por Lynnsinhill

EL DESTINO SE VISTE DE MUJER


Un buen día la señora de E. Heminghay decidió ir a visitar a su marido, sorprenderlo en plena época de corresponsalías para diarios americanos, y viajar hasta la ciudad francesa donde el todavía no amante de la fiesta española trataba de redactar tres pares de párrafos de actualidad europea.

De modo que la buena señora, todavía lozana, de ojos chispeantes y propietaria de un pequeño vástago heminghayno en la tierra, metió todas las obras y cuentos en los que se afanaba su marido para que pudiera adelantar algo de trabajo allí.

Se fue satisfecha, con alegría, con la convicción de ser la mejor esposa sobre la tierra, y riéndole el cuerpo a cada paso que daba en su camino hacia la estación de trenes. Imagino que sería la Gare Du Nord, o la puerta de Austerlich. Esas inmensas estaciones de tren por donde ahora se dispersan las almas "interrailistas".

Pero nadie imaginó que la maleta se extraviaría. Y que la feliz dueña del corazón de Heminghay ,por aquel entonces ,viera truncada de esa manera su expedición. El destino dobla por extraños caminos, es un juguetón animalillo que al parecer no tiene ropas con que esconder su naturaleza endiablada.

Dicen que desde entonces se viste de mujer, con las ropas de la mujer de H., y que lee textos inconclusos para los cuales tiene inventados cuatrocientos finales. Pero ésa es otra historia.

El caso es que la señora llegó desolada a los brazos de H., le contó el periplo desastroso y confesó el robo que había perpetrado el destino.

H. se río, la abrazó, la besó, y pensó que la pérdida reconfortaría a su prosa. Pues empezar de nuevo, casi siempre, es mejor que recomenzar por un mal principio.

La ronda de llamadas o buscando muertos por Valencia


La mañana o la tarde podía empezar con un horrendo...¿alguna incidencia destacable?

Y la frase, en este idioma crudo, sabueso que todos hablaban a mi alrededor era:

¿Se han topado con algún anciano octogenario que llevaba muerto varias semanas en actitud de postración ante la TV?

¿O quién ha fallecido hoy en la carretera a la altura del Kilómetro 180, de la CV 32, que une Villa Arriba y Villa Abajo por causas que no han podido precisar fuentes de...?

Y edad, sexo, y cien mil entresijos más que te hacen renegar de tu boca, de tu lengua, de tu voz. "No, si ésta que habla no soy yo", me acababa diciendo para relajar mi forma de ser.

Y el bombero al que notas, desde la otra línea del teléfono, formulándose el pensamiento en la cabeza: "Estos periodistas son almas viles, rastreras".

Cómo odiaba esa lista de números a los que debía de acudir todos los días, tecleándolos, como una muerta de hambre de las desgracias y tragedias. Cogía el auricular, marcaba las cifras y esperaba para desatascar mi retórica diaria, alguien respondía y yo ensartaba mi frase:

-¿Alguna novedad, ha pasado algo? -a veces buscaba la construcción alternativa al engendro de "incidencia destacable" porque detestaba mi sonido cansino, sin sentimientos, periodista de plomo que no pertenece a este mundo.

Y ellos me replicaban como quien replica a un enfermo, a un tarado y un obseso que se pasea siempre por los Hospitales o zonas de Guerra.

De modo que cuando terminé, cuando me piré de la Agencia EFE, destruí la dichosa lista, le eché una última mirada y el alivio respiró por mí.

Pero me ha quedado una secuela porque cada vez que voy en coche, o escalo, siempre, alguna vez, acabo pensando en que si sufro un accidente, una voz formulará la incidencia destacable y llenará tres párrafos de pantalla de una noticia abominable.

LA CASA DE UN DIFUNTO


Estoy en la casa de un difunto, de un escritor, de Azorín.

Estoy en espera. Contemplo el retrato del viejo Azorín tras de mí, de pie, apuntalando su cuerpo en la barandilla de una escalera sobre la que ahora me siento atenazando palabras, poco a poco me van llegando bocanadas de mortalidad.

Hay un busto del escritor, metáfora del magno cerebro literario que ya no tiene nada que decir.

Gómez de la Serna, Emilia Pardo Bazán, Anatole France, son algunos de los escritores que comandan su ex biblioteca personal de 7.000 títulos, y no poder leer a George Orwell porque todavía no ha escrito nada, y no poder leer a Paul Auster porque todavía no ha nacido...

Y la cama, el tocador, el armario entreabierto mostrando una dentadura de putrefactas corbatas.

Es como un panteón de un cementerio en medio de las calles de un pueblo, sólo faltan las flores sobre esta lápida.

Siguen llegándome bocanadas de mortalidad, me llenan los pulmones. Este tipo no hace más que gritarme que moriré -mos. Insiste con la exhibición de sus objetos manoseados por tanta mirada.

El ruido de metralleta de un compresor en pleno asfalto se cuela por los espacios decorados con objetos de muerto.

Me fijo en la máquina de escribir. Metálica, rocambolesca, incómoda, estrecha, qué lentitud tener que pulsar ahí los pensamientos. Menuda puerta tartamuda para la prosa, y los dedos cabriolean sobre teclas que se atascan.

Hay silencio con metralleta, Azorín tiene su cama en esta habitación y yo imaginación para verlo tendido ahí en una mañana brumosa, sin cambio climático, sin la ficción de los campos de golf. Azorín se levanta con su pijama casto, y con la mirada pensando que su vida algún día será un museo.

MI RINCÓN DEL MUNDO


Un pino, dos pinos, tres, y de repente es un bosque ofuscado por la procesionaria que contorsiona su letal cuerpo de gusano por las ramas adyacentes.

Después cae uno de ellos, como una fina lluvia de espanto que podría colarse por cualquier vericueto de un simpático animal y dejarle calvo, o muerto.

Más tarde el guiri, que anda cerca ocupándose de sus tierras y de sus perros, se estira bajo el sol de pueblo alicantino: a descansar las carnes fofas importadas de Inglaterra.
Y por supuesto que querrá escalar, porque muchos lo hacen, aunque sean modestos cuartos -el escalafón más bajo en esta aristocracia que se extiende hasta el 9a-, y su mujer se quedará abajo, amarrando a su amor cincuentero con la cuerda y el gri-gri.

Sentirán el océano verde mareando sus ramas con una brisa suave que chapotea entre sus hojas.

La montaña quedará sobrevolada por un par de parejas de grajos en su época de nidificación. Se las oirá chirriar por algún lado, grajos amándose entre rocas, más tarde se percibirán los ecos de una voz riendo o llorando de placer porque ha encadenado una vía, y su grito será ancestral, el sonido de los bisabuelos del mundo.

Y luego, mucho más tarde, leerán, como cien personas más españolas y guiris, desde su confortable hogar, y sitiado por el pino, la carta de una constructora que les notifica que en breve construirán un campo de golf, con centro comercial, hotel, y 7.ooo viviendas en su rincón del mundo.

LA CONTRARRELOJ DE LA ESCRITORA


(En la librería)

La chica lee:

Victor Hugo escribió su primer libro con 17 años, Dostoievski publicó con 26, Dickens entonó su fábula Pickwikiana a los 24, y otros tantos siguieron la estela del escritor de veintitantos.

La chica se asusta, una especie de contrarreloj se pulsa en el cronómetro de su alma, y repudia sus horas de paseante del mundo que no contraataca con algo grande.

"¿Pero con qué contraatacar?" ,se dice avergonzada por las canas que empiezan a abrir surcos de vejez por su cabeza.

Atenaza un libro, elige para el cometido "Guerra y Paz" de Tolstoi, como si el ruso pudiera reencarnarse por sus dedos y hacer de mecenas difunto de la chica.

"Tendrás que ingeniártelas", le diría Tolstoi gravitando por sus sueños como un Hada Madrina incorruptible.

Ella sigue abriendo más solapas de libros, indagando en las vidas de los autores, necesita conocer sus edades, su sexo, sus estudios, los caminos que emprendieron para llegar a aquello: su primer libro.

Se sienta. Un par de autores noveles esparcen la semilla de su genio en los libros que remira. Estudia la prosa, la gramática, la metáfora insondable o pedante que malmeten en los párrafos.

"Yo puedo hacerlo mejor, mucho mejor", se dice abreviando las conclusiones, metiendo bravura en su ego.

Después los cierra, los devuelve al redil de las cien mil novedades de la semana.

Ella se siente dichosa, observa el futuro con los ojos, se recrea en las esquinas de su éxito, y se pone a pasear orgullosa y segura del arma secreta de su prosa.

"¿Pero, y la historia?", le diría receloso Tolstoi acomodado con muchas sonrisas en la cúspide de los sueños de la chica, "¿Tienes una buena historia?"

Esa, señor Tolstoi, es una dura pregunta a la que muy pocos pueden contestar afirmativamente.

LOS PASEOS DE UNA COJA


La punzada estaba al fondo, a la derecha.

Un dolor desproporcionado insertado bajo la piel.

Pero la chica siguió caminando, entre humos que trepaban desde el suelo. Todo en la ciudad trepaba: los edificios, que parecían alfileres clavados en una nube de algodón, y el humo de la calefacción, que se enredaba entre los rostros de la gente que al final caminaba entre espectrales bufandas.

Hacía frío, y luces, y ruido, e historias, muchas historias, a cada paso, a cada ventana.

La chica siguió caminando por Times Square, con dolor, hasta que su figura empezó a oscilar con un leve cojeo.

De repente apareció Henry Miller. Era Henry Miller con su sombrero apoltronado en las seseras, con el abrigo sitiándole los fríos y la mirada de charcutero de mujeres.

-Pero, Henry, ¿Qué haces aquí?

Henry entonces podía pintar la mirada del que no entiende ni papa, o la sonrisa del que trata de beneficiarse otra conquista.

Pero ni una cosa ni otra, Henry se disolvió como una luz eléctrica nada más aparecer el embriagador sol.

La chica reemprendió su paseo, don Henry Miller había fluctuado hacia otros lares y sus ojos se volvieron a concentrar en el ruido de delante.

Al poco, surgió la figura de Joseph Conrad, en sus primeros años, todavía con sus trastos de marino, desembarcando en el puerto de Londres.

-Pero, señor Conrad, qué placer conocerle!!

Joseph Conrad no oyó palabra de lo expuesto, porque no tenía oidos, pero sí orejas, y tampoco vio a nadie pues tenía ojos pero no mirada.

Era un marino de cartón en cuya panza danzaba el menú de una marisquería.

La chica se quedó varada ante el personaje, y reanudó el paseo muy molesta con sus ojos a quienes achacaba una demencia con los escritores.

Más adelante,con la cojera haciendo temblar todo su cuerpo, entabló miradas con un espejo.

Miraba

Remiraba

Se fijaba en la derecha, en la izquierda, en el cogote, en las sienes, en los codos...

Por fin, dijo:

-Pero, Virginia, qué placer conocerte. He oído hablar tanto de ti. Hoy podré decir que he visto a Virginia Woolf.

Y la chica siguió con su cojera hasta el malecón de La Habana, luego giró hasta llegar al cementerio de Pere Lachaise, y más tarde paró a comer en un restaurante de una callejuela de Praga.

LAS RAMAS DEL VERANO


Hace una semana que no sé nada de Charles Foster Kane. Lo vieron hace poco con sus rizos desplomándose sobre su cara y la nariz en obstinada reverencia hacia el político. Sé de sobra que el ciudadano Kane no era así, que era bravo y temerario como un pirata al mando de la nave más canalla del ancho mar.

Yo sigo pasiva, sin dar una justificación convincente a mis horas que pasan traspasadas por la inercia. Por mi mente surge el contorno del verano, cuando mis horas las pasaba sentada en medio del campo, en medio de mi imaginación, con mis perros adormecidos por el calor, y postrada ante un ordenador sin conexión a internet.

Pero escribía, escribía... esa condición básica se cumplía y el DELL portátil pero achacoso recibía el efluvio de mis ideas en su pantalla intoxicada por los años.

Entonces no tenía trabajo, me desmoronaban los nos que se pronunciaban ante mi currículum. Así, rotundos, sin apenas vislumbrarme, sin captar mi voz persuasiva tomando el hilo de una buena defensa de mí misma.

Así que el currículum no me vendía, siempre volvía hacia a mí sus ojos apesadumbrados y su pequeña lista de experiencia danzando en su seno. Entonces (mi currículum) me miraba, y trataba de justificar su vida:

-Ama, lo siento. No me han dado oportunidad, querían a alguien con más experiencia, había cien mil como yo, nos hemos dado de golpes...

Yo le acariciaba el torso, lo miraba dulce y volvía a arremeter con más cambios y modificaciones que volvieran su rostro más sugerente.

Habría que ser como Henry Miller, ahí, bien plantado, cabreado en su orgullo y gritándole al Presidente de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica porque le habían dicho que no a hacerle un rincón en un tosco empleo.

Ay, pero Miller tenías tiempo libre para escribir, y yo también lo tenía.

Ahora los bolsillos rebosan, la cuenta está contenta (no es abundancia pero mucho para mí), vivo conectada a Internet, pero mi tiempo libre cuelga en las ramas del verano.

El fémur de dinosaurio


Una mirada codiciadora, como si acabara de desenterrar el fémur de un dinosaurio del estante de una librería por donde pasea mucha, muchísima gente, como exige un sábado por la tarde, y con las mejillas pintadas de rojo calefacción.

El chico apalanca la mirada en el fémur que sostengo. Es una edición básica, de bolsillo, de un grande de Dostoievski.

-Ah, "El doble" -se atreve finalmente a decir el chico, y sigue con esa mirada de niño cabreado con el destino porque se le han adelantado unos dedos más avispados y una mirada más teledirigida.

-Creo que hay otro por ahí -le explico como una profesora de las búsquedas fructuosas.

Ambos damos órdenes al cerebro, y el cerebro ordena a los ojos encomendándole la misión de encontrar otro ejemplar de El doble.

Pero "El doble" no tiene otro doble.

El chico larga una frase de pena, como si fuera un vagabundo estirando sus dedos ávidos de lecturas.

-LLevo mucho tiempo buscándolo.

"El Doble" es un libro de silueta escasa, unas cien páginas por donde se enrevesa el intelecto de Dostoievski, una ciencia ficción con alma rusa que ya merodeé en algunas tardes de lectura veintiunañeras.

-Toma, quédatelo -no hay réplica, no hay entonación de gracias, lo recibe con los dedos muertos de hambre y se arrincona con el libro dispuesto a salir a navegar por el ancho mar Dostoievski.

Yo, mientras tanto, sigo buscando fémures de dinosaurios, algún hueso prehistórico anterior al hombre...

Navego entre el alfabeto, acabando y terminando, un fémur, otro fémur: "Teresa Raquin", de Emile Zola.

LA VENA QUIJOTESCA


Quizás tenga una vena Heminghay, Orwell, Kafkiana, incluso Miller, Henry Miller, quien a pesar de esos desmadres con los aparatos reproductores de todas sus amigas, tenía principios y una ética quijotesca.

Hoy no hay personajes, ni ficciones propulsando verborrea, o quería dar una vuelta por mi personaje, por mí misma y por lo que discurre por aquí dentro, centímetro a centímetro del alma.

He dado varias vueltas por algunos blogs, me inquieta toda la hipocresía que he leído, los pegajosos comentarios que forran ciertos blogs.

Todo es un marketing de halagos, de pamplinas pintadas de amistad, de trapicheos y corrupciones urbanísticas montando rascacielos de éxito...

Lo confieso, he lanzado piedras a edificios de apartamentos en construcción de la cala de Finestrat de Benidorm, donde ya hay un par de mordiscos en la montaña y una maldita herencia de destrucción que se respira en el ambiente.

Lo confieso, no me cuesta decir que esos son mis principios, no me cuesta decir que soy una periodista a la que le gusta poner su pluma al servicio de los que no sean los de siempre...

Que me enfurece lo pegajoso de este invento...

Que tengo una novela de 90 páginas inconclusa cabreada conmigo porque no he vuelto a mirarla, ni a sonrojarla con los nuevos caminos de la historia...

Tengo a todos los personajes sentados con desaliento en la acera de una calle de una ciudad cualquiera...

Así los imagino...

Os los presento:

Damián

Lucas

Emilio

Julia

Silvia

Permitídme ahora, compañeros blogeros, que me dirija a ellos:

Bueno, chicos, éste es mi blog, ¿Os gusta? Por esto y cien mil tonterías más os he abandonado.

No, no me riñáis, pues aquí he conocido gente sincera y he mejorado mi verborrea...

¿Qué más puedo decir para disculparme?

Que vuelvo?? Que cualquier día os hago levantar a todos de esa acera y me pongo a ejercitaros como un inclemente profesor de educación física...

Desde luego, esos días, miradme bien los cinco, volverán.

EL DES-DIGNADO


El hombre reprendió con la mirada al periodista.

Estaba haciendo la corte al político. Todo sonrisas, como un muñecote programado para seducir y adular los oídos del político, y el político, con un aspecto mal conjuntado, creyó que todo lo que oía era sincero.

El hombre siguió reprendiendo con los ojos al periodista, pero empezaba a sentir que aquello era una arma insuficiente, necesitaba la contundencia de zarandearlo, moverlo hacia arriba y hacia abajo para descubrir por donde quedaban la dignidad, el orgullo, y la objetividad.

-No sé quizás haya perdido todo eso por aquí cerca, es natural, con tanta gente y tanto empujón quizás se le hayan caído al suelo y estén en cualquier rincón.

De modo que el hombre solidario con aquel ridículo periodista inspeccionó el lugar atrancando los ojos en todos los puntos del recinto por donde se movía o se había movido aquel mequetrefe.

Las aglomeraciones le atraían porque bajo los pies se pisotean muchas cosas de valor que luego son encontradas despanzurradas por sus impotentes dueños.


-A ver?? Comenzaré a buscar la dignidad, seguro que es lo primero que ha perdido porque ahora mismo está rebasando unos niveles de perro faldero inconcebibles.

Mientras tanto, el periodista seguía proclamando a todos sus interlocutores que había perdido la dignidad:

-Oh, señora Consellera, no se nota para nada que hoy sólo ha dormido dos horas y que ha estado de juerga toda la noche. Qué trabajo más duro el de ustedes, siempre con sus relaciones sociales intempestivas en pro del avance de sus comunidades.

La política le miró, y nosotros la miramos a ella porque exhibía una barriga como la proa de un barco, realzada por una estrecha y contrahecha camisa, mientras que sus piernas se escudaban en un pantalón que la ceñía peligrosamente.

El hombre detuvo un momento su búsqueda, observó al periodista, reprobó su actitud, se quejó de las dificultades que entrañaría reparar esa dignidad y reanudó la búsqueda mosqueado con las multitudes que seguían arribando y nublando con su presencia todos los espacios.

De pronto, el hombre decidió doblar por otro camino de búsqueda:

-Perdonen -se dirigió a un voluminoso grupo de hombres y mujeres enchaquetados hasta las neuronas- ¿Ven aquel muchacho de allá?

Todos giraron su mirada en la dirección correcta.

-Bueno, pues es un periodista. Pero, el pobre ha perdido la dignidad y la objetividad, entre otras cosas. ¿Pues no acaba de decirle a ese mujer que está maravillosa? Lo siguiente, que es mucho peor, será alabar todas sus petardadas políticas.

Todos giraron la vista hacia la consellera y observaron su proa forrada con una desafortunada camisa.

-Debo encontrar la dignidad de ese chico, su objetividad, no puede ser un pelele juntando letras propagandísticas. Ha de meter caña al poder. ¿Me comprenden? -en la mirada del hombre colgaba el anzuelo de la solidaridad, del amor propio, y de la justicia.

El cúmulo de hombres y mujeres enchaquetados movieron sus cabezas con pesar, y tras unos segundos de reflexión se anexionaron al movimiento liderado por aquel hombre.

"La justicia siempre encuentra aliados"-pensó mientras repartía inteligentemente a sus nuevas huestes por la zona.

De modo que una masa enchaquetada auspiciada por un desenchaquetado empezó a desperdigarse por toda el área. Unos buscaban el orgullo, otros la objetividad, y solamente el adalid de todo aquello buscaba la dignidad.

-Creo que hemos encontrado la objetividad -soltó el cabecilla de uno de los dos grupos mientras traía con repulsión unas desmembradas gafas con restos de chicle pegado a las patillas.

-Bien, bien!- exclamó alentado el hombre- póngaselas, póngaselas... rápidamente.

Se las pusieron, todos a una, coordinación de doce manos pulsando sobre la nariz del periodista.

Después le pusieron la dignidad, que era un sombrero de copa allanado por los pasos de la multitud.

Después, el orgullo que era un diploma de una importante Universidad del Mundo y que le otorgaba méritos indescriptibles.

Después, dieron todos unos pasos hacia atrás para comprobar el resultado, escucharon con tensión y ambiente hitchockniano las primeras palabras que el periodista entabló.

-Pues sí, señora Consellera, desde que está usted gobernando todo está más patas arriba que nunca, y por nada del mundo me iría a comer con usted y su partido. No me quiero intoxicar la objetividad.

EL SUEÑO "KAFKIANO" DE LYNN


Hay demonios, múltiples y adinerados demonios con los cuernos metidos en el estrato laboral. Y ser un genio es difícil pues esos bichos se sientan delante de ti y te prometen una obesa nómina, con un trabajo estable con nada de tiempo para la genialidad.

Hoy se ha sentado Charles Foster Kane delante de mí. Tenía unos veintitrés años, la cabeza con cien mil rizos saltándole a cada palabra que me dirigía, cien mil proyectos rodeados de un postrero éxito y una marabunta de ambiciones sitiándole silenciosamente como sacerdotes.

El destino podía sellarse, mi destino podía encauzarse por unos caminos que mi vocación vomita.

Nada más difícil que intentar los sueños raros, no estipulados.

Charles Foster Kane lucía la sonrisa que se abate y se endereza a placer. Rellenaba los silencios con su sonrisa extendiéndose como un campo de golf abullonado, y yo le miraba, archivando los pensamientos para derivar en la mejor decisión.

Pero cuando mi vocación se me planta heroica en medio de los caminos fáciles con los que me tientan los demonios... No hay nada que hacer, seré una cínica sentada ante Charles Foster Kane oyendo sus absurdos y sus sueños de gloria periodística y, por supuesto, la vocación me llevará de allí.

Entonces, yo quiero ser como mi personaje. Ese personaje que ninguno de vosotros conocéis y que aguarda una fama que nunca le llegará. Pero es tan honrado, tan fiel a sí mismo, que yo lo adoro... Todos le adorariáis, pero aún no tiene un final, y cojea en su desarrollo. Algún día.

"La edad kafkiana" no es más que un gimnasio donde estiro mis palabras, donde mejoro la musculación de mi prosa, y me empeño en lo que sea que algún día llegaré a intentar ser.

Charles Foster Kane cree que compartimos sueños, pero él no sabe que mi quimera duerme con la luna. No importa, quizás algún día me despierte a su lado.

LA MAGIA DE DIDEROT


Diderot alargó su mano, nadie había visto jamás a Diderot alargar su mano, por eso aferraron su mirada a las falanges de D. que se estiraban hasta llegar al objeto estipulado.

Enseguida, D. desenvainó su sonrisa y miró al público ávido de verles mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar por la incertidumbre.

D. envainó la sonrisa y se puso serio, concentrado en el hecho de impresionar y causar admiración. El ceño se le frunció, la mirada tragó saliva, y zarandeó sus manos con la banda sonora de su abracadabra académico.

Al poco, los aplausos que todavía se trababan en las manos, comenzaron a pronunciarse.

Y D. volvió a desenvainar su sonrisa que fue tranquilamente estirando como chicle. Entonces, decidió hablar:

-Ustedes me adoran, lo sé. Hace muchos años que me dedico a esto, y desde entonces sus miradas son córnea, iris y admiración.-D. mostró la construcción de su dentadura: un poderoso muro blanco que deslumbraba.

El público emitió unos ligeros ruidos.

-Mi magia es como la prosa de un poeta. Lo sé, lo sé, soy un poeta de los mundos invisibles. Por eso, he decidido dejarlo, abandono mi arte -D. dejó que sus ojos se engalanaran con la pesadumbre, y que por ellos empezara a brotar un Iguazú descomunal.

El público quedó abofeteado por su frase, y por la plácida tarde de domingo se desperdigó el sabor de la última actuación de una leyenda.

-Lo siento, amigos, me voy.

Y D. enfiló el camino de los camerinos presuroso como un enamorado que llega tarde a la noche de su desvirgamiento.

Nada más se supo de D., pero la magia al poco se puso a buscar a su sucesor entre los hombres.

Rostro tras rostro, mano tras mano, sonrisa tras sonrisa, la magia hizo oscilar su dedo.

Tras tres años de búsqueda lo halló: era D. con los bolsillos vacíos y deseando volver a desenvainar su sonrisa ante un auditorio que desembolsara sus bolsillos.

LA EXHALACIÓN BLANCA




¿A ver? Se engrasó la sonrisa, revolucionó la melena con sus dedos, poco a poco avanzó por la acera y trazó con su mano un gesto inigualable, inequívoco, sin ambiguedades: estaba pidiendo un taxi.

Todos centelleaban calle abajo, con su cartel de libre de un verde chillón que no se dejaba engatusar ante un cliente.

-No me pilla de paso -pretextó uno de ellos en cuanto escuchó el destino requerido por su no cliente.

Después, ella se rascó la cabeza. ¿No estaba dentro del plan de migración del ave taxi, o le estaba pidiendo algo así como ir a Nueva York cuando todo el mundo sabe que los taxis newyorkinos son amarillos ? Y él se sonrojaría enlatado en su soso blanco, ¿o quizás los taxistas se han constituido en ONG, y sólo recogen a las almas miserables que abren sus manos como inmensos mapa mundis donde esperan ver caer una moneda de caridad?

Como conclusión, dedujo y determinó que no entendía y siguió trazando convulsiones con su mano, un aspaviento que quedaba en simple saludo a los taxis que se ven pasar:

-Adiós, Taxi.

-Tenga usted un buen día, señor Taxista.

-Espero que recoja a un cliente mucho mejor que yo, porque sinceramente yo sólo ando perdido entre los suburbios de esta ciudad, sin saber a qué condenado punto de orientación atenerme y con las piernas insinuando varices por el plantón.

-Cantando, entonando caminillos verdes por mis piernas.

Ya se sabe, los taxistas y esa exhalación blanca al que el personaje de hoy se dedicó a saludar buena parte de la mañana, porque ella, pensaron todos los taxistas, era muy educada.