por Lynnsinhill

1984


Cuando Winston Smith trabajaba de funcionario, aterrado por el Gran Hermano, en el Ministerio de Propaganda del Gobierno, conoció a una chica que le gustaba: apetitosa, atrevida, joven e inaccesible para su jeta de hombre inseguro.

Era tan consciente de sus desventajas físicas que interpretó mal el interés que empezó a despertar en ella. Pensó que era una espía, una doble agente camuflada en los estratos laborales que vislumbraba en él a un libre pensador, un practicante de la pluma y un lector de libros prohibidos que de vez en cuando se retiraba del ángulo de interceptación de la telepantalla de su habitación (cosa que frecuentemente hacía, sólo así se mantenía vivo: pensando)

De modo que cuando el escueto vestido de ella se le arrimó, cuando su escote atesorando artefactos de la sexualidad quedó tan evidente ante él, se quedó lívido, aterrado, como si un fantasma o un cadáver con las cuencas de los ojos agusanadas hubiera intentado aparearse con él.

Se retiró, vaciló, dos o tres pasos hacia atrás, con los miembros temblorosos y su virilidad en entredicho, malgastando energía intentando aparentar frialdad cuando ella desplegaba el menú de sus encantos ante él.

-Oh, -insinuó ella con un mar de sensualidad brotando de sus labios- Podemos quedar en una cabaña retirada, está en un bosque, oculto por millones de árboles ajenos a los planes urbanísticos del alcalde del pueblo. Desde allí, el gran Hermano no ve, no siente, no intercepta el calor... Seremos una hoguera invisible para el mundo.

-No sé -dijo el tonto de Winston que no creía que la vida, de repente, se mostrara tan benévola y dulce con él.

Ella venció sus temores mostrándose entera y dejando que el vestido le rodara acariciando el dedo gordo de su pie izquierdo. Después Winston disfrutó de la vida, pero, eso sí, lloró de impotencia cuando el Gran Hermano hincó su mirada totalitaria en él.

THANKS FOR HOLDING (Gracias por aguantar)


-Todos los besos que reciba a partir de ahora serán redundantes.

Un sonido se propagó, ensanchándose en el aire. Era la música que un tren de mercancías insertaba en el ambiente sureño.

-Pues sí. Todos serán redundantes, será como llover sobre mojado, -y erguí mi mirada que hasta entonces había mantenido achantada bajo la visera de la gorra-. Tengo santificados mis recuerdos -dije sonriendo de la misma manera en que lo hacen los viejos, ya sabéis, sustentando mi sonrisa con recuerdos.
-Me voy, tengo clase.


Un tren volvió a sonar, su sonido se esparció como la banda sonora del lugar. Salí, bajé las escaleras y caminé sobre un césped ideal para mis pies que tienen nauseas al asfalto, tanto como mis pulmones odian seguir la estela de humo de algún fumador. Mis ojos tragaban imágenes saludables, barrios verdes, casas parapetadas tras jardines y la cara sonriente de algún americano ajetreando su lengua con un “Buenos días” mientras una enorme sonrisa se extendía desde la mejilla este hasta la mejilla oeste.

-Hace un maravilloso miércoles, ¿verdad?-Dijo un hombre viejo, jubilado, pero con una capacidad bárbara para apreciar los buenos miércoles, alzó su rostro y conectó su mirada con el sol.
-Sí, realmente hermoso -repliqué.

Y ambos no detuvimos a observar el sol que como un mayúsculo gandul andaba tendido entre algodonadas nubes. Reanudé mi camino por un túnel de vegetación, a lo lejos repicó la torre de un reloj entonando el himno americano. Inspiré y espiré.

Las notas goteaban como soldados cumpliendo una sagrada misión. Verde para mis ojos, música patriótica para mis oídos y ante mí una mañana arrastrando todavía los faldones de su camisón. No había americanismo en mi conducta, sino simple gusto por la tranquilidad y la armonía que se extendían como una capa más de la atmósfera.

-Las nueve, las nueve –me dije- hora de ser un guiri del idioma, de hacer turismo por los verbos de la patria anglosajona.

Me deposité sobre el sofá. Fuera, en el cielo, una fogata, la del atardecer, repartía naranjas y rojos.

-¿Sigues diciendo que tus recuerdos están santificados?
-Sólo los de amor –me defendí- los demás apenas los uso, y al final los recuerdos de no recordarlos se olvidan.
-¿Tú crees?
-Yo creo – y sonreí moviendo mi boca hasta el antiguo cauce de una sonrisa.

El jueves sigue al miércoles e inevitablemente amaneció. Entré en el edificio, iba a ver a un pariente, ¿se puede tener parientes a diez mil kilómetros de distancia de tu hogar? En esta era de aviones se puede. Alguien me sostuvo amablemente la puerta. Repliqué “thanks for holding” y sonreí. El gesto se reprodujo en el otro rostro. Ahí estaban las dos sonrisas, la suya y la mía, simultáneas, contemporáneas, saludándose como dos compinches mudos. Tras la exhibición de sonrisas ascendí por unos contundentes y empinados escalones. Estaba en el edificio de la facultad de Ciencias de la Tierra y los escalones eran versiones de mármol del Everest o del K2. Sonreí, siempre sonrío ante un esfuerzo físico, pues sé que mi cuerpo, quejica en apariencia, se pone enseguida contento y satisfecho a contornear músculos.
Por fin llegué. Ahí estaba mi pariente embobado en su despacho tapiado, no hay ventanas, por lo tanto no hay jirones de cielo que pueda interceptar con mi mirada mientras hablo con ella.

-¿Quieres ir a Nueva York conmigo? –me soltó al mismo tiempo que la música de su compañero de departamento intentaba dar una vuelta por mi capacidad de concentración.
-¿Nueva York? , No sé –contesté- Ya sabes que odio las grandes ciudades, no creo que pueda hacer una excepción con Nueva York.
-En fin, piensa que puede ser divertido, aunque sea simplemente para confirmar tus odios.
Mi mirada asiente, “divertirme odiando” –me dije- La verdad es que no lo había pensado y me escabullí a comprarme una cámara para la ocasión.

Las olas son negras y plateadas, y el mar es el trozo de Atlántico que flota ante Nueva York.
-No busques estrellas en el cielo –me aconseja mi pariente- búscalas en los edificios.
Hace un frío terrible aquí en el ferry, un viento helado que anestesia los rostros, pero la ciudad me seduce, aunque sea a lo lejos perfilando su contorno vertical. “
Para arriba, para arriba” –me digo- así crece la ciudad, “como una rara planta de cristal”.
Enseguida los turistas llenan la cubierta, la ciudad posa y ellos también. Rápidamente entran. Nueva York ha sido capturada, y yo me quedo con el frío que se espesa a mi alrededor. En este momento no hay virus, no hay una sombra de enfermedad, ni un resfriado asomando su contorno de estornudos. Sólo frío, escenario mágico donde mis pensamientos están encantados porque levantan la vista y yo estoy solo con esta amante de luces que asalta mis ojos.

-¿Sigues pensando que todos los besos que recibas a partir de ahora serán redundantes?

-No –admito- necesito la mirada de quien dejé lejos, quizás sus labios tengan ya demasiados besos esperándome.

A LAS PUERTAS DEL DIOS DE LAS ENTREVISTAS


Hoy he tratado de hacer una entrevista.

El sujeto parecía receptivo, medio sonreía ante la perspectiva de una entrevista más en su ajuar de hombre popular.

Yo me personé ante las puertas de su despacho, dispuesta a cazarle a él y sus declaraciones que ansiaba que fueran peliagudas, incendiarias, una sarta de críticas irrefrenables...

Y yo, yo, su contenedora, su cazadora, responsable de la forma y embellecimiento de la tensión social de su discurso.

Pero no, siempre se tuerce, y he esperado, esperado y llamado a su móvil (Tantas veces)...


Pero nada, sin entrevista, sin declaraciones, sin mis 60 euros de trabajo y cabreada, indignada en mi piel de persona obviada.

Una mañana dedicada a esperar, y cansada porque esperar y cabrearse cansa, agota, extenua la carrocería del desesperado.

Y mi cámara de fotos sin desenvainar, mi boli sin ser restregado por la superficie de una libreta, mi grabadora sin hundir su play y su rec expectantes y ese cretino... ese cretino... ¿Donde andará ese cretino?

Supongo que mi medio es humilde, y yo una veintisieteañera que aparenta 16...

En fin, la felicidad en esta vida nunca se coordina: cuando eres joven no tienes dinero, y cuando lo tienes la juventud es un marciano que una vez bajó a visitarte a tu planeta....

MEMORIAS DE AFRICA


Para entender el continente africano, sufrir de empatía y recolocar las carnes del primer mundo en la vasta África, hay que evitar escuchar el parloteo de los políticos. Ellos se limitan a presentar el Plan Africa y enunciar, como un glorioso propósito digno de alabanza, que:

"Con este plan se persigue el apoyo a la participación de empresas españolas en la explotación de los recursos de hidrocarburos de África, con vistas a reforzar la seguridad energética de España y de manera sostenible y beneficiosa para el desarrollo económico y social de Arica".

(Risas de indignación agitando mi pecho) Es el lobo disfrazado de caperucita, es el Gobierno de España intentando contentar a Repsol, ahora que ha perdido sus bolivianos hidrocarburos y anda famélico. Son las paparruchas que sueltan los Gobiernos, las animaladas que leo crítica desde mi butaca de internauta.


Mejor, mucho mejor, leer a Ryszard Kapuscinski, meterse en sus polvorientas descripciones, tomar un barco hasta Zanzíbar porque anda en guerra y a Europa parece que le interesa ÁFRICA sólo porque se pelea, porque sus refriegas son ancestrales, tribales, étnicas y genocidas.


Para entender a Africa, hay que leer a alguien que la haya amado.


AVIDEZ




Ah, bueno...Sí, éso de las envidias o como dijo aquel inútil que pretendió contratarme, eso es avidez, es decir, la avidez es la envidia sana que siente tu vecino al verte lanzado a velocidades vertiginosas por tu cochazo. Eso, sí, envidia sana.
Esa sería la nueva acepción de la palabra, se puede aceptar o protestar y decir :
Es más bien el deseo que sientes por comprarte un diccionario para saber de una puñetera vez qué significa avidez. Así dejarás de sentirte en la cuerda floja de tu ignorancia verbal mientras me lo explicas apuntándome tus sabidurías en la servilleta de un bar.

Le recuerdo, sí, apuntando con avidez sus explicaciones sintiendo avidez por la cerveza que tomaba el vecino, y avidez por dárselas de enterado ante un trío de desempleados.

Nada más salir de la taberna (para que me entienda Alatriste y para recuperar el castellano) se lo tuve que soltar antes de emprender la caminata, la peregrinación hasta la experiencia que él pretendía que iniciasemos aquella misma mañana, puesto que no tenía sentido su discurso ávido por captarnos y engañarnos y yo estaba ávida por largarme. De modo que:


-Lo siento Don Avido, creo que este trabajo no es para mí. No deseo hacerle perder el tiempo, el valioso tiempo de un tocapuertas empresariales, aquí me apeo.

-Ah!! -suelta el avidoso- pero si no lo sabes aún, tal vez te guste el trabajo. Ven con nosotros, no puedes estar segura.


Pero su avidez por contratarme no pudo conmigo, y me quedé ahí atada y satisfecha con la nueva acepción de avidez paseándose por mis recuerdos y deseosa de verterla en el parráfo 3 de mi diccionario.
Avidez: Envidia sana.

LA GAVIOTA COLÉRICA DE VICTOR HUGO


Desde que he dejado de buscar trabajo, y parece que lo tengo, estoy más vacía. Más parecida a:

"Búsquenme entre esta caja hueca de mi intelecto y no me hallarán, pues por él sólo corren ráfagas de agobios y cuentos de la lechera haciendo cuentas de vieja".

Ésa soy yo, busco entre las cotizaciones de mis colaboraciones de freelance para saber hasta donde llegará el montante de este mes: si hago ésto, si hago aquéllo, si me olvido de respirar y me pongo a teclear noticias y reportajes arrojándolos como una loca máquina fotocopiadora...

No hay Balzac, las Ilusiones perdidas es una vana lectura que reposa sus lozanas formas sobre el edredón de mi cama, no lo tomaré esta noche, y mañana seguirá su prosa intacta, adormecida... Y Victor Hugo vendrá a gritarme esta noche, entre sueños, acudirá a reprenderme, a alzar su dedo como una gaviota colérica porque Balzac murió por algo, para algo, para que lo leyera, lo leyésemos, enfermó y murió de tanto escribir...

Las historias, las palabras, los personajes, le tenían cercado. "Escribe sobre nosotros, habla sobre nosotros, !Háznos existir!" -le decían esos seres desde las parcelas de su imaginación, desde esos lindes que día tras día intentaban echar abajo.

Cincuenta y un años, y el hombre prefirió morir escribiendo que dejar de seguir, aunque fuera un sólo día, el ritmo frenético de sus ideas de escritor.

EL CIELO QUE NO VEMOS


Balzac ya está mostrándome su panza literaria, voy a invadirle a él ahora, está precioso con su nombre impreso en ese volumen nuevo, recien parido, y yo..yo... me muero de deseo por él, es un lascivo, un juguetón de las palabras. Sé que no es propio de una chica, que debo frenar estos impulsos de varón del Cromañón, pero me hartan los límites en los que me muevo, quiero vivir en una caverna y estirarme sobre la roca, y las estrellas mías, sin luces de Navidad, !!que las maten a todas!

Quiero mirar mi cielo, plantar mi belén y abeto allí, en esas alturas inviolables ¿Por qué poner adornos si las tenemos a ellas? Dulces, ingrávidas, de ensueño, deslumbrantes, inacabables, saturando, desbordando mis ojos con su luz...

¿Y aquí? Aquí adornos de Navidad diseñados por Ágata Ruiz de la Prada, ella y su sueldo extra de Navidad (sufragado por el Ayuntamiento de Madrid) simulando un cielo que no vale la pena mirar.

ESPERANDO A GODOT


Cuando Godot finalmente apareció, Vladimiro y Estragón se lanzaron miradas de asombro y estupefacción. La espera terminaba, ese asunto al fin sería hablado, y Godot alargaría sus manos milagrosas hacia el problema y lo haría desaparecer (un zas de magia asomando sus dimensiones increíbles sobre lo que creían imposible de erradicar).

Vladimiro entonó la primera frase.

-Oye Godot, ¿nos podrías dar trabajo? Hemos presentado nuestro currículum en cientos de empresas y todas tienen una cobertura absoluta, total y eterna de los empleos existentes.
Si vieras nuestros pies... son llagas adheridas a los tobillos de tanto que hemos caminado, y los ojos...! Estragón ha perdido la visión del ojo izquierdo de tanto navegar en esas bolsas de trabajo abominables, tanta virtualidad nos ha llenado de virtuales esperanzas laborales, de ésas que...

-Ay, Godot -interrumpió Estragón fluctuando por la llanura en las que los tres se habían citado- Esos miserables nos han humillado desde esos mullidos sillones en los que se encuentran postrados, tendríamos que ser como Henry Miller y gritarle al presidente de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica, y contarle que nosotros nos hemos dignado a rebajarnos, a ONEGEARNOS a trabajar en su empresa humilde y catastrófica.

-Sí!-reemprendió el ataque Vladimiro que hundía en sus ojos una mirada orgullosa, de lucha de clases- Godot, ayúdanos, pedimos tu clemencia, tu limosna laboral.

Godot, que hasta entonces había permanecido estático, impenetrable, arrimado al único árbol que proyectaba una sanísima sombra en la llanura, carraspeó y dijo:

-Lo siento, amigos. Esto es un sueño, pues soñáis, y Godot sigue sin venir.

LA PRÓRROGA


De los 24 a los 26, de España a otro continente, de un pueblo alicantino al Madrid atestado de los Vips y marabunta de Tribunal. Próxima parada... y la voz femenina pronuncia un convincente tribunal, metálico, grabado en alguna sesión preparada para METRO MADRID.
Entonces la línea 10 te dejaba abajo del todo, y tenías que alzanzar la ciudad remontando cuatro o cinco escaleras donde la gente creaba rabos de largatija. Después salías, la noche del viernes cabalgaba en los rostros de la gente -perfecta, moderna, atracadores de escaparates de Fuencarral ,engalanada, medio parisiense con algo de newyorkina (lo sabía porque aún recordaba el aspecto de aquéllos a los que había entrevisto con mi licencia de turista de interrail o visado de estudiante en USA)

Recorría mi distancia, manejaba las esquinas con rapidez, las calles eran segundos para mí y entonces oteaba mi balcón, sin aspiraciones de Julieta, sólo un hueco en el que meterme...

Madrid está contaminado, el silencio es un desterrado -un ser blanco al que todas las noches tratan de matar con botellones bajo mi balcón-, pero yo tenía un salvoconducto para salir de la ciudad todos los sábados por la mañana. Cuando los vestigios de la noche salvaje todavía humeaban, huía hacia la montaña, hacia la escalada, hacia el primitivismo de la roca que se escala y el cielo que se junta con tus manos.

SUAVE ES


Cuando leo a Scott Fitzgerald, sé que he topado con un hombre infeliz. Sólo hay que leer títulos como Hermosos y malditos o Suave es la noche... Ejemplos de ello, puedes sentir y ver a la juventud que decae, como la hoja decrépita de un árbol, mientras Fitzgerald está amarrado por matrimonio a una mujer desequilibrada, caprichosa y extraña: Zelda. Todo son retratos de hombres que son envidiablemente jóvenes, la elite popular de la zona, guapos con un dolor insoportable para el feo, inteligentes y prometedores hasta que la vida les pilla los dedos.

Si alguien lee París era un fiesta, de Heminghay, encontrará un retrato puro del escritor: Inseguro, hipocondríaco, con el talento interceptado por Zelda que le hostiga, le aturde con sus locuras todavía sin diagnosticar.

Bueno, tras esto, varias conclusiones en la lontananza mental: Tal vez el matrimonio es un ente pernicioso para el hombre talentudo que como en sus libros acaba enamorándose titánicamente (es decir, desastroso como el Titanic), no sé, no sé.

O tal vez, la culpable es la suavidad de la noche:
Suave es la noche, el título engancha, es como la noche que te pilla enamorándote de la persona equivocada si resulta que las estrellas están fabulosas, que la brisa es un rubor que se eriza en tu cara, y que los árboles son sombras dibujadas por Van Gogh...Entonces, la noche es suave y sus consecuencias... para toda la vida.

EL SEÑOR SCROOGE


Llegan las monsergas navideñas, el desbarajuste publicitario y la imposibilidad de compartir la acera con la soledad. Ahora todo será tumulto, tránsito en todas direcciones, ahorros que se desintegran al primer contacto de escaparate... Algunos, los madrileños, hablan de cortilandia, otros, los infravalorados provincianos y habitantes de pueblo, murmuran algo sobre el Belén del Ayuntamiento... Todos miran el bolsillo, enumeran los regalos con los dedos de las dos manos como impuestos anuales que todavía usan el eufemismo de regalo.


Pones un canal, el marketing sondea a la audiencia y tú te rindes a tu papel de comprador, asumes que por unas semanas tan sólo serás un monigote al que maneja una cartera, una marioneta, un títere movido por las expertas manos de El Corte Inglés.


Ninguna novela transcurre en Navidad, todas huyen de ese escenario escandaloso, pegajoso, falso... Sólo el señor Scrooge, obligado a vivir tres veces la navidad por un inclemente Charles Dickens. Navidades pasadas, presentes, futuras, eternas... y el alma huraña, el espectro de la Navidad danza con su esquelética figura, pero sólo es un cuento, un cuento de Navidad.


INFRAMILEURISTAS


Vistos los tiempos que transcurren: contaminados, estresados, asalariados, y subnormalizados (por el invento de la tele que agoniza y hace agonizar nuestra creatividad).


Visto todo esto, lo mejor es tratar de vivir sin obsesionarse por cotizar a la seguridad social (esos tiempos vendrán irremediablemente), hay que permanecer indiferente y aguantar estoica los no rotundos laborales que le dirigen a una (ser como un Buda, o un Jesucristo inmutable), e invertir el tiempo en palabras escritas (son las que quedan aunque no te lean, las palabras persisten, están enganchadas a la vida, amarradas al barco de la existencia, pertenecen al mundo en cuanto las sacas de tu cabeza...)


Ser como un Buda o un Jesucristo inmutable conlleva horas, entraña meditación y experiencia extraída durante meses de búsquedas infructuosas de un empleo decente (porque indecentes hay muchos, indecorosas ofertas que ni siquiera llegan al rango de salario mileurista) Espido Freire ha escrito todo un novelón sobre el tema, pero ha dejado fuera a los inframileuristas, personajes que se enfrentan a las empresas infrahumanas y supraaprovechadas sin obtener más que su propia mala conciencia por haberse dejado tomar el pelo.


Soy una inframileurista y anhelo la evolución hacia el mileurismo.


Esperando la reedición



Ser un lector libre, es decir, un lector capaz de decidir lo que desea leer y encontrarse totalmente abastecido de las lecturas y autores con los que desea toparse en sus noches ávidas de historias, es una peripecia increíble. Me explico y aporto datos que sustenten mi teoría:


A ver, ¿Quién encuentra los dramas de Victor Hugo aguardándole en la vitrina de novedades de la semana en la librería? ¿Quién puede leer La Hija del Reverendo, de George Orwell sin tener que acudir a un ejemplar harapiento y enfermo de lepra de la biblioteca? Así se rellena de una forma infinita, voraz e inclemente la lista de títulos que una lee por pura fortuna o azares de la vida. Y después están los que nunca se han llegado a ver, son leyendas que circulan por internet, alucinaciones quijotescas.

Normalmente uno está al arbitrio de las modas, dependiendo de las grandes masas lectoras o del marketing que va unido a una película o un centenario, o simplemente a una princesita que regala a su príncipe azul como regalo de compromiso, un ejemplar tan antiquísimo y mono que fue casi parido de la mismísima imprenta de Gutenberg. Así alcanzó altas cotas de popularidad y se convirtió en un superventas del año el Doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Eso sí, la novela fue una incomprendida, un volumen embutido en las estanterías de la casa que aburrió al seguidor de Dan Brown. Pero hubo cientos de opciones, podías elegir la edición que más te gustara y eso llena la panza del comprador de libros.


Lo habitual, para esquivar el capricho editorial, será acudir a los libros de viejo, soportar la alta cotización de las novelas que allí se venden impuestas por los libreros que saben mucho sobre lo que llevan entre manos. Si uno es paciente, tras preguntar el precio que será casi tan alto como la luna, dirá: Bueno, puedo esperar. Alguien se dignará a publicarlo de aquí a unos años. Y si no es así, si es impaciente y las ganas le asaltan como pulgas, pagará lo que sea por la edición mugrosa, casi infecciosa, letal para la piel y la vista de ¨Ciego en Gaza¨ de Aldous Huxley.


Así es como uno simplemente trata de leer lo que le gusta. Es la forma de intentar cambiar de canal en su mente aunque se empeñan en ponerle siempre la primera de TVE.



Y, sinceramente, bajarse los libros de google no es la solución.

SUAVE ES LA NOCHE


Sábado de miopes, la pantalla empieza a doblarse, a convulsionarse, y mis ojos se adaptan a lo que sea.

Estoy leyendo Suave es la noche, Tender is the night. Del marido de la desequilibrada Zelda, es decir, F.Scott Fitzgerald. Desfilan los americanos confortablemente y bohemiamente afincados en Francia, Europa es rica en diversiones, y las mujeres se calcinan en la playa untadas por contraproducentes aceites de coco.
Después, abandonan las costas cercanas a Cannes y corren a situarse bajo la sombra de la Torre Eiffel, que siempre las recibe con su proa de hierro izada en la noche parisiense.
Estoy en medio del libro, los matrimonios son libres y los maridos codician a las amigas de sus mujeres. Todas son preciosas, jóvenes, prometedoras, lanzadas a la vida por el camino de la fortuna. Y las noches son de los americanos que rodean París con su inglés afrancesado.

EL ETERNAUTA





Balzac
se acomodó en su roca ojerosa, gris, empapada de lluvia. Los dos frente al ordenador, con el ADSL fulminando con palabras y cuentos sin padre y derechos de autor, con tanta palabra danzando que sus ojos se quemaron por la excesiva velocidad. La locuacidad de la máquina le aterró, guardó el invento como unos labios que se cierran y callan de repente (pantalla con teclado de portatil). Lo cerró suavemente, encantado con el movimiento de acallar y silenciar a lo que hablaba demasiado.
-Siento una chepa aquí atrás -le contó a la roca mientras trataba de masajearse la distante espalda- Es el dolor de estar así, obsesionado con lo que me cuenta el invento, eternizado en la inclemente postura del oficinista que teclea, y teclea, teclea...
Balzac, a pesar de sus palabras, volvió a abrir los labios de la máquina, la deja parlotear con sus mensajes, fotos, palabra, música, demandas de empleo, ofertas, libros que se leen gratis al precio de los ojos... La roca le miró, ojerosa de información, cansada de tanto leer lo que era inacabable e infinito como el cielo.
-¿Balzac, qué haces? Tienes que escribir, tus obras esperan, despégate del invento, acabarás mal, nadie podrá leer tus obras...
Y balzac sonrió levemente, sonrió de la misma forma en que lo haría un moribundo en su lecho de muerte. La muerte de Balzac no se sabe entonces cómo, pero llegó.