por Lynnsinhill

Un hueso

Hoy me permito recomendar, desenterrar un hueso, ubicado en el estrato de enero, pues creo que es un bocado digno de volver a saborear. Tiene unos gramos de tierra adheridos, está un poco magullado por el paso de muchos dientes (una marabunta de hambrientos comensales) pero conserva algo de sabor, e incluso puede que alimente y nutra debidamente (según la OMS).

No os atragantéis con la tierra que tiene pegada, lavadlo bien antes de la ingestión, ponedlo sobre un plato recién salido del lavavajillas, rociadlo con un chorrito de aceite, que se empape del sabor de la hispania, y a morder sin pavor de perder un diente.

Mañana cocinaré un nuevo plato, espero que me salga bueno.

El hueso es La combinación perfecta

La gata me manda al cadalso


El teléfono suena, con prisa, desesperado, con todo su cuerpecito metálico trotando sobre la mesa, y nervioso por lo que tiene que contarme.

Entonces la oigo a ella, con su voz melosa -si los gatos hablaran lo harían como ella- y me manda al cadalso, porque existe, tiene reencarnaciones en este siglo. La horca sonríe en una de esas crueles ruedas de prensa donde el político mueve su boca, abriéndola y expandiéndola como un agujero imposible de tapiar, un comecocos lanzando pompas de prosperidad, y te va matando poco a poco con las balas de sus palabras, y apuntas, anotas, parece que te regocijas, que el discurso es interesante, que suena a un mundo mejor.

Pero nada suena a nada, y cada palabra que escribes para ellos supone la muerte de cien mil que escribirías para tu sueño.

(Mañana continúo con la preparación vital)

LA PREPARACIÓN VITAL VII


El pintor agarró bien sus cuadros, los acomodó delante de él, los puso sugerentes, con voluptuosidad, como unos pechos tersos y resplandecientes de virginidad ante el postor.

-Están perfectos -los miró, y luego redirigió la mirada al extraño que ahora se había detenido para recolocarse el bajo de un pantalón que caía con perfección militar sobre sus pulidos zapatos.

Entonces, Casius, desde esa acuclillada posición, levantó la persiana de un ojo, directo al pintor, y después a su obra, para seguir con el número del despiste.

-"Tendré que hacerme el interesado, preguntarle algo sobre sus pinturas, ay, qué pavor, yo no tengo noción alguna sobre el oficio del embadurnador de lienzos".

Pero, entonces, Casius volvió a rememorar la pléyade de cuadros de su cuarto, esas noches "tituladas" aprendiendo a saber donde estaba el norte y el sur con la contemplación de sus cuadros guía, con esa mano que le tendía su preparación, por eso, tragó saliva, desheló el iceberg de su barriga y fue a interpretar, a interpretar, y a interpretar.

El "preparado vital" emprendió su carrera hacia los oscar.

LA PREPARACIÓN VITAL VI


Los pasos del pintor corrieron como viento sobre el empedrado de la calle. Su sonrisa andaba congestionada por el esfuerzo de llevar encaramados, al pecho y parte del hombro, un par de obras acabadas, cuyo arte quedaría en entredicho al primer cruce de miradas con un entendido.

El primer asalto con el crítico lo tenía perdido en cuanto éste apreciara esos trazos largos y abismales (como carreteras diseñadas por un tonto).

Casius se enderezó el sombrero pues notaba sobre su cabeza el viento que corría por los pies del "artista".

Eso sí, lo bajó un par de veces en cuanto su vista tropezó con una de esas domadoras de sombreros que exigen el gesto de saludar a su arrebatador rostro (qué enrevesada te has vuelto, narradora)

El pintor empezó a sentirse molesto. Volteó la mirada un par de veces, un vaivén de ojos prácticamente imperceptible. Empezó a mirar muy mal a Casius.

-"No tiene pinta de comprador", se dijo a sí mismo, "ni siquiera tiene aspecto de entender el arte".

De repente se le iluminó la sesera como el anfiteatro de una ópera en día de estreno.

-"Claro si no tiene idea de arte más fácil será venderle alguno de estos cacharros que me han costado una fortuna en pintura".

-Caballero, ¿le interesa? -el pintorzuelo tomó el aspecto de una fulana, con los brazos en jarras y sonrisa coqueta, en la esquina más miserable de París.

LA PREPARACIÓN VITAL V


Casius salió del establecimiento acompañado por su hermana. Metió barriga para tener un porte más simétrico con el de su hermana, para que el iceberg no rompiera las tranquilas aguas de la belleza de su pariente. No es que estuviera gordo, pero los defectos se agrandan como vistos por una lupa tremenda en cuanto la perfección duerme bajo nuestro mismo techo.

-¿Dónde vas ahora, Clotilde?

-Ay, Casius, supongo que iré a casa a escribir mis versos, o leer un tratado sobre botánica de LINNEO -exclamó ella, atusándose la cabellera que deslumbraba como un sol negro.

-Bien me parece, yo emprendo la búsqueda. Será compleja, meticulosa, pues no sé nada acerca del mundo de los artistas, no sé dónde suelen comer, ni a quién suelen ver, puede que el nuestro habite en una cochambre de casa, o en un castillo de formas inexpugnables.

-Yo sólo te digo que a lo mejor ni existe, Dorian Gray es como Drácula. Sólo de leyendas se alimenta su existencia.

-Sea lo que sea, hermana. Yo estoy preparado- Y Casius recordó la decoración de las paredes de su despacho, los tres títulos, esos tres compactos cuadros en los que su nombre se dignificaba.

Alguien pasó por su lado. Una figura arrastrando lienzos, que subió las escaleras, y que como un comecocos fue recorriendo todo el entramado de callejuelas.

Casius, que aún no sabía qué es lo que pretendía hacer su hermana con el pintor, espoleó su cuerpo y salió en pos del pintorzuelo

Presentando a Lynn Hill


Vamos a hacer un alto en el camino, aquí mismo, en plena historia de La preparación vital.

Dejad las mochilas a un lado, afilad los dedos, sacadle punta a los músculos, con achaques sedentarios, porque necesitaréis de su garfio, y el hermoso despliegue de sus alas, para bailar con la roca, sin pisarla y molestarla con nuestra torpeza.

Esa de allá arriba, señores (me rasco la voz con un carraspeo impropio de una dama) la de la derecha, es Lynn Hill, una escaladora norteamericana. Yo solamente me hago llamar Lynnsinhill, en su honor paseo por acá tomando algo de Kafka y la honra del nombre de la yankee, para acabar creando esta Edad Kafkiana, que no sé si mía o vuestra o del mundo.


Sí, nadie anda más en la edad kafkiana que el siglo XXI.

LA PREPARACIÓN VITAL IV


A veces (pocas veces porque el relevo de belleza se produce cada veinte años) resulta que la mujer más bella del mundo es tu hermana.

Y a tu alrededor, si eres el protagonista de esta historia o el hermano de la más bella del momento, se extiende un rumor, una ola que no acaba de romper, y todos los ojos se encadenan en una única mirada que empiezan a manosear lo mismo, y lo mismo, un ídem eterno e insondable.

Casius observó a su hermana, pero dejó que la imaginación de los otros "caballeros" del establecimiento la describiera:

"Una mujer para degustar, con los ojos como la vitrina de una pecera exótica, con el pelo del color del caviar más caro del mundo, y con pechos fornidos, de seguridad inquebrantable, y una boca tan salada como el mar".

-Casius, necesito que me ayudes. No puedo seguir viviendo así, todos me miran pero ninguno me ama.

Su hermano reaccionó con una mirada confirmatoria en derredor.

-Necesito ver a ese pintor.

-¿Qué pintor?

-No sé cómo se llama, pero no sé, es ese, el que pintó a Dorian Gray.

-¿Dorian Gray?- bufó Casius, haciendo inventario de conocidos.

-¿Le conoces?

-No sé, hermana. Pero si existe, le encontraré.

LA PREPARACIÓN VITAL III


El hombre, Casius para todos nosotros, clavó de un solo golpe el auricular en el seno del aparatejo. La sonrisa de antes se disgregó como un humo, tomó su chaqueta y salió.

Fuera, en la calle, era 1897. Primavera, marzo, martes y a 13 (como hoy, cien años después).

El empedrado andaba soltando sus sones con cada carruaje guiado por un hombre, de levita negra, repetido semblante que miraba con gesto de rey a todas las mujeres de pechos robustos con hijos todavía por robustecer.

Entonces y ahora, conduciendo, siempre se miraba a las mujeres.

Casius dobló por una calle, subió a la acera, hizo descender su sombrero un par de veces, cuando se topaba con alguna mujer digna del gesto, y entró en un establecimiento de comidas lentas, pausadas y desesperantes porque allí los hombres de negocio siempre desesperaban a los camareros con sus comidas largas, pesadas, y exigentes.

Se sentó; frente a él; la mujer más bella del mundo en los tiempos de 1897.

LA PREPARACIÓN VITAL II


-Sí, no,


-Vaya, no, no lo sabía.


-Pero lo comprobé, no vi nada, de verdad. De acuerdo.


-Voy para allá.
(continuará...)


LA PREPARACIÓN VITAL I


-Ay, mis títulos, qué justos laureles rodean mi nombre.
El hombre, un tipo de unos treinta años, en edad de desposar una mujer, y llevar un promontorio de oro en uno de sus dedos, siguió adorando la visión de sus títulos.

Después encendió un cigarro, porque la contemplación es siempre más hermosa e interesante cuando una columna de humo alza su perfil fantasmagórico en el aire, mientras que el trasero fue a besar uno de los bordes de la mesa (Qué horrible metáfora).

-Tengo tres títulos, nada más y nada menos. Mi título de licenciatura, el del máster y el de idiomas en el extranjero. Tres comodines que me harán pasear por esta vida con seguridad y desparpajo.

Siguió observando, encendió un tercer cigarro, y la habitación, pequeña y escasa, empezó a adquirir la atmósfera de un cementerio en pleno rodaje de película de serie B, pero el hombre permaneció contemplativo, arrugando los labios con cada calada y satisfecho de ser un César de los títulos.

-Soy un tipo afortunado, preparado, armado de las mejores papeletas para ganar.

En medio de todo, de tanta felicidad, y romance con los títulos, sonó el teléfono y el hombre, desincrustando el cigarro de los labios, lo tomó y habló.

(Continuará...)

La cartilla de Mafalda


Hoy reedito esta entrada, no lo puedo evitar, porque hoy me siento un poco Mafalda:

Vuelve a pasar y a repasar la calle con sus pasos. Después entra en el cajero, le da la papilla a la máquina, bien masticada, abierta por la página correcta, y deseando saber si por fin ha cobrado.

-No hay anotaciones pendientes -enuncia ella en su reluciente barriga electrónica.

De modo que sigue a cero, hueca, si tamborilea los dedos sobre ella puede oír su repicar de objeto vacío. Es el momento de la fe, de creer en la humanidad, de olvidar que existen aprovechados que no pagan el trabajo desempeñado. Ella decide creer, mete la cartilla en el bolso y callejea hasta las mismísimas puertas de la delegación de Dios en su ciudad: la Iglesia.

Se introduce sinuosa, reptante como la serpiente de Eva con afán de confesión y arrepentimiento.

-No quiero seguir pecando -balbucean sus labios contritos.
Una vez dentro puede elegir. Los bancos son aparcamientos para los traseros católicos más esquivos del mundo. No hay siquiera ancianas, todas han muerto o han abrazado una fe que les alivia más el alma.

-He pecado -dice, clavando su mirada en los ojos de escayola pintada de Jesús.

-He dudado de la humanidad, no creo que paguen mi trabajo y me detesto por desconfiar.
Los ojos de Jesús son de una escayola reluciente, imitan las viejas glorias de las esculturas renacentistas, pero parecen mirar y juzgar como un Rey Salomón emparedado en una catedral.

Ella saca la cartilla del bolso, la mira bien, una última mirada a un ser querido y la rompe con convicción.

-Ya está, se acabó, no volveré a dudar más porque los ojos -dice metafórica- a través de los cuales mi desconfianza miraba han sido destruidos.

-Gracias, Buen Dios.
Se despide como Mafalda lo habría hecho.

Hasta el final no sabrás quién eres


La masa entra, se acomoda en los butacones de rojo llamarada, y se reparte, con celo y celos, los lugares de mejor visibilidad, con mejor ángulo de interceptación del político.

Después empieza la música, ese "acribillamiento" de sones con forma de himno y los miembros del partido enfilan la alfombra roja del acto electoral.

Todos aplauden, desgañitando las palmas, y las voces tienen cien mil recovecos de admiración y entusiasmo, un orgullo infla sus pechos, con el sentimiento de que el camino que recorren es una gran avenida arbolada, próspera y lozana. Y todo lo demás, caminos horribles, enrevesados y estériles.

Yo tengo las manos ociosas, y las palmas remetidas en los bolsillos. Me siento como Winston Smith pertrechada de indiferencia, sin casar con el pensamiento del partido y con el temor de que me miren para hincar el dedo que identifica al elemento disgregador en mí.

La señora de mi derecha me mira y sus ojos entonan lo que rumia su mente:

-Una hereje, una subversiva- la mirada se le llena de espanto y empieza a respirar con dificultad.

Las luces se apagan y empiezan a emitir un vídeo donde el partido pone el énfasis ególatra en cada nimiedad desempeñada. Y yo veo cómo la sonrisa serena del que gobierna se mezcla con el pueblo, achucha sus manos, besuquea a niños y ancianas y luego corta la cinta inaugural de algún gran hito arquitectónico.

Se encienden las luces y todas las manos se desangran con unos aplausos que sonrojan mi pasividad.

Yo, más Winston Smith que nunca, miro a mi alrededor, me siento temeraria, dueña de una mente peligrosa, libre y con mil postores que no se acercan ni de lejos a su cifra de compra.

Los políticos siguen vendiendo la carne de sus hazañas. Al fin terminan, las palmas baten boquiabiertas, la señora de mi lado maldice mis falanges pues le parecen diez enemigas burlonas, mete el codo en la mullida panza de su marido, y me señala con afán de espía:

Enseguida noto que alguien me susurra desde abajo, una figura con los miembros apelmazados y arrugados para que no le vean, y que aprovecha que han vuelto a apagar las luces para decirme que huya.

Miro su figura, de repente cae la luz que se desprende de los focos del escenario, y yo observo su aspecto, el muñón de uno de sus dedos de la mano derecha (PERFECTAMENTE VISIBLE PORQUE ES UN SUEÑO) y me percato de que él es George Orwell y que yo soy Smith, Winston Smith.

EL GESTO DE CALMA DEL HIJO


Las inmediaciones eran las de la Audiencia Nacional. Esa zona de Madrid escoltada por los hombres de segura compostura, y abogados imponentes con la cartera guardando, entre sus trincheras de cuero, mil y una causas de libertad o prisión.

Primero llegué yo. Siempre la primera, una hormiga exploradora, y después llegó la marabunta de palabras en euskera:

Todos ellos jóvenes, de la edad de Lynnsinhill, con aspecto sencillo, sin rasgos pijos, podrían haber conformado una "trupe" de escaladores llegando con sus voces al campamento base del parque del Yosemite tras un día de tentativas a El Capitán.

Pero venían a ver cómo juzgaban a su amigo por unos presuntos vínculos de colaboración con ETA.

Vi el proceso, esta vez sin Kafka, escuché a la abogada y a su defensa deslumbrante. No sé si realmente era buena, si la fiscal era mala, o si el chico, simplemente, era inocente.

Observé al chico calmando desde su vitrina a los padres, a la abuela y a la hermana que se indignaban con cada palabra, como niños escandalizados ante el proceder del maestro, pero la mano del hijo se esparcía en un gesto de calma, y la mirada se sentaba plácida en sus ojos.

Después se despidieron de la misma manera en la que uno se despide de los documentales de la tele: sin tocar, sin poder obtener réplica, y sin haber intervenido en el curso de nada.

No sé el veredicto, tampoco sé la verdad. E ignoro si los padres todavía están así: calmándose por el gesto de paz del hijo.

LOS NANOSEGUNDOS




El hombre se acercó a la mesa y desplomó el fajo de sus quejas sobre la ociosa superficie en la que se estiraba un personaje sin carisma, uno de esos que observa el transcurso del tiempo como si fuera un tren de vagones huecos.

El "descarismado" tuvo que hacer una llamada a su cerebro que andaba en un letargo mísero, tan sólo adorando las palabras de sus superiores, tenía un altar de palabras tras de sí. Ahí las ponía, día tras día, hasta formar un ídolo absurdo y grotesco.

Tras dejar las quejas en tan incompetente compañía, el hombre ascendió un piso y se acomodó en la sala de plenos:

Un señor leía:

-Las noches estrelladas, la paz, los pájaros, la montaña, el silencio, los atardeceres tranquilos, los pinos...

Después la sorna y la risa empezaron a copiarse entre los asistentes al examen.

-¿Cómo quiere que nos tomemos en serio estas alegaciones? Son de risa, por favor, seriedad, estamos hablando del futuro de este pueblo, es preciso atraer turismo y construir -clamó el que antes leía.

EL hombre de las quejas esbozó una sonrisa futurista. Vio el futuro, lo tomó entre sus manos y durante varios nanosegundos anduvo entre sus dimensiones venideras e inminentes.

(La tierra tiene una carpa de contaminación, no hay parajes naturales y el pie no conoce más que la inerte superficie del cemento y el asfalto, dura caricia para los pulmones y la vista que confunde la noche estrellada con el encendido de las luces de la ciudad, no hay estaciones del año, y todo es un verano cochambroso que acelera la contaminación. Después no hay nada más, sólo las hojas del calendario que caen hacia su final).

EL LOCO NÚMERO DOS


La tumba de Balzac reía de gusto. Su piedra manoseada por el tiempo repartía un efluvio de dignidad. Y su busto, con el ejemplo de una cara recortada por un ridículo peinado a lo Príncipe Valiente de Harold Foster, coronaba la cima de cruces y panteones del cementerio de Pere Lachaise.

La tarde era de Julio, y los locos rodeaban la tumba de Jim Morrison. El plantel lo formaban hombres y mujeres de sesenta años con sus pelucas blancas y hippies. Encendían el incienso y oraban fervorosos como si Jim nos hubiera dejado ayer, y no hace treinta y tantos años.

El loco número 2 enfiló la calle correcta. Su dirección la marcaba un callejero. Leyó los párrafos explicativos como si estuviera ante la instrucciones que Dios reparte en la tierra para encontrar con éxito las portezuelas celestes.

-Tengo que hallar la tumba de Oscar Wilde, y una vez allí, doblar hacia la derecha por una avenida de encinas. Después, tras toparme con el mausoleo de los fallecidos en la II Guerra Mundial girar hasta...-número dos sepultó los dedos desesperados en el follaje de su cabeza.

Se paró. Miró las avenidas bordeadas por abundantes sepulturas. Unas negras, otras blancas tras recibir la mano de la restauración, todas con muertos que apenas ofrecían el polvo de su esqueleto a los lloros y alabanzas de sus invitados.

Dos recibió la llamada de la orientación nada más divisar la atalaya de piedra de Wilde.

-Menudo barco de tumba -consideró nada más impactar su mirada con la silueta del panteón.

Se encaminó por la avenida de encinas, hasta que encalló en la tumba de Víctor Hugo.

-Gracias, gracias -soltó la reencarnación de Balzac con la mirada empañada por la emoción del reencuentro- Gracias por venir a mi entierro y pronunciar aquellas palabras de homenaje. Cuando te encuentre reencarnado trataré de devolverte el favor. Mientras tanto seguiré atento a todo lo que se publica, y se escribe, cualquier día te reconoceré por tu estilo, no lo dudes.

Algún día, tranquilos, que me decidiré a contaros la historia del loco número uno.