por Lynnsinhill

EL ETERNAUTA





Balzac
se acomodó en su roca ojerosa, gris, empapada de lluvia. Los dos frente al ordenador, con el ADSL fulminando con palabras y cuentos sin padre y derechos de autor, con tanta palabra danzando que sus ojos se quemaron por la excesiva velocidad. La locuacidad de la máquina le aterró, guardó el invento como unos labios que se cierran y callan de repente (pantalla con teclado de portatil). Lo cerró suavemente, encantado con el movimiento de acallar y silenciar a lo que hablaba demasiado.
-Siento una chepa aquí atrás -le contó a la roca mientras trataba de masajearse la distante espalda- Es el dolor de estar así, obsesionado con lo que me cuenta el invento, eternizado en la inclemente postura del oficinista que teclea, y teclea, teclea...
Balzac, a pesar de sus palabras, volvió a abrir los labios de la máquina, la deja parlotear con sus mensajes, fotos, palabra, música, demandas de empleo, ofertas, libros que se leen gratis al precio de los ojos... La roca le miró, ojerosa de información, cansada de tanto leer lo que era inacabable e infinito como el cielo.
-¿Balzac, qué haces? Tienes que escribir, tus obras esperan, despégate del invento, acabarás mal, nadie podrá leer tus obras...
Y balzac sonrió levemente, sonrió de la misma forma en que lo haría un moribundo en su lecho de muerte. La muerte de Balzac no se sabe entonces cómo, pero llegó.

No hay comentarios: