julietas que temen verlo bajo su balcón, despilfarrando palabras sin ton ni son, y amarrado a un instrumento que teme por su reputación.

No obstante, Nerón ha descubierto que su sueño sigue enquistado en los corazones de los que se creen semidioses y, por eso, ya le importan un bledo sus canciones.

BUSCANDO UN BUEN FINAL PARA LA PREPARACIÓN VITAL I


Clotilde estaba grotesca. Una alimaña con los dientes desvencijados, el pelo polvoriento y soltando racimos de pelusa, iba acercándose gradualmente y poco a poco (si se hubiera aproximado rápidamente, los dos, B y C, hubieran huido como dos perros con los rabos pisoteados)

Clotilde bajaba, un escalón tras otro.

Basil intuía a su hermana, estaba dentro de aquel ser, toda su belleza guardada en el bolsillo de aquel terrible vestido.

-Clotilde, hermana, ¿Eres tú? ¿A qué bruja has visitado durante mi ausencia?

Basil se encaramaba al brazo de Casius. Primero lo tocó para encontrar varonil musculatura que le protegiera de aquel ser que iba dejando escalones tras de sí, y comiéndose la distancia que les separaba.

Los músculos de Casius le reconfortaron, pues eran sanos, gélidos, y voluptuosos imponiendo su formas bajo el gabán.

-¿Clotilde? -Casius siguió insistiendo, mientras Basil se cogía al mástil de su brazo -Esto no es un barco -dijo, dirigiéndose a B.- no te vas a hundir si me sueltas, y la que baja no es un monstruo es mi hermana. Ten respeto.

Casius recriminó la actitud de B. con una mirada que te hunde, te clava, y te fusiona con el suelo.

-Casius, ¿es el pintor, verdad? -Clotilde asomó a la boca un terrible tirón de músculos faciales. No se podía afirmar que fuera una sonrisa, se tenía que preguntar ¿una sonrisa? No sabemos lo que era, pero existía y asustaba.

La hermana pronto alcanzó la vera de los dos amigos.

-¿Has visto, hermano? -y Clotilde dio vueltas sobre sí misma como una modelo del terror.

-Es usted exactamente igual al retrato que hice a Dorian Gray diez años después -se atrevió a decir el pintor, superando su pánico- Porque primero era guapo, como un rey, y todo el mundo me pedía retratos. Tenía encargos a millones, todos me solicitaban para pintarles, y yo vivía en la abundancia, con el desparpajo de una buena cuenta bancaria. Después el cuadro empezó a mutar, se le formaron protuberancias por la cabeza, le salieron pústulas, envejeció, encaneció, y engordó. Y todos huían de mi casa en cuanto se topaban con el engendro en proceso de descomposición en el salón. Temían acabar así, y dejaron de venir, y de darme trabajo -un gimoteo escapó de los labios de B.

-Todos hablan del tal Dorian, pero me hundió.

Basil se desplomó como un cuerpo sin esqueleto sobre el suelo de la casa. Estaba inconsolable. Era un famoso pintor, bueno y habilidoso, pero Dorian le había estigmatizado, y todos huían de él como de la figura de un enterrador.

-Caballero, caballero, por eso estoy aquí -se acercó Clotilde susurrante, aupándole con sus manos recubiertas de una sustancia gris que solamente los marcianos habrían denominado piel.

-Usted me pintará tan horrorosa como me ve, todos me verán en ese cuadro. Y después me verán hermosa, todos le llamarán para que obre el milagro de pintarles, y yo habré sido una guapa con pasado de fea, me tratarán de forma distinta. Ya verá usted, ahora mismo se lo explico todo.

Y Clotilde, fea como una cucaracha vestida de mujer, levantó el cuerpo de Basil, que con los ojos fijos, y frotándoselos para aclarar su visión, sólo le pudo preguntar:

-¿Pero de veras es usted guapa?

LAS DOCE CAMPANADAS


Tenían que sonar las doce campanadas para que la pesadilla terminase. ¿Dónde están las doce campanadas?

- Al final del contrato -responde una voz cuyo dueño es el mundo.

Imagínense qué sabio era entonces ese hilo de voz que se expande desde el núcleo de la tierra (pues replicaba nada más y nada menos que el mundo)Desde su propio núcleo, ese que una vez exploró Julio Verne con esos personajes incansables aferrados al lomo de las invenciones del francés.

Como decía, el tipo es incapaz de hablar, de defenderse y parece que la batalla la tiene ganada el que parlotea.

El hablante es un ser apoltronado en una butaca enorme para atender las necesidades de espacio de su trasero, mientras que para su cerebro habría hecho falta solamente unos milímetros de cráneo. Más (espacio) equivalía a un despilfarro de hueso.

Pero el tipo, el que calla y asiente, trincha a sus adversarios en el papel. Inserta las palabras como agujas precisas sobre los puntos más dolorosos, hace llorar a la carne con tanta palabra que empuña.

El hablante dice:

-Y te pido que cumplas con mi empresa. No sé quién era Charles Foster Kane, no me suena para nada Dostoievski, no sé sobre qué palo de escoba viajaba Torcuato Luca de Tena, pero tengo un periódico. Menudo verso pomposo formo con mi nombre y el título de director de este medio.

El tipo sigue ahí, mudo por fuera, y dicharachero por dentro.

Silencio en su boca, y burla e ironía hablando por las neuronas de su cerebro. Arman tanto jaleo, que una de ellas amonesta a la demás:

-Callad, callad, sigamos oyendo lo que dice éste que tengo la barriga con terremotos de risa. Ay, somos tantas que necesitamos espacio...

-Ay, pero mira ahí -dice una de ellas, estirando su dedo neuronal como un E.T.E hacia la testa del hablante- En esa cabeza sí que están anchas; el viento corre dibujando surcos en la arena, padres e hijos pueden pasarse semanas sin verse, y el eco domina el aire como en el Gran Cañón del Colorado.

Después, el hablante encarama una sonrisa al rostro, la deja tanto tiempo ahí que empieza a avanzar un estado de descomposición por ella. Está medio putrefacta, al rato empieza a oler como un muerto.

Más tarde, el tipo, que no habla pero nota el rugido de sus neuronas en plena faena de matanza al ser apoltronado, se va. Cierra la puerta, y deja una sonrisa fresca, lozana, recién pescada, tomando el sol en los labios.

Cuando llega al coche, su sonrisa huele a rosas, y prácticamente puede oír las doce campanadas preparando el impulso de su don, don.

EL OTRO FUEGO QUE PRENDIÓ MONTAG


Ray Bradbury publicó por primera vez su Fahrenheit 451 en la revista Play Boy, en 1954. No hubo otra forma de romper la fría pared del anonimato.

El día en que Bradbury ofreció los fornidos pechos, y esa espalda bravucona del bombero Montag a los editores de la revista, se encontró con la sorprendente respuesta del Sí.

Tal vez, Montag era un prototipo de hombre Play Boy, un Indiana Jones de las llamas, un militante de una causa rara que pronto se desmoronó. Puede que Don Quijote inspirara a la masa gris de Bradbury a adentrarse por los caminos de la quema de libros, creando cordilleras con una floresta de páginas que poco a poco morían con las primeras caladas de un fuego cobarde.

El día en que Montag se vio rodeado de damas enarbolando pechos, y adoptando posturas de fémina sumisa, con los labios conteniendo diez mil insinuaciones de besos remitidos a todo el público de la revista, fue muy confuso para él.

Los hombres corrían las páginas, estrechando los ojos como lupas libidinosas, tratando de atravesar los recodos de la ropa interior de una tal Dolores del Monte, cuando, de repente, Montag asoló su libido con unas cuantas palabras:

-Nunca leo los libros que quemo, está prohibido por la ley.

Entonces Montag, sin darse cuenta, apagó varios millones de incendios gestados en los ojos de los lectores de la revista , provocados por las fotos de incendiarias mujeres, y encendió otro, el del poder de su historia.

Ese largo y hermoso fuego, todavía crepita entre hombres y, por supuesto, las mujeres lectoras.


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LA ADVERTENCIA DEL LOCO


La chica llega. La biblioteca crece hacia abajo, con sótanos refrigerados y libros del mil ochocientos no sé qué.

Los ascensores tienen un murmullo escandaloso, se abren y se cierran depositando lectores por la planta. Para verlos, hay que asomarse por arriba de los escritorios e intuir sus crestas peinadas, subiendo y bajando, como un mar ajetreado de cabellos y mochilas.

Luego, ella vuelve a sus estudios. La refrigeración marca un ritmo de animal que respira con dificultad.

La chica se acerca a las estanterías, toma uno de esos libros, esos testamentos de los genios; Alice in Wonderland, una edición antigua, magullada por esos cien mil ojos que lo han leído rellenando con esa lectura sus tardes. Su portada es ya como un cuento, dentro de otro, porque evoca y es contemporánea a la infancia de sus bisabuelos.

Lo tiene que coger por el placer de tener un vis a vis con sus letras.

Después, Treasure island por donde se arrastran patas de palo, y corazones avaros y locos por la caricia indiferente del oro.

Más allá los españoles, ese Cela que ya no existe y esa Carmen Laforet que convirtió la posguerra en Barcelonas mágicas, llenó las islas de pintores errantes, y niñas enamoradizas.

Siguen cayendo los autores en sus manos, va abriendo las lápidas, una por una.

Alguien llega a su lado:

-Perdona, ¿Qué haces? No profanes, es delito.

Un tipo de ojos hacia dentro, como si el mundo le causara repulsión y prefiriera tener la vista enfocada hacia su organismo, le habla.


-¿No puedo abrir los libros?

-No, hoy no. Mañana sí, pero hoy no.

-¿Por qué? -replica ella, tratando de cazar algo de lógica en la respuesta, un cabo que ande suelto, una nota obvia que se le esconde tímida.

El tipo, que sigue con esos ojos atrincherados en sus cuencas, responde:

-Hoy es la noche de los difuntos. ¿Dónde crees que están los escritores que ya han muerto?

Y el hombre, deja caer sus ojos, como si fueran una caña de pescar que se tienden desde lo alto hasta el fondo de una charca compuesta por libros y clama por una respuesta:

-Responde!! No seas ignorante.

Pero la chica tiene ese gesto que contesta sin palabras, y él replica, agitando sus manos para amonestar:

-Están en los libros, en los libros, ¿Dónde crees? Nunca leas a un autor muerto en la víspera de los difuntos, nunca lo hagas. Pues te llevará y te convertirá en un personaje de sus historias cuando vuelva a reencarnarse y escriba, al fin, algún nuevo cuento. Sí, sí, te llevará y te usará a placer, inventará tu físico, tu vida, tus amores y desgracias, serás un muñeco archivando sus palabras.

La chica deja que el pánico pulule por sus ojos nuevos, redondos y bien hacia afuera.

-¿De dónde crees que sacan sus personajes? ¿De dónde acaso?

El hombre sonríe, alarga su boca como una cama gigante de burla por la que podrían saltar miles de duendes juerguistas, y dobla por la siguiente calle de estanterías: ¿advirtiendo a más imprudentes o dando fama a su locura?

Sólo sabemos que la chica cerró todos los libros. Apretó las portadas con vigor por si algo empezaba a emanar por ellas, impidiéndole su salida y cortarle así el cuello, las piernas, o lo que fuera ,y sólo osó tocar los libros cuyos autores aún andaban vivos y con generosa salud.

LA PREPARACIÓN VITAL XIV


Nadie les miró sorprendido por la gesta que acababan de realizar.

Cantar y bailar es el pan nuestro de cada día en estas calles parisienses. Entonces los niños secundan la coreografía, los mendigos refuerzan los tonos bajos, las mujeres se remangan las faldas y ayudan al barítono protagonista a llegar a la luna del do sostenido.

Y como en esos musicales, tras la conclusión, Basil y Casius siguieron caminando como si nada: el mundo giraba y ellos se dirigían hacia la boca tremenda e insaciable del destino.

-¿Queda mucho?

-Ya estamos -contestaron las manos de Casius que se apremiaban a sacar la llave del bolsillo -En breve conocerá a mi hermana.

-Pero qué es lo que tengo que hacer... Usted me ha traído hasta aquí, y no me ha puesto al corriente de nada.

Basil miró bien a Casius, le pareció que el usted era un apelativo sin sentido para dos personas que habían cantado juntas acerca de sus pesares. Por eso quiso derribar la barrera tonta de los formalismos, pero primero, por supuesto, pidió permiso:

- ¿Le puedo tutear? Porque creo yo que, tras haberle hecho los coros de su canción, la confianza la tengo ganada -y tras atender al silencio afirmativo de Casius reanudó su queja- ¿A ver? Esa hermana tuya...¿está loca o qué? Porque mira que mandarte a ti a buscarme, se te veía muy enterado de arte, todo un Tiziano reencarnado. Si es que tienes menos idea que un caracol manchado de pintura pasando por encima de un lienzo.

-Espera, ya abro. Entra, y silencio. ¿Oyes? Viene mi hermana.

Ambos levantaron la mirada, estaban al pie de las escaleras y empezó a oírse un ronroneo de falda apresurada.

Si el suelo de mármol de la casa hubiera estado vivo, se hubiera echado a reír a carcajadas por las cosquillas que le producía el vestido trotando sobre él.

Pero estaba muerto, nació muerto, y nadie rió cuando la estampa de Clotilde asomó en el rellano de la escalera.

MIRANDO LA CATEDRAL DE FITZGERALD


Scott Fitzgerald estaba tendido en el suelo, los labios abiertos, blancos, y en el pecho ya no se oía el tumulto de su corazón.

Silencio, un mudo en el teatro de su vida.

Antes de eso estaba hablando de irse, de marcharse, Europa volvía a estar convulsa, con ese aspecto de mujer maltratada, y Scott soñaba con abrirse paso entre las columnas de los grandes periódicos norteamericanos.

Hablaría sobre la guerra, de los rudos amaneceres en la Europa de los ancestros de la UE. , donde la muerte acudía a inaugurar cien mil cementerios.

Luego podría volver a su patria, con la sangre recordando cada cara entrevista entre los fogonazos de la metralla, con los sentimientos vivos, deseando escribir sobre la guerra, sobre su vida, sobre sus personajes heridos por un mundo en paz.

Nadie puede ser Scott Fitzgerald desde que murió, tampoco Miller, ni Kafka ni Cervantes.

Puedes coger sus sueños. Levantarlos en el aire y mirarlos como si fueran la cúpula de una gran catedral, y querer a los tuyos (tus sueños)un poco más, porque todavía están ahí, sin existir, pero te tienen a ti, que estás viva, y con el corazón creando tumultos en el pecho.

Luego, más tarde, todo se adormecerá por aquí dentro. Pero habrá, con suerte, catedrales, largas y espigadas o anchas y abombadas, que otros podrán venir a contemplar.