por Lynnsinhill

PARÍS ERA UN PARAISO DE FELICIDAD PARA H.


La semana pasada quería estar en ÁFRICA, recorrerme el continente, internarme en sus laberínticos caminos que siempre enseñan el mismo paisaje: sol, sabana, acribillamiento de luz, arena, acacias casuales... Puede que de repente un bosque, un río... Pero hoy quiero estar en París, de nuevo en esa ciudad:

-Pero, Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde -dijo ella- aunque no tengamos dinero.

-Claro que voy a ir -dije-. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.

-Iremos por la Rue de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos todos los escaparates.

-Estupendo, podemos ir a cualquier parte y meternos en un café donde nadie nos conozca y nos tomamos una copa.

-Podemos tomar dos copas.

-Entonces también podemos cenar en alguna parte.

-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.

-Bueno, volvereremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de ése de la cooperativa de enfrente. Y luego leeremos un rato, y nos iremos a la cama y haremos el amor.

-Y yo te querré a ti siempre y tú siempra a mí.

-Siempre, y a nadie más. -Ahora vamos a almorzar.

Esto es la felicidad. La felicidad de Hemingway a los 22 años, en París, con su mujer, con su hijo, con el perro de su hijo y escribiendo.

SERES IGNORANTES QUE TROTAN CON LIBROS


¿Hoy qué?

Pues hoy me he cruzado con una adoradora de esa literatura. Calle arriba con el nauseabundo tomo ilustrado de "Ángeles y demonios"asomando por la ventana del sobaco. Enseguida se cruzan las primeras palabras en las que se encarama un diálogo desafortunado.

-¿Qué tal tu hija? -interrogo deseando saber sobre esa licenciada en química reconvertida al mundo de los negocios tras recibir una beca para irse a México.

Pero después la orgullosa madre, que recorre las calles con semejante vómito literario ajena al ridículo que hace, me pregunta:

-¿Lo has leído?

-No

-¿Y a Lucía Echevarría?

-Tampoco -replico orgullosa tratando de meter respeto en mi respuesta hacia los que sí leen éso.

Enseguida se formula la respuesta absurda:

-¿Es que no te gusta leer?

-Por supuesto -mi sonrisa se descompone en estupor- Pero... hay muchísimos libros, no sólo ésos.

Trato de hablarle de otros mundos literarios, se los describo, insinúo obras ante sus ojos ignorantes que resumen la literatura en Dan Brown y Lucy. Pero la energúmena sigue en sus trece, asombrándome con sus respuestas impunes.

-Esos son muy aburridos -replica sin saber que ahora es un poco más idiota que antes.

Va "In crescendo". Como una ópera, como una soprano que se desgañita, así progresa su ignorancia.

Después se va, satisfecha calle abajo sin saber que su ignorancia se ha acomodado ya en su lengua y que su mente sólo piensa como una ignorante que ignora que lo es.

DEL TRANVÍA OVÁRICO


Eso era de Henry Miller. Yo le robé el título, me apropié de la idea esa ininteligible del tranvía ovárico de uno de sus trópicos literarios: "Trópico de Capricornio". Soy una usurpadora, pero es que era un homenaje mudo. Un guiño al muertito de Miller que ahora andará por los cielos parisienses escudriñando la vida bohemia que discurre a orillas de su Sena.

Cuando fui a París todavía no conocía a Miller, y vagué por sus calles hasta el cementerio de Pere Lachaise para rendir pleitesía a Oscar Wilde, a Dumas o a Balzac. Quería verlos en sus tumbas. Estaban muertos, hundidos en sus tumbas, pero decían y convulsionaban tanto mi vida con sus palabrejas... Es que estaban mal muertos, a medio morir, todavía hablaban y relinchaban, jadeaban eternamente en sus libros influyendo en mí y a saber en quien más.

No leo a Brown, a Dan Brown.¡Cómo iba a leerlo si ni siquiera tiene nombre de escritor! No me interesa su monalisa, sus escarceos con la biblia, ni sus mentirijillas de novelista, me abruman sus superventas, esa moda que existe hasta en los libros, dictadura editorial de Vogue, de El País... o de qué sé yo.

No, no, señores. La literatura es libertad, rescatar palabras de los sótanos del mundo y construirse uno mismo. La literatura es el ladrillo. No se pueden construir tantas casas iguales. Dirigido a quién me entienda.

LAS ILUSIONES PERDIDAS


No hay ilusiones perdidas, todas son nuevas, metidas en mi mano, apretadas contra mis líneas del destino. Todas son mías, repito, a un gesto de cumplirse o romperse como cristales al toparse con la realidad.

Mucha gente las tiene, algunos a la vista, otros imperceptibles ya en el horizonte de sus sueños, son como un sol que se hunde fatigado por el día, por el horario de ocho horas, o los momentos de rutina cruel donde danzan los hijos, los maridos, mujeres y casas con su corte de obligaciones, o quizás las tengan reunidas todas en un Bar, alojadas tras la barra para que una sonriente camarera se las vaya sirviendo con cada vaso de coñac.

Todas están aquí, sudando en mi mano que no las suelta y las aprieta hasta hacerlas jadear como animalillos porque mis ilusiones no están en un número vendido con un pretexto de Navidad, no rezo ante esa combinación de dígitos para que amortiguen mis dolores en este mundo con sus mullidas formas millonarias.

Mis ilusiones las creé yo, no el Estado. Mis ilusiones las reparte mi trabajo, no la suerte. En ellas sólo trabajamos yo y mi talento. Si las pierdo, sólo yo las habré perdido y sólo yo podré decir que tengo ilusiones, ilusiones perdidas.

HARE KRSNA


Así, inacabable, sin piedad, hasta la siguiente esquina de la autovía para luego retomar el cántico redoblando su furor inicial.

-Hare ramma, hare...

Los oídos empiezan a erosionarse por los cánticos de monofrase, ritmos distintos, piezas que acaban y otras que empiezan, pero todas tienen la frase alargándose como chicle en los estribillos.

-Hare, hare...

Son otros, muchas voces que emprenden de nuevo el salmo.
Es una carrera de relevos donde yo soy la única que me agoto, por mis oídos empieza a germinar un dolor, una puya de esa canción metamorfoseada en aguijón. La autovía sigue larga ante mí.

Acabamos de dejar a mis padres en el aeropuerto, y mi hermana me reengancha a la canción.

-Hare Ramma, hare, hare...

Se van en busca del miembro estadoniudense de mi familia, un niño de tres meses concebido y alumbrado en la inmensidad de la América del Gran Cañón del Colorado, el parque del Yosemite, y cien mil maravillas naturales más. Ahí van mis padres, a vislumbrar la cara de...

-Hare Krsna, hare...

La autovía se acaba, y los tres meses de ausencia de la progenie se alargan ante mí.

EL DISFRAZ DE LA DERECHA Y DE LA IZQUIERDA


El salón se va llenando: una persona, dos personas, tres personas, hasta llegar a ser una multitud de palabras ininteligibles, incontenibles e irrefrenables, como bebés que recuperan el habla tras la amnesia del nacimiento (porque todos ellos dominan un lenguaje, podría ser el chino, el inglés o el flamenco, pero al llegar aquí, al aterrizar en su nueva vida, se han congestionado todas las palabras en el cerebro, su lengua se ha resfriado, su verborrea se condensa en su mente hasta convertirse en una masa imposible de parir con palabras y ya no pueden comunicarse, es un bla, bla, bla, sin forma, pero con contenido)


El salón se ha llenado. Hay dos grupos, el de la derecha y el de la izquierda (siempre hay un grupo a la derecha, y otro a la izquierda, algunos hablan de un tercer grupo, que se ubicaría en el centro, pero ése no existe, es una leyenda, un disfraz en el que una vez se cuelan unos (los de la izquierda) u otros (los de la derecha) según convenga o encuentren más o menos a mano el trajecito.

Pues ahí están los dos grupos, mirándose como dos fieras a punto de enfrentarse en el ruedo letal. Se escudriñan los defectos, los puntos donde la flaqueza asoma, intrigándose con las palabras que se lanzan para sopesar al adversario...

Luego, todo empieza. El salón oscila, tiembla, fluctúa como un tubo de luz. ¿Y luego qué será?

-Pues luego -responde una especie de narrador acomodado con palomitas-, luego, comienza el circo de la política.

LAS APTITUDES DE LA CONCURSANTE


La concursante se observó en el espejo:

-Oh, qué bellos promontorios de pechos mareantes se alzan aquí en medio. Un plantel de seducción- se dijo mientras vapuleaba con sus manos los dos pechos.

Después se giró y pudo apreciar la voluptuosidad de su trasero comprimido, como un fruto maduro a punto de estallar, bajo el traje de lentejuelas.

Enseguida le tocó el turno a los labios y empezó a juntarlos y a desjuntarlos rítmicamente y sin pudor en un descarado intento de imitación Monroe. La concursante entonces consideró que no sobrevaloraba sus aptitudes cuando le decía a todo el barrio que iba a ganar el concurso.

Rapidamente salió al escenario, orgullosa de ser una carne sobre el mostrador. Allí los hombres la desearon y la toquetearon con la mirada.

Ganó, se casó y se puso a parir hijos con la misma voluptuosidad en la carne que ella había disfrutado en sus años de concursante.

LA EQUIS EN EL COGOTE


"La fortuna -pensaba el genio- es como una equis que se te marca en el cogote para que pueda perseguirte mientras caminas por cualquier parte, incluso por el metro".

Así anda, con su placaje y sus desvelos por alcanzarte antes de que te llegue alguna desgracia, aunque sea nimia... Pilla e intercepta al afortunado en cualquier esquina fantasmagórica y, aunque huela a drogadicto con mono, ella te levantará. Siempre te pondrá una servicial corte de amigos, y un harén con lo que más gustes.

"Después,"seguía el genio dilucidando, "están los otros;los que llevan un tremendo morado en todos los ángulos del cuerpo, con los ojos bajos, imposibles de crear un vis a vis con una mujer, u hombre, porque temen el flechazo que los deje más lívidos y apocados que antes, el beso nunca se producirá, ni siquiera las palabras simpáticas y huyen antes de que el convoy del tren llegue, pues la suerte es un animal que se deja tentar con cualquier tontería, no tiene aguante, cualquier desgracia le parecerá buena. No busca nada en especial, sólo desgracias, grandes, enormes, fatales, tremendas, catatónicas, rastreras, y tramperas", concluyó el genio.

Después de todo esto, el genio se hizo la pregunta: ¿Dónde estoy yo? Y se situó tras el espejo intentando localizarse la equis que tendría que estar ahí, tras la madeja bicolor (blanca y negra-) de su cabello. 

-¡Dios, no está, no la veo! -gritó dolorido ante el futuro- ¡María, ven, ven! Díme, ¿ves una equis?

Su esposa, su amante, su mejor amiga, su ayudante de laboratorio, le inspeccionó el cogote.

-Pues no, no veo nada -María se retiró harta de tanta extravagancia de científico.

A partir de ese día, el genio dejó de tomar trenes, autobuses, y aviones, y empezó a pensar que su mujer le engañaba con todos. Incluso las mujeres eran buenas postoras en esta subasta de mala suerte, para que la desgracia se dejara tentar, y para que su esposa le engañara por todos los frentes posibles.

TRIBUNAL...



De los 24 a los 26, de España a otro continente, de un pueblo alicantino al Madrid atestado de los Vips y marabunta de Tribunal. Próxima parada... y la voz femenina pronuncia un convincente tribunal, metálico, grabado en alguna sesión preparada para METRO MADRID. Entonces la línea 10 te dejaba abajo del todo, y tenías que alzanzar la ciudad remontando cuatro o cinco escaleras donde la gente creaba rabos de largatija.

Después salías, la noche del viernes cabalgaba en los rostros de la gente -perfecta, moderna, atracadores de escaparates de Fuencarral ,engalanada, medio parisiense con algo de newyorkina (lo sabía porque aún recordaba el aspecto de aquéllos a los que había entrevisto con mi licencia de turista de interrail o visado de estudiante en USA)-.

Recorría mi distancia, manejaba las esquinas con rapidez, las calles eran segundos para mí y entonces oteaba mi balcón, sin aspiraciones de Julieta, sólo un hueco en el que meterme...
Madrid está contaminado, el silencio es un desterrado -un ser blanco al que todas las noches tratan de matar con botellones bajo mi balcón-, pero yo tenía un salvoconducto para salir de la ciudad todos los sábados por la mañana. Cuando los vestigios de la noche salvaje todavía humeaban, huía hacia la montaña, hacia la escalada, hacia el primitivismo de la roca que se escala y el cielo que se junta con tus manos.

El banco frente a la Thomas Cooper Library




En mis frecuentes trasiegos siempre trataba de localizar el resquicio libre de mi banco, con sombra, frente al estanque, frente a las idas y venidas de la escalera de la Thomas Cooper Library: una escalinata por donde se paseaban rostros mundiales, o prototipos de norteamericanos que se adelantaban unos pasos para alcanzar un pase del balón de rugby que alguien rubio, alto, con sandalias, y desenfadas bermudas lanzaba desde una esquina.

Yo me sentaba en mi banco, haciendo mis deberes primero, después condensando notas para un no se qué posterior en el que todavía ando.

A veces, en Agosto, cuando ya no había estudiantes de la Marina de los Estados Unidos, ni chicas con minifalda, ni frisbis, ni sandalias, ni biquinis en pleno ambiente académico, me volvía a sentar en mi banco, a esperar a mi hermana.

Entonces, podía suceder que levantara la vista y me encontrara a Li Kai, con su figura escuálida, con sus músculos sin definir, un hombrecillo de 27 años asiático y obsesionado con la belleza occidental.


Se sentaba a mi lado, y empezaba a flotar su inglés made in Taiwan, esforzándose por desterrar el acento, pero su "Ena" dirigiéndose a mí, era una innoble y vejatoria pronunciación que erizaba mis oídos que se indignaban como mujeres casadas ante una indecente proposición.

Después seguía hablando, hablando...

Y luego mi hermana llegaba, llegaba...

LA SUAVIDAD PERNICIOSA


Cuando leo a Scott Fitzgerald, sé que he topado con un hombre infeliz. Sólo hay que leer títulos como Hermosos y malditos o Suave es la noche... Ejemplos de ello, puedes sentir y ver a la juventud que decae, como la hoja decrépita de un árbol, mientras Fitzgerald está amarrado por matrimonio a una mujer desequilibrada, caprichosa y extraña: Zelda. Todo son retratos de hombres que son envidiablemente jóvenes, la elite popular de la zona, guapos con un dolor insoportable para el feo, inteligentes y prometedores hasta que la vida les pilla los dedos.


Si alguien lee París era un fiesta, de Heminghay, encontrará un retrato puro del escritor: Inseguro, hipocondríaco, con el talento interceptado por Zelda que le hostiga, le aturde con sus locuras todavía sin diagnosticar. titánicamente (es decir, desastroso como el Titanic), no sé, no sé. O tal vez, la culpable es la suavidad de la noche:

Suave es la noche, el título engancha, es como la noche que te pilla enamorándote de la persona equivocada si resulta que las estrellas están fabulosas, que la brisa es un rubor que se eriza en tu cara, y que los árboles son sombras dibujadas por Van Gogh...Entonces, la noche es suave y sus consecuencias... para toda la vida.

Bueno, tras esto, varias conclusiones en la lontananza mental: Tal vez el matrimonio es un ente pernicioso para el hombre talentudo que como en sus libros acaba enamorándose

EL TERRORISTA MEDIOAMBIENTAL


(Ayer tenía buenas ideas, pero las sábanas me dejaron pegada a la inactividad y la modorra del sueño que cae clavándose en las pupilas. Así que no desenvainé el ordenador, lo dejé metido en la oscuridad de su recinto...)

Smith se observaba las uñas de los pies, olían a rancio y una indecente capa de suciedad tapizaba los picos salientes de la garra del dedo gordo, aún así, se calzó las sandalias y caminó unas yardas maravillosamente acariciado por la brisa de la mañana. El sol, con su calor, todavía no le hacía jadear, se aproximó a la vera de la playa abandonando el paseo marítimo de cimbreantes palmeras.

En la playa contempló a los obsesos del moreno, a esos seres de ojos blancos, como islas, bordeados por un negro chapapote y extendidos como toallas sobre una arena blanca que parecía alarmada por tanta inconsciencia.

Smith se tocó su sombrero de alas de paja, y después su rostro. Más tarde se sentó a desayunar en una cafetería desde donde se divisaba una temblorosa montaña con su piel verde de pinos, luego más abajo, en la ladera, Smith contempló con estupor los primeros bocados al monte.

Los ladrillos comenzaban a hincarse en la tierra, un maldito salpullido de construcción. Smith, aquel día, juró que nunca más volvería a aquella playa, o tendría que considerar convertirse en un terrorista medioambiental.

ESPERANDO LA REEDICIÓN


Ser un lector libre, es decir, un lector capaz de decidir lo que desea leer y encontrarse totalmente abastecido de las lecturas y autores con los que desea toparse en sus noches ávidas de historias, es una peripecia increíble. Me explico y aporto datos que sustenten mi teoría:

A ver, ¿Quién encuentra los dramas de Victor Hugo aguardándole en la vitrina de novedades de la semana en la librería? ¿Quién puede leer La Hija del Reverendo, de George Orwell sin tener que acudir a un ejemplar harapiento y enfermo de lepra de la biblioteca? Así se rellena de una forma infinita, voraz e inclemente la lista de títulos que una lee por pura fortuna o azares de la vida.
Y después están los que nunca se han llegado a ver, son leyendas que circulan por internet, alucinaciones quijotescas.

Normalmente uno está al arbitrio de las modas, dependiendo de las grandes masas lectoras o del marketing que va unido a una película o un centenario, o simplemente a una princesita que regala a su príncipe azul como regalo de compromiso, un ejemplar tan antiquísimo y mono que fue casi parido de la mismísima imprenta de Gutenberg. Así alcanzó altas cotas de popularidad y se convirtió en un superventas del año el Doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Eso sí, la novela fue una incomprendida, un volumen embutido en las estanterías de la casa que aburrió al seguidor de Dan Brown. Pero hubo cientos de opciones, podías elegir la edición que más te gustara y eso llena la panza del comprador de libros.

Lo habitual, para esquivar el capricho editorial, será acudir a los libros de viejo, soportar la alta cotización de las novelas que allí se venden impuestas por los libreros que saben mucho sobre lo que llevan entre manos. Si uno es paciente, tras preguntar el precio que será casi tan alto como la luna, dirá: Bueno, puedo esperar. Alguien se dignará a publicarlo de aquí a unos años. Y si no es así, si es impaciente y
las ganas le asaltan como pulgas, pagará lo que sea por la edición mugrosa, casi infecciosa, letal para la piel y la vista de ¨Ciego en Gaza¨ de Aldous Huxley.

Así es como uno simplemente trata de leer lo que le gusta. Es la forma de intentar cambiar de canal en su mente aunque se empeñan en ponerle siempre la primera de TVE.


Y, sinceramente, bajarse los libros de google no es la solución.

EX JOVEN

Me he topado con esto: Ex, y a esto, después, le seguía joven. EX JOVEN

Me ha parecido que como las ex mujeres, como los ex maridos, los ex amantes, los ex patriados (sé que va unido), la juventud deja sus huellas, sus marcas cosidas en el corazón, y que después todo es como una ex vida que has dejado de vivir por caducidad.

CRÓNICAS DEL BOLSILLO


Apenas tengo dinero, una suma miserable que no alcanza el rango de mileurista. No soy el prototipo de comprador que las tiendas desean ver curioseando entre sus estantes, mi bolsillo es escaso, sigue defendiendo la vieja concepción de un retazo de tela cosido a unos agujeros laterales donde yo entremeto mis manos mientras paseo una mirada contemplativa: de arriba a abajo, desde el centro de la tienda hasta los laterales, y luego me encamino hasta la puerta porque sigo buscando el regalo perfecto, no una excusa barata para echar mano a la tarjeta.


Pero los dependientes no lo saben, y se me acercan con discursos pegajosos, sonrisas de joker, servilismo colonial... "Cómo les explico que yo sólo busco el regalo perfecto, alguien me ha dado el chivatazo, me ha contado que está por ahí, en algún estante, sofocado por los adornos de Navidad, y adormecido por la calefacción que empuja al termómetro a marcar un microclima, a proclamar un Agosto. "Horrible calefacción que me hace parecer ridícula en mi abrigo" -me digo desnúdandome, quitándome pieles innecesarias, y convirtiendo mis brazos en unos percheros donde cuelgo la bufanda y el abrigo.

'Sí, Sí, el regalo perfecto, -y salgo de la tienda, otra tienda más, persiguiendo su leyenda.

LA EMPANADA PELIGROSA


Ignatius Reilly sonreía con devoción de hijo mientras su madre organizaba la mesa de la merienda.
Los trozos de empanada mostraban su sugerente cuerpo alimentado de atún y tomate, las tazas brillaban huecas e impolutas desde su camastro de porcelana pintada, a la derecha, hondas cucharadas de azúcar y miel prometían los tarros desbordantes de futuras caries, y el café humeaba tranquilamente desde el acomodo de la cafetera italiana.


Ignatius volvió a insistirle con la mirada a su madre: "Por favor, sólo unos trozos de empanada, los cogeré de tal modo que no se notará el hueco". Pero como su madre seguía con su baile indiferente, Ignatius se decidió por hacer uso de la voz, aquel potente instrumento del que se servía para intimidar a los seres delgados y atractivos, pero de voces ridículas.


-Mamá, déjame probar la empanada, me temo que esta vez, por el olor que despiden, has usado algo en malas condiciones. No quiero jaleos con nadie, y menos aún teniendo en cuenta que has invitado a un policía a merendar, no quiero que caiga redondo sobre nuestra mesa y luego nos acusen de asesinato. Así que...
La oronda y excesivamente sobrealimentada mano de Ignatius se alargó, como una sombra amenazadora, sobre el contingente de empanadas.


Su madre le miró silenciosa, viendo cómo el primer mordisco de empanada se agitaba entre los dientes de su hijo. Luego, Ignatius recolocó los demás pedazos haciendo desaparecer el hueco revelador que había causado con su gula.


-Bien, Ignatius, ¿cómo estaba la empanada? ¿Crees que alguien morirá esta tarde aquí?

-No te preocupes, mamá. Una vez más, gracias a tu desinteresado hijo, podrás estar tranquila mientras tus invitados comen.


EL CIUDADANO RICK


Rick paseaba, en verano, con sus sandalias Teva, el rostro huesudo y expresivo, las piernas enfundadas en los bermudas y la boca siempre hablando, relinchando de política, y vomitando críticas sobre la jeta de su presidente: George Bush.

De vez en cuando, se acercaba al aparato detector de terremotos para sopesar su funcionamiento, seguiría vivo un par de decadas más, el cachivache setentón pillaría un par de terremotos antes de la jubilación. Después ponía la música, alta, estridente y moderna para que llenara de juventud sus cincuenta y tantos años, y sus compañeros del Departamento de Sismología pudieran sonreír levemente.

Hablaba rápido, demasiado para un no nativo, y divagaba sobre Francia y de lo bien que se portaban los franceses con su padre: uno de los supervivientes del desembarco de Normandía.
Todos los años, el gobierno francés le tendía la invitación a su padre, honores y primores le caían entonces, porque Francia aún recuerda, un cementerio inmenso donde se postran miles de tumbas de hombres patrióticos le obliga a ello.
Y Rick adora esos aires bohemios de Francia.

-Cualquier día de éstos -no hace más que repetirlo como una amenaza espetada en la cara del mismísimo Bush- Cualquier día de éstos, me voy a Europa, estoy harto de este país, las cosas van muy mal.

Rick tiene todo el aspecto de un ciudadano de los Estados Unidos, quizá, la mente, la tenga un poco hereje, divergente, pero adora a su país, y por eso se enfada y se cabrea, no puede evitar odiar al que trata de hundir lenta, pero inexorablemente, su hogar: G. Bush.

LA TORMENTA DE NIEVE


El avión tardó diez horas en dejarme en la terminal de llegadas. Nieve era lo que se veía tras los cristales, un Ikea durmiendo y congelado de frío en las lindes de la terminal y a las máquinas enzarzadas en la tarea de despejar la pista. Y después, a los tripulantes, al personal del aeropuerto de Newark.(Nueva York) encaramados en el pescante del invento, repitiendo, tripitiendo la tarea de cargar nieve y descargar.


-Bajar, bajar, bajar –obsesionaba a mi mente, -Aire libre, puro, no aire enclaustrado y mil veces respirado y espirado. Relajarme, relajarme, -los consejos vagaban por mi mente intentando inyectarme tranquilidad, meter calma en los nervios, convertirlos en todo menos en nervios.


“Pero, ahora cuando baje, ¿qué? El aeropuerto está cerrado por la tormenta de nieve” y yo viajo sola, histéricamente sola”. ¿Dónde dormiré?, ¿Dónde meteré esta noche mis huesos, donde estiraré mi anatomía para alcanzar el merecido sueño? Aeropuerto cerrado, vuelos cancelados... y en las postreras horas qué será de mí y de esa tremenda maleta que esclaviza mis músculos y que acuclilla mi cuerpo.


“Relax woman, relax, hay un superhéroe dentro de ti” -me decía como una terapeuta de la vida.


Un par de hombres latinos trabajaban a destajo tratando de despejar la zona de nieve. Yo esperaba la lanzadera que me llevaría al hotel y les observaba atendiendo a cada una de sus palabras.


Uno de ellos era joven, el otro curtido ya en América.

-¿Cuánto tiempo llevas acá tú?

-Van a hacer ya doce años –replicaba el otro acomodándose en su pala y repasando con la vista tantos años de vida.


Yo sonreía, escuchar esa conversación compensaba mi vuelo loco. Y cuando llegué al hotel me maravillé con su cama, con su baño y su agüita cayendo, y el sueño que descendía ya aterrizando en mis ojos.