por Lynnsinhill

EL CUENTO DEL PERSONAJE, ÚLTIMA PARTE


Esta vez la escalera tenía concurrencia, atletas urbanos que subían y bajaban ,sin mostrar cansancio, los quince pisos de la institución. Me los imaginé desperdigándose por la ciudad con los voraces cuentakilómetros de sus piernas.


Pero al poco me vi caminando de nuevo solo, atravesando un pasillo inmenso que de repente se resquebrajó en otros tres. En fin, -razoné- ni derechas ni izquierdas, nada de extremismos y siempre el camino del sabio: el del centro. Seguí por ese pasillo, sin ventanas, opaco, como el nicho de un gusano tremendo. Llegué a su final y desemboqué rodeado por los mismos pasillos de antes.


Y allí estaban, de nuevo, una mesa y un sujeto. Me acerqué glorioso, sabiendo que había tocado el techo jerárquico y que ese hombre encarnaba la voluntad suprema. Esos cuarenta años, quizás esa flor de madurez, esa tez donde se fruncía el ceño de un hombre meditabundo: ése era sin duda el rostro de mi salvador.


-Realmente grave si Don Camilo le ha dejado pasar –pronunció mi desconocido nada más atisbarme.
-Sí, deduce bien caballero –anuncié yo dispuesto a concluir aquel peregrinaje con un apabullante sí a mis requerimientos, de modo que enseguida me encendí, ataqué con todo mi contingente verbal y le expuse mi situación.
-Bien, ¿pretende usted dar a su historia dimensiones de novela? –replicó él impertérrito como un Buda en su templo.
-Sí, sí, mire le pondré un ejemplo para que comprenda mejor, si me permite ¿Se imagina a Ulises teniendo que llevar a cabo su Odisea en tan sólo cuatro páginas? Suprema aberración,¿verdad?


El hombre se lo representó, se enroló en el barco de Ulises y navegó por esos mares atestados y sembrados de peligros a un ritmo trepidante. Extenuado, muerto por el esfuerzo mental de cuatro páginas desquiciantes, levantó la vista hacia mí y me dijo con sus ojos desencajados:


-Imagínese usted, quinientas páginas de un cuento de Andersen.
Yo me lo representé, me lo representé y me lo representé. Era horrible, desnaturalizado, espeluznante...

-¿Y bien? , ¿Qué desea usted entonces? –preguntó sonriente aquel ejemplar de las altas instancias.
Yo con la mirada absorbida por el terror, con el gesto petrificado y todavía bajo los efectos de la contundente visión le dije:


-Deseo ser leído sin agotar y sin aburrir.


Él me miró asintiendo como un juez orgulloso ante la respuesta juiciosa de un delincuente juvenil que abandona todo sus arrebatos de rebelde para abrazar la causa de vivir en sociedad.


Así que, entendiéndolo todo, me di la vuelta y con la satisfacción de una dignidad reparada, volví al seno de mis maravillosas y adecuadas cuatro páginas. Quinientas páginas de mí mismo, ciertamente, podía ser excesivo.

EL CUENTO DEL PERSONAJE, SEGUNDA PARTE


Una chiquilla, con miras de mujer, parapetada en su mesa de secretaria me dirigió un “Buenos días caballero” y yo presto le relaté cómo un prepotente autor había cercenado mi futuro de personaje novelesco.


-Entonces...¿usted? –dijo dubitativa cuando terminé mi discurso- usted quiere que otro autor se ocupe de su historia –anunció finalmente victoriosa pensando que había dado en el quid de la cuestión.
-Señorita míreme, observe a este ejemplar literario, a esta faz compleja y a estos atuendos sin par. ¿Cree usted seriamente que cuatro páginas pueden condensar todo el genio de mi persona? Eso es raquítico, tercermundista y ultrajante para alguien que es literatura en estado puro. ¿Se imagina usted a Don Quijote teniendo que desarrollar su locura caballeresca en tan sólo cuatro páginas? No, ¿verdad? Pues no permita que frustren a un personaje como yo reduciéndole a unas efímeras páginas.


La niñita me miró asombrada, cabizbaja y turbada ante la idea de un Quijote deambulando como un preso entre las cuatro páginas de un cuento. En su mente se dibujaba un Quijote exprés, escaso en retórica y obcecado en la aniquilación del enemigo sin ni siquiera presentarse o darle oportunidad de rendición. Demasiado breve, demasiado simplón, habría que despojarle del Don y reducirle a simple “fumeta” emperrado con los molinos de viento.
Así que con aquellos pensamientos aterrándole la mente me invitó a seguir ascendiendo por el entramado burocrático del Registro.


Subí la escalera del edificio que seguía sin almas, sin pasajeros, sin público, sin clientes ni autores reclamando exclusivas sobre personajes e historias. Sólo andaba yo acuciado por mi dignidad entre aquellos silencios marmóreos. Finalmente, otra mesa y otro sujeto se entrevieron. Alguien decrépito, con los años aposentados en cada centímetro de su piel, y con un preocupante hilo de voz me habló:


-Bien, lo suyo debe... de ser “graaaa-ve” ya que Marieta ...(toses, toses y más toses como si fueran el último quejido del mundo) le ha dejado pasar.
Por unos momentos creí que se iba a morir, que sus ojos se quedarían fijos en mí, atrapando mi imagen entre sus pupilas muertas y que ,desde la eternidad de su descanso, desgranaría los detalles de mi fisonomía. Me estremecí, pero el hombrecillo logró superar aquel amago de muerte que durante unos instantes noté sobreviniéndole, y le relaté mi problema.


-De modo... –dijo el vejete achacoso- que es usted un “ego... (esta vez un solo tosido pero amplio y emitido desde las entrañas) ..céntrico”.
-¿Egocéntrico? -repetí yo tratando de entender- No, no, creo que usted no ha comprendido mi situación. Quizás no me haya oído, lo cual es normal dada su edad. Mire, le pondré un ejemplo, ¿se imagina usted a Ana Karenina en cuatro folios?


El anciano se lo imaginó, se representó aquel trágico amor corriéndose un “esprint” de primeros encuentros, besos, estaciones de trenes, Rusia campesina y sucesos aciagos. Ese pensamiento le agotó, extenuó su carrocería centenaria y se quedó allí aterrado ante la visión de aquellas cuatro páginas cercenadoras.
Yo, sin más miramientos, proseguí mi camino dispuesto a subir al siguiente piso.

EL CUENTO DEL PERSONAJE, PRIMERA PARTE


Yo tenía la suficiente complejidad y riqueza para demandar ser personaje novelesco. Exigía mis trescientas páginas mínimas: un razonable soporte de papel para desenvolver la elocuencia de mis palabras y mi magnética personalidad.

Nada de personaje de cuento acotado por todas partes, mutilado en mi verborrea y despojado de carácter. La justicia erraba dando visos de cuento a mi historia y era injusto confinarme a un maltrecho fajo de páginas para definirme y hacer rodar mi existencia.

Cuando ese engreído autor me dijo que no, cabreó mis vísceras de noble personaje, encendió la llama de la venganza y me vi obligado a descender de su cuentecillo privándole de la esencia que yo suponía. ¡Qué se había creído! Yo no era suyo, yo pululaba en el aire, nadaba en el viento y bullía entre las cabezas esperando la sustracción del mundo de las ideas para nacer al gran público de mis lectores. Eso es, ¡la concepción! Así que peregriné hasta las instancias adecuadas para demandar lo que en justicia me pertenecía.

Me encaramé al metro y anduve con la portentosa dignidad de un hombre que se sabe exótico, extraño y desubicado entre aquella maraña de populacho. Todos me miraban, rascándose la cabeza y considerando que del libro de su regazo había escapado algún ser novelesco que ahora trajinaba entre paradas y líneas de metro ansiando el reencuentro con su destino urbano. Yo omitía aquel asedio de miradas, ese goteo constante de palabras asombradas y murmuradas entre vecinos de asientos que se sumían en la misma absurda contemplación: yo mismo y mi indumentaria.

Finalmente, después de entrar, salir, subir, bajar y empalmar las cien mil líneas del callejero subterráneo, llegué ante la suprema institución que debía subsanar la afrenta de la que yo era víctima: el Registro de la Propiedad.

Allí estaba aquella divina sede de la moral intelectual, de la ética de la inventiva, aquel mausoleo de la imaginación...

Y allí estaba yo, ser en propiedad, cazado en pleno vuelo por un vil autor que me denegaba la dignidad, y humillaba a mi orgullo apresándome en aquel cuento enclenque en el que yo apenas decía cinco frases. No, no, la justicia debía oírme y atender mi petición.

Al principió no lo vi, no hallaba el Registro y tuve que repasar mis señas unas cincuenta veces. Recorrí la calle de arriba abajo atolondrado, incansable y sumamente enfadado porque la sabia costumbre de numerar los edificios estaba cayendo en desuso y pocos se molestaban en referir este detalle en las fachadas. Imaginé el siguiente paso en esta cruzada contra la orientación y vislumbré en mi sueño “verniano” (de Julio Verne) calles sin carteles que indicaran al transeúnte en que condenado punto del mundo se hallaba. Sería el caos, una peregrinación por los intestinos urbanos que le engullirían a uno entre su locura de calles.
En fin... seguí buscando. Mis sospechas estaban en un edificio enorme que me devolvía mi gesto de confusión con aquellos infinitos espejos en su rostro burocrático. Enorme, enorme, ciertamente enorme, como un trasatlántico en tierra firme. Pero inexistente numeración, inexistente cartel, e inexistente vida interior. Así que, vuelta para arriba, vuelta para abajo, custodiando las entradas y salidas de mi sospechoso.

-Hola, perdone. ¿Puedo ayudarle?
Finalmente, alguien emergía de las profundidades de una taquilla de conserje. Me sonó como a un duende que de repente ,en medio de un bosque de funestas sombras, auxiliaba al bobalicón extraviado de turno.
-Ah, por supuesto. Dígame, ¿es esto el Registro de la Propiedad?
-Sí, así es.

Por fin, me hallaba ante las instancias justicieras que debían reparar mi ignominiosa situación y ,con el gesto de alguien que se dispone a clamar ante las puertas del buen Dios, entré.

EL KIT DEL PERIODISTA


-A éste, a este mismo -se dijo- Tiene todas las pintas de un hombre de acción, enterado y nutrido de la experiencia que da la vida. Esa barriga no se alimenta de comida sino de aventuras.

El periodisto le paró, arrinconó al vecino con su micrófono, insertándoselo en la panza como una vil espada, hacia la pared, hacia la contundencia de la no escapatoria, y empezó a desmadejar el ovillo de su cháchara:

-Bien, ¿Usted, quién es? En qué basa su día, a qué se dedica para seguir con vida sol tras sol? Su mujer está de acuerdo con su profesión? Dígame, no se calle, manifiéstese...

El vecino, un hombre de pueblo encorvado bajo una boina nostálgica, apoyado sobre un basto garrote seguramente confeccionado por él, se rascó tres veces el ángulo de la barbilla. Estaba callado, seguramente sorbiendo con perplejidad tanta mamarrachada vertida sobre sus oídos.

-Ah, un hombre callado -interiorizó el periodisto- uno de esos seres con las entrañas recubiertas de misterio y azares inconfesables.

-Pues yo... -balbuceó el hombre repentinamente- no estoy casado, soy viudo.

"Ah, por ahí, por ahí titularé" -pensó el admirado periodista que había dado caza a un pescado sublime- "Menudo banquete noticioso arrearé mañana a mis lectores, se rascarán los ojos, se pellizcarán y dudarán si este hombre tan prodigioso existe o yo me lo inventado para alcanzar la gloria periodística."

-¿Y dígame su viuda y usted eran felices? -el orgullo del periodisto hinchó sus mejillas que quedaron como un globo aeroestático, porque señores, el humilde hombrecillo iba a descubrir el quid de la felicidad.

-Bueno, a ratos...

-Sí, siga, por favor, no se guarde para sí tanta sabiduría, comparta con sus contemporáneos y generaciones futuras.

-Pues, a ratos, sí. Al principio ella estaba muy lozana y yo muy pletórico...

"Fenomenal, estO se está poniendo equis. Ya lo decía yo, el summun de la felicidad se halla ahí, en la conjugación de las almas"

-Todo el día, un eterno aferramiento, para ser finos -el hombre se apoyó más en su bastón, está demostrado, según conclusiones del experto periodisto, que recordar épocas felices agota, por ello el entrevistador arrimó su hombro al viejo.

-Pero después, ella se puso gorda por culpa de mis envites pasionales y convirtió nuestra casa en un paritorio.

"Ah, sí, sí, por supuesto los kilos hieren de muerte la libido y la sangre mancilla la felicidad. Cuánta sabiduría se apresta a salir por estos labios ajados".

-Y entonces... -siguió rememorando el hombre con un crujido de su sesera que estaba ya algo cansada de desenterrar datos.

-No, déjelo, suficiente caballero, ya dispongo de todo lo necesario para hacer una cumplida noticia, ¿su nombre, por favor? Bueno, da igual, citaré como fuente a un viejo que murió con 113 años y que me dedicó sus últimos gramos de saber antes de evaporar su alma de su momificado cuerpo.

El periodisto entonces guardó su grabadora, el cachivache quedó perfecto en su bolsa donde guardaba el kit de la profesión: grabadora, libreta, bolis a discreción con el logotipo de su medio, cintas vírgenes, pilas para solventar cualquier pasividad sobrevenida de la máquina de grabación, cámara de fotos para captar la noticia allá donde se produjera...

-Bien, bien, una última cosa, sólo será un momento -el periodisto lanzó un par de miradas con un halo de Jack el destripador al perímetro donde ambos se hallaban.

-Ras, ras, ras, y ras, ras -dijo el cuchillo que reincidía en las carnes sorprendidas y perplejas, por última vez en su vida, del viejo.

-No puedo permitir que alguien me robe la primicia -y el periodisto guardó el cuchillo, ya limpio y refulgente, entre las cosas de su kit de periodista.

La grabadora, la cámara de fotos, las cintas vírgenes, la libreta , los bolis con el logotipo de su medio,las pilas para solventar cualquier pasividad sobrevenida de la cámara de grabación... y el cuchillo garantizador de primicias.

El periodista y su kit se marcharon del escenario de la noticia.

EN LO ALTO DEL EVEREST


Camina, unos pasos anchos y presurosos. Después eleva la vista, como si estuviera en la cima del Everest y abajo el mundo:

-He encontrado un trabajo. Ahora dominaré la esfera laboral, contrataré y descontrataré a placer, emprenderé viajes, haré como que hablo idiomas de tribus recónditas en peligro de extinción por la destrucción de su hábitat. Pondré exotismo hasta en la manera de mirar...

El hombrecillo se atusó el pelo de pintas mortecinas, se enclavó mejor la corbata pues parecía que vibraba con cada paso, se aferró al maletín como si fuera su personalidad la que viajara dentro, y se adentró en la estación de trenes dispuesto a ver transcurrir los minutos en la magnífica esfera de su reloj.

Un paso tras otro, y el maletín brillando bajo el sol de abril.

La estación era modesta, de pueblo, unos bancos, pocas introducciones de los logros de los hombres. Sólo andén, unos bancos, una casita y la lontananza de la vía extendiéndose a babor y a estribor.

-Con paciencia todo llega -se dijo- Sólo hace falta ser la persona adecuada, y yo lo soy.

Se sentó en el banco, ardía como una vela camuflada en banco, pero enseguida, tras unos segundos de sufrimiento, la temperatura descendió con el jarro de agua fría de su trasero.
Así, poco a poco, la fiera se calmó.

Se entregó a una contemplación.

LLegó una señora cargando una maleta sin estilo, y con un atavío propenso al desfase de temporada.

Y el hombrecillo la miró mientras descargaba una presuntuosa columna de humo al aire de la estación.

-Ésta no sabe, seguro que es la primera vez que viaja sola, deben de mandarla de alguna casa a hacer un mandado a la capital.

Siguieron llegando futuros pasajeros, todos ellos sin estilo, con vidas determinadas, con trabajos impropios de la ralea de aquel hombrecillo.

El tren empezaba a llegar, todo su hierro cruzó la estación y se quedó ahí guardando los minutos de rigor hasta digerir al último de los pasajeros.

El hombrecillo se fue.

Treinta años después volvió a aparecer en la estación, bajando lentamente con todo el tintineo de sus huesos.

Un pie, y luego el segundo, hasta conformar una especie de hombre viejo plantado con un traje de chaqueta desfasado y mal adherido a su porte.

El maletín, deslustrado por el roce de los años, surgió atrancado entre los dedos de su mano.

Pausadamente alcanzó el banco, se sentó, estaba ardiendo, pero su trasero fue incapaz de refrescarlo. Se levantó cabreado con los años, abrió su maletín, lo cerró, levantó su mirada exotica, a la que tantas horas de pulido consagró, y se dispuso a recordar la vista que se contemplaba desde arriba del Everest.

HOMENAJE A ORWELL


Ya publiqué esto en su día, pero hoy me apetecía recuperarlo:


Cuando Winston Smith trabajaba de funcionario, aterrado por el Gran Hermano, en el Ministerio de Propaganda del Gobierno, conoció a una chica que le gustaba: apetitosa, atrevida, joven e inaccesible para su jeta de hombre inseguro.


Era tan consciente de sus desventajas físicas que interpretó mal el interés que empezó a despertar en ella. Pensó que era una espía, una doble agente camuflada en los estratos laborales que vislumbraba en él a un libre pensador, un practicante de la pluma y un lector de libros prohibidos que de vez en cuando se retiraba del ángulo de interceptación de la telepantalla de su habitación (cosa que frecuentemente hacía, sólo así se mantenía vivo: pensando)


De modo que cuando el escueto vestido de ella se le arrimó, cuando su escote atesorando artefactos de la sexualidad quedó tan evidente ante él, se quedó lívido, aterrado, como si un fantasma o un cadáver con las cuencas de los ojos agusanadas hubiera intentado aparearse con él. Se retiró, vaciló, dos o tres pasos hacia atrás, con los miembros temblorosos y su virilidad en entredicho, malgastando energía intentando aparentar frialdad cuando ella desplegaba el menú de sus encantos ante él.

-Oh, -insinuó ella con un mar de sensualidad brotando de sus labios- Podemos quedar en una cabaña retirada, está en un bosque, oculto por millones de árboles ajenos a los planes urbanísticos del alcalde del pueblo. Desde allí, el gran Hermano no ve, no siente, no intercepta el calor... Seremos una hoguera invisible para el mundo.


-No sé -dijo el tonto de Winston que no creía que la vida, de repente, se mostrara tan benévola y dulce con él.


Ella venció sus temores mostrándose entera y dejando que el vestido le rodara acariciando el dedo gordo de su pie izquierdo. Después Winston disfrutó de la vida, pero, eso sí, lloró de impotencia cuando el Gran Hermano hincó su mirada totalitaria en él.

LA MIRADA DE LA CULTURA


-Oh, perdone, gracias. No, no por favor, usted primero, muy amable, siempre amables, maravilloso miércoles ¿verdad? Disculpe si le rozo, ya sabe usted, el trasero que es incontrolable y yo que me voy agrandando.

La estudiante de Sudán recorría los espacios de ropa, y más ropa. Los armarios de miles de personas vestidas a la última volcados por el perchero de la magna tienda.

Después a clase y cotilleos de maleducadas mexicanas entrometiéndose en su vida.

-Oh, vaya estás embarazada, ¿Qué edad tienes? -dijeron las urracas cuarentañeras deseando toparse con algún desarreglo cultural escandaloso.

-Veinticinco

-Y ya estás casada... vaya... ¿Y tu marido, es de tu misma edad?

-No, él tiene cuarenta y dos -las dos empezaron a comer encantadas tanta diferencia cultural y como pequeñas Indiana Jones de los marujeos empezaron a aventurarse por la vida de la sudanesa.

-¿Y dónde os conocisteis? ¿Aquí (EEUU) o en tu país?

-Bueno, él vino y nos casamos en mi pueblo -la chica no se atrevía a gritarle a aquellas dos que eran unas insoportables y siguió contestándoles educada y primorosa.

Las dos se enzarzaron en la explotación del souvenir de Sudán que tenían frente a sí. Encantadas de ser unas mexicanitas que se casan y se descasan a placer, que posponen los hijos según las fechas del calendario laboral, y que viajan como siamesas dejando a sus maridos con la incógnita de su regreso al hogar.

-Y díme, ¿Quieres a tu marido? -avanzó una de ellas con la sonrisa de la que trata de perturbar la paz de un sueño. -Uf y no tienes calor, pleno julio y tú con esos faldones y mangas para cubrir tu piel casta.

-No, no tengo calor.

La sudanesa se explayó con una sonrisa larga, sincera y culta.

-Estoy acostumbrada.

Y remitió otra de esas sonrisas a sus labios.

-Ahora quiero hacer un máster en arquitectura.

-Uff, ¿y podrás bregando ya con un hijo?

La sudanesa las miró: mirada de una cultura a otra cultura.

Sin entender esas tirillas de tela rancia por donde asomaban unos brazos sin pudor y vergüenza ante la exposición pública, esos pantalones cortos en los que se agitaban unas piernas ridículas, los ojos subrayados, como los apuntes de clase, con un lápiz de color y la cara con varias manos de pintura.

Por eso volvió a sonreír, y se guardó las preguntas.

LA EDAD DE LA POESÍA


La fiesta bajo el puente se nutría de todo un poco.

-Soy colombiano, profesor de inglés, casado, cuarenta años y con retoños, pero permite a mis dedos zigzaguear por tu barriga, ésa que delatas...

Sus falanges se arrimaron, no había permiso para aquello, de forma que un paso o dos atrás.

-Soy poeta, ¿Te he mostrado ya mis versos? Se me hace tarde para vivir de la poesía, leélos pues hablo de cocoteros, y de playas de mi tierra. Ah, se me olvidaba, ¿te he enseñado las fotos de mis hijos? -y empezó a sacar fotos de su cartera, como un camarero que sirve cervezas y al rato un grupo de seis o de siete observaba a las crías del colombiano. Niños morenos bajo el sol de la Colombia jugando con un padre que exhibía unas pintas ejemplares, nada infiel, nada metedor de manos a extranjeras de 24.

-Si vieras lo bien que lo pasamos juntos, aquí estamos haciendo teatro, el mayor promete convertirse en un fiera de la pantomima- explicó con el orgullo de la sangre, y luego acometió una caricia en la cara de su extranjera de 24 que enfiló una retirada de uno, dos, tres, muchos pasos atrás.

-¿No quieres?

-No quiero

-Ya terminó mi mes de estancia, regreso a Colombia -dijo con las esperanzas puestas en el colgante de la chica, que estaba dentro, disfrazado y guarecido bajo la camiseta y se puso a codiciar los salientes, los picos y las hondonadas que se repartían magistralmente tras...

-¿Qué llevas ahí?

Enseguida fluctuó la cerámica pintada del colgante.

-¿Qué significa? -los ojos del colombiano se escurrieron por el camino que recorría el cordón negro- Internándose por un desfiladero- confesó de repente su lujuria.

-¿Qué significa? -volvió a preguntar asumiendo un aspecto Gollum y desesperado porque el misterio es un maldito vicio al que tienden los ignorantes.

-No te lo diré.

La fiesta bajo el puente era una maldita convención de almas raras e irreconciliables, donde las hamburguesas y las coca-colas rodaban para asistir a las lenguas que estaban ya rotas de tanto retorcerse, hacia arriba y hacia adelante... la gimnasia de la comunicación.

-¿Has leído mis poemas? Me gusta escribirlos, pero noto que ya soy demasiado viejo para vivir de los versos.

La chica se le fue antes de que pudiera terminar su frase, con el ajetreo de su colgante y el contoneo de la victoria.

El colombiano replegado en su rincón, se puso a pensar que la edad de la poesía empezaba a pasársele, y que la edad para aquello que acababa de intentar, también.

LA COMBINACIÓN PERFECTA




El político entró en la sala. La mirada seria, un repaso a la concurrencia, como un militar inspeccionando a sus ejércitos. Miró su sillón, y fue a sentarse.

Pronto quedó como un ángel con la aureola del tapiz rojo del respaldo sobresaliendo tras su figura. Quedaba bien con la sala, sobre todo con el sillón, combinaba con el cargo, su boca hacía juego con el micrófono nuevo y orondo situado ante él para engrandecer cada una de sus palabras, para que ningún oído se quedara sin percibir su clamor sabio.

Sentado allí tuvo un par de minutos para examinar a su público.

Primero al de la derecha. Uno nuevo. ¿Quién será?-se preguntó- Vendrá a quejarse. Le echaré si osa. Tiene pinta de sorprendido, seguro que es un votante. Le sonreiré ante la duda.

El político sonrió, como un cachivache de sonrisas automáticas en estado de pruebas, la contrahecha sonrisa asustó al asistente, que miró hacia atrás empeñado y esperanzado en que aquello tuviera otro receptor.

Después, el político se fijó en otra persona, una chica en el centro que leía un libro.

¿Un libro? -pensó poniéndose rojo de tanto pensar- ¿Y qué clase de libros se leerán en mis dominios? No puedo permitir cualquier cosa, puede ser una obra escrita en mi contra, o quizás escrito por uno en mi contra.Da igual, no puedo permitir esos actos intelectuales, mi poder empieza aquí, desacato en mi propia casa.

Así que el político se levantó, y empezó a rondar el perímetro de la lectora. Los brazos atrás, la mirada apostada en los cuadros y el gesto de despiste de un experto en tirones de bolsos.

Tenía que leer la portada, que estaba cabeza abajo, prácticamente haciendo el pino en las manos de la chica que leía y leía, mientras él se sentía un analfabeto incapaz de leer el título de la obra.

De modo que se puso a recolocar las sillas, para concederse el tiempo necesario para fraguar un plan.

Finalmente, se agachó para buscar una moneda y empezó a convulsionar su culo debajo de las sillas, haciéndolo asomar entre las filas como NESSI, el monstruo del lago ness.

Nada, la chica guardó el libro antes de que él pudiera siquiera leer el nombre de la editorial hereje.

Se levantó, la sesión iba a empezar.

El político se sentó, turno de entonar su apertura, pero estaba mudo, el tapiz rojo del sillón chirriaba con su jersey rosa, su boca era un rallajo de niño de dos años sobre su rostro, y su voz sonaba horrible en cuanto traspasaba el umbral del micrófono.

De qué iba ese libro, qué infamias decía sobre él...

-Los presupuestos...yo... este año...

La chica le miraba.

-Yo, no sé. yo sólo quería -las lágrimas le subieron a los ojos- Yo sólo...

Decidió mirar a otro asistente, se fijó en un hombre sentado en primera fila.

-¡Dios mío! Escribe, y qué estará escribiendo si yo no estoy diciendo nada...

-Uno escribe, otro lee... -dijo sin saber que lo hacía para todos los públicos y no sólo para su mente aturdida.

-Exactamente, uno escribe, otro lee -corroboró alguien de la oposición.

El político le miró intensamente, desgranando cada uno de sus gestos y ya sufrió el último extravío.

-Fuera de la sala, por transgredir el orden y conspirar -gritó como un loco que cree recuperar la cordura.

El "alguien de la oposición", después de patalear con su verbo durante cinco minutos seguidos, fue retirado como un simple mueble molesto, y el político empezó a sentir de nuevo que su persona combinaba con el poder.

ELLA Y ÉL


Miranda se observó en el espejo:

Su perfil ceñido prometía desbancar a las competidoras, quizás fuera un engaño porque aquello estaba tan hueco como un tambor, pero, a primera vista, colaban sus promontorios y a más de uno le evocaría una Sofía Loren taconeando por un pueblecito italiano...

Mario se observó en el espejo:

Su espalda parecía cuadrada, un inmenso parque de músculos agitándose con el vaivén de sus movimientos, nada de escuálida figura, hombros de risa y fuerza de hombre en entredicho.
Estaba satisfecho, sonrió.

Después, Miranda cerró la puerta de su casa, y salió moviendo las caderas, eran las campanas del pueblo anunciando las horas. Derecha a izquierda, izquierda, delante y detrás, sin orden ni concierto, un desbarajuste mareante, !qué condenada hora marcaba ese culo!

Mario enfiló el camino correcto, erguido, recto, un bastión de hombría con aquellos músculos apelmazados.

Se cruzaron, Mario miró a Miranda, y Miranda a Mario.

-Qué hombre más ridículo

-Qué mujer más ridícula

-Que no sabe que se nota demasiado

-Que no sabe que se nota demasiado

-Pobre hombre

-Pobre mujer

-Yo en cambio, voy perfecto, todas me miran, cómo se agitan los ojillos de las casadas de pura impotencia...

-Yo en cambio, voy perfecta, todos me miran, cómo se agitan los ojos de los hombres, ya les gustaría a ellos tenerme.

-Pero yo quiero una mujer soltera, para mí toda, y ponerle el anillo, si hace falta.

-Pero yo quiero un hombre, soltero o viudo, y que me ponga una casa....

-Ya está bien por hoy, me voy a casa, mañana volveré a lucirme con esto.

-Ya está bien por hoy, me voy a casa, mañana volveré a lucirme con esto.

MANTENERSE JOVEN


Al hombre le habían rastrillado la cara, como si fueran a plantar girasoles en los surcos, que romperían la piel con el lozano sol de julio.

Después, los andares se tambaleaban al mínimo roce de un vecino apresurado del supermercado que se le adelantara para coger los yogures, y llevaba el pelo teñidísimo o empelucadísimo que ocultaba su sesera octogenaria a los pájaros cagadores de las alturas.

Y la camisa hawaiana, su cuerpo de hombre de gran envergadura agarrando el carro de la compra con unos dedos vestidos con un raído y descolorido abrigo de piel humana.

-¿Para llevar a casa? -soltó la cajera de pintas afroamericanas.

El hombre asomó una sonrisa destartalada.

-No. ¿Acaso cree que yo no puedo ocuparme de cargar la compra de mi casa? Soy más joven de lo que parezco, lo que pasa es que en mi juventud tomé mucho el sol, y por eso estoy más envejecido y parece que tenga ochenta cuando en realidad tengo sesenta.

La cajera le miró calibrando cada una de sus palabras .Si por ella hubiera sido les habría pasado el código de barras a cada una de ellas y luego se las habría cobrado por escucharlas. "Porque escuchar tiene un precio, no es gratis, ya tengo bastante con lo mío"- pensó refunfuñando y ataviando su cara con su sonrisa.

El hombre se cargó con su compra encorvándose con la leche, las botellas de vino y agua...parecía un árbol viejo quejándose por lo mucho que pesan las ramas y las hojas en primavera.

Luego llegó a casa, dejó las cosas y se desparramó por el sofá. "Desde luego -pensó- cuesta mucho, muchísimo mantenerse joven".

LA OBSESIÓN DEL PERSONAJE


El personaje era sincero cuando hablaba y vendía a los autores su historia:

-A ver..., caballeros. Siéntense, pónganse cómodos, no quiero ver al auditorio dando tumbos en las huesudas sillas que a veces parece que tengan astillas en vez de cojines. Quiero ver sonrisas de placer entreabriéndose como ventanas abismales en esas bocas geniales...

El personaje notó la impaciencia de los autores; como un líquido corrosivo esparciéndose por sus posaderas.

-Venga, pesado -soltó uno de ellos que se levantó para acomodar mejor su trasero y su rajita al inquieto pantalón que se malmetía por esas zonas- Tenemos todavía que hacer un par de rondas más como ésta, y tú te estás comiendo nuestro tiempo. Yo tengo que visitar a una moza que dice poseer una historia mucho más trágica que La de la Dama de las Camelias.

-Bien, bien. No se apure, pues mi historia es dinero sumado con obra maestra reina en calidad como podrá usted comprobar en breve si se calla y atiende.

El personaje volvió a repasar las caras, cotejando que estuvieran mudas, expectantes y respetuosas ante él. Quiso además echar un vistazo a sus traseros, pues para el personaje era vital, fundamental y principal que el auditorio estuviera confortablemente asentado sin sentir el agudo dolor de una silla planchando y riéndose de sus posaderas.

Si no sonríen es que no están cómodos -pensó y volvió a insistir.

-Hagan el favor de entregar sus traseros a una tierna relación de comodidad con las sillas. Acomódense de verdad, no teman, están en su casa. Puedo ponerles unos cojines en el suelo, si lo desean.

El auditorio primero perplejo y rascándose la cabeza ante su actitud, finalmente, optó por cabrearse.

-Estamos hartos, no se obsesione con nuestros traseros y empiece ya -gritó la voz de antes que parecía el autor elegido o erigido para el menester de reprender al personaje.

-De verdad, es que es preciso que estén cómodos. De otra manera...


De otra manera... nada. El auditorio se levantó, todos a una, dirigiéndose a la salida más cercana en perfecto orden de simulacro de incendio.

El personaje se quedó ahí solo, absorto, pensado y meditando como un Einstein sin canas.

-Bien- dijo al final- realmente tendrían que estar muy incómodos si finalmente han optado por levantarse e irse. Mañana compraré unos sofás.

Dostoievski despanzurrado


-Soy bella, bella! Un hombre me ha mirado, he notado la lujuria en sus ojos, goteando, abriendo surcos entre la multitud sólo para verme a mí.

Ella cerró el libro y lo lanzó. Dostoievski y sus Memorias del subsuelo se despanzurraron por el mármol, captando al momento la grosería del acto y la vileza de un suelo de baño sin fregar. Si hubiera podido parpadear, lo habría hecho, y si hubiera podido caminar se hubiera pirado a alojarse entre los estantes de la Biblioteca Pública donde al menos hay paz y salidas esporádicas al exterior.

-Ah, era mayor -dijo sin desilusión-unos ochenta años, pero pertenece a la raza de los hombres y todavía será capaz de montar mujeres y engendrar hijos. Y su mirada... ah!, era de ésas capaces de excitarte, y volverte un riachuelo de aguas...

-Calla -le gritó una voz sonrojada y candorosa- !Cómo puedes soltar tantas vulgaridades y recoge el libro del suelo! Te recuerdo que Dostoievski era también un hombre capaz de engendrar hijos.

-Tú no lo entiendes, yo he amado la literatura tantos años, me he encerrado en las portadas y contraportadas de los grandes muertos de la literatura. Ese hombre era joven al lado de éstos, un lozano brote de virilidad, un casi contemporáneo de éstos pero con fuerza para entrar a matar en una mujer.

Ella carraspeó para repasar mentalmente la elocuencia de la siguiente frase.

-Además, es admirable un hombre que a esa edad tiene intacto el apetito sexual.

Las dos callaron, pensaron y llegaron a la conclusión silenciosa de que más bien era admirable que ellas, a sus setenta y ocho años, todavía despertaran la fiebre sexual de un ancianito.




DIEZ AÑOS DESPUÉS


-La vida a veces renquea, se pone a cojear como un mal bicho que huye despavorido... La gente se va, coge aviones y empieza a fluctuar por los aires de la mano de Continental Airlines. Después, una se queda contemplando ese cielo, la autopista está azul y sin nubes, un par de aviones se siguen...

-Mi sobrinito americano se fue. Le encanta ,a sus cuatro meses, bailotear las canciones nostálgicas de los Rodriguez: Diez años después y que los años empiezan a pesar, dice la canción.

La próxima vez que le vuelva a ver, su cuerpo se habrá agrandado, creciendo sin parar, quizás ya ande y sus pasos sean muy firmes y muy seguros.

Yo me quedo aquí, incapaz de oír a Los Rodríguez cantando esa mágica canción porque enseguida le veo a él, agitando manos y pies, cerrando los puños, concentrado en el vaivén, y sin entender todavía el concepto de los años, y de los diez, y de los después y que pesan.

Yo ya capto el concepto, la idea y pienso en cómo invertirlos. Si esto es la Bolsa de Nueva York, de París o de Madrid, habrá que pensar bien, sondear las acciones, las empresas, las expectativas.

¿En qué quieres invertir esos diez años de tu vida?

Tengo la respuesta, ¿Pero podré invertir ahí, me dejarán, tengo el suficiente talento?

Sonrío, porque la ganancia, en este caso, da igual.



EL BANCO FRENTE A LA THOMAS COOPER LIBRARY II


Los diez bancos frente a la Thomas y su estanque estaban al completo, un lleno total de estudiantes de la Universidad de Carolina del Sur con sus chanclas, sus bermudas y sus gorras encasquetadas.

Nada más primoroso que ver los frisbis surcando los aires.

Empecé a trotar vigilante, la hora del lunch agotaba sus últimos mordiscos y yo aterrizaría en breve y con paciencia en alguno de esos bancos.

El soldado Lucas sobrepasó el banquito en el que yo leía a Baroja, ahí estaba su nombre impoluto y radiante en la pechera de su uniforme de salvador del mundo. Mochila al hombro y visera acomodada en su sien ,recién escapado del Fort Jackson , andaba con pasos híbridos: una marcha militar y estudiantil.

Le observé de la misma forma en la que se puede contemplar un animal exótico fuera de su hábitat.

Sonreí, agasajada por el esplendor de su visión y lo imaginé destacado en Irak, pilotando un cachivache de hierro, inventando guerras y conflictos para convertirlos en la pasarela de su modelito, y dejando alucinada a una población a la que le ha tocado ser el Vietnam de este siglo.
Me reí sin convicción, sin seguridad en mi sonrisa, a veces, una sonrisa se malinterpreta, es la primera máscara del rostro.

Estos seres verdes no dejarán de impresionarme porque son como un invento, una patente americana que extienden sus pasos largos por todo el mundo.

LA CARTILLA DE MAFALDA

Vuelve a pasar y a repasar la calle con sus pasos.

Después entra en el cajero, le da la papilla a la máquina, bien masticada, abierta por la página correcta, y deseando saber si por fin ha cobrado.

-No hay anotaciones pendientes -enuncia ella en su reluciente barriga electrónica.

De modo que, sigue a cero, hueca, si tamborilea los dedos sobre ella puede oír su repicar de objeto vacío. Es el momento de la fe, de creer en la humanidad, de olvidar que existen aprovechados que no pagan el trabajo desempeñado.

Ella decide creer, mete la cartilla en el bolso y callejea hasta las mismísimas puertas de la delegación de Dios en su ciudad: la Iglesia.

Se introduce sinuosa, reptante como la serpiente de Eva con afán de confesión y arrepentimiento.

-No quiero seguir pecando -balbucean sus labios contritos.

Una vez dentro puede elegir. Los bancos son aparcamientos para los traseros católicos más esquivos del mundo. No hay siquiera ancianas, todas han muerto o han abrazado una fe que les alivia más el alma.

-He pecado -dice clavando su mirada en los ojos de escayola pintada de Jesús.

-He dudado de la humanidad, no creo que paguen mi trabajo y me detesto por desconfiar.

Los ojos de Jesús son de una escayola reluciente, imitan las viejas glorias de las esculturas renacentistas, pero parecen mirar y juzgar como un Rey Salomón emparedado en una catedral.

Ella saca la cartilla del bolso, la mira bien, una última mirada a un ser querido y la rompe con convicción.

-Ya está, se acabó, no volveré a dudar más porque los ojos -dijo metafórica- a través de los cuales mi desconfianza miraba han sido destruidos.

-Gracias, Buen Dios.

Se despidió como Mafalda lo habría hecho.

LA NINFÓMANA DE LAS PALABRAS


-Escriba guarrerías, porcadas, nauseabundos rollos que parezcan heridas sobre el espinazo de la moral social- el editor era un clamor de hombre, metido en su papel de vendedor de productos de letra impresa y encuadernados.

-No sé -dudó ella con timidez y arrobo de escritora virgen en el mundo editorial- No quiero hacer esas cosas, yo adoro las lecturas de las hermanas Bronte y Jane Austen, soy de la época victoriana, me gustan las chicas institutrices, la candidez y pureza de la juventud de antaño.

-¿No se ve usted capaz?- el editor la miraba ceñudo, perplejo ante el ejemplar de escritora dulce, romántica, trasnochada y desfasadilla que tenía delante- ¿Las hermanas Bronte, dice? Perdone, querida, pero me quedé en Bret Easton Ellis y American Pshyco, mi buen juicio no me permite sobrepasar esos límites, todo lo demás son antepasados de la palabra, a nadie le apetece comerse un filete crudo por mucho que a los de antes les encantara, ¿me sigue? Los gustos cambian.
-Entonces...¿cree usted que las novelas de Jane Austen son como un filete crudo?

La joven escritora le miró de la misma manera en la que se puede mirar un fogonazo de luz en medio de la más absoluta oscuridad.

-Entonces, debo escribir porcadas.

-Porcadas y marranerías reencarnadas en letra, meta cizaña en las descripciones de hombres, sea como una revista porno para literatos, no se atragante con la moral ni la vergüenza... -el editor paseaba con el combustible de su discurso.

La escritora se levantó, sonrió, firmó el contrato, se olvidó de las hermanas Bronte y Jane Austen, y durante diez años fue la ninfómana de las palabras.

MARI Y EGEMEN




El turco, de nombre semejante a un superhéroe desconocido en la esfera marvel, Egemen, sonrió certero ante su japonesita.

Mari, de nombre soprendentemente pero compresiblemente occidental, le remitió una mirada cuca de geisha tímida.

Ambos se achucharon con la mirada, fervor musulmán adorando a un ídolo de carne con antepasados samurais.

La colombiana terció entre ellos, los arrimó con dulzura, sonriendo como una latina corruptora.

-Pero tengo novio en Tokio, -se defendió la Mari ya al amparo de la mirada intensa del turco.

-No importa, los kilómetros y el mar te esconderán de la ira nipona- calmó la colombiana volcando cubos de complicidad entre la parejita.

Los dos, muertitos ya por la dicha de tenerse, juntaron sus ojos rasgados y moros. Después, por la noche, armaron jaleo en la habitación que la Mari compartía con la colombiana.

No importaba que estuviera ahí, testigo del enlace de carnes interracial, si no importaba la ira del novio nípón, mucho menos las quejas de los oidos ruborizados de la colombiana.

A LA SOMBRA DEL ARBOL DE LAS ESPERANZAS


Cuando Godot finalmente apareció, Vladimiro y Estragón se lanzaron miradas de asombro y estupefacción. La espera terminaba, ese asunto al fin sería hablado, y Godot alargaría sus manos milagrosas hacia el problema y lo haría desaparecer (un zas de magia asomando sus dimensiones increíbles sobre lo que creían imposible de erradicar). Vladimiro entonó la primera frase.

-Oye Godot, ¿nos podrías dar trabajo? Hemos presentado nuestro currículum en cientos de empresas y todas tienen una cobertura absoluta, total y eterna de los empleos existentes. Si vieras nuestros pies... son llagas adheridas a los tobillos de tanto que hemos caminado, y los ojos...! Estragón ha perdido la visión del ojo izquierdo de tanto navegar en esas bolsas de trabajo abominables, tanta virtualidad nos ha llenado de virtuales esperanzas laborales, de ésas que...

-Ay, Godot -interrumpió Estragón fluctuando por la llanura en las que los tres se habían citado- Esos miserables nos han humillado desde esos mullidos sillones en los que se encuentran postrados, tendríamos que ser como Henry Miller y gritarle al presidente de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica, y contarle que nosotros nos hemos dignado a rebajarnos, a ONEGEARNOS a trabajar en su empresa humilde y catastrófica.

-Sí!-reemprendió el ataque Vladimiro que hundía en sus ojos una mirada orgullosa, de lucha de clases- Godot, ayúdanos, pedimos tu clemencia, tu limosna laboral.

Godot, que hasta entonces había permanecido estático, impenetrable, arrimado al único árbol que proyectaba una sanísima sombra en la llanura, carraspeó y dijo:

-Lo siento, amigos. Esto es un sueño, pues soñáis, y Godot sigue sin venir.