por Lynnsinhill

PARÍS ERA UN PARAISO DE FELICIDAD PARA H.


La semana pasada quería estar en ÁFRICA, recorrerme el continente, internarme en sus laberínticos caminos que siempre enseñan el mismo paisaje: sol, sabana, acribillamiento de luz, arena, acacias casuales... Puede que de repente un bosque, un río... Pero hoy quiero estar en París, de nuevo en esa ciudad:

-Pero, Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde -dijo ella- aunque no tengamos dinero.

-Claro que voy a ir -dije-. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.

-Iremos por la Rue de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos todos los escaparates.

-Estupendo, podemos ir a cualquier parte y meternos en un café donde nadie nos conozca y nos tomamos una copa.

-Podemos tomar dos copas.

-Entonces también podemos cenar en alguna parte.

-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.

-Bueno, volvereremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de ése de la cooperativa de enfrente. Y luego leeremos un rato, y nos iremos a la cama y haremos el amor.

-Y yo te querré a ti siempre y tú siempra a mí.

-Siempre, y a nadie más. -Ahora vamos a almorzar.

Esto es la felicidad. La felicidad de Hemingway a los 22 años, en París, con su mujer, con su hijo, con el perro de su hijo y escribiendo.

SERES IGNORANTES QUE TROTAN CON LIBROS


¿Hoy qué?

Pues hoy me he cruzado con una adoradora de esa literatura. Calle arriba con el nauseabundo tomo ilustrado de "Ángeles y demonios"asomando por la ventana del sobaco. Enseguida se cruzan las primeras palabras en las que se encarama un diálogo desafortunado.

-¿Qué tal tu hija? -interrogo deseando saber sobre esa licenciada en química reconvertida al mundo de los negocios tras recibir una beca para irse a México.

Pero después la orgullosa madre, que recorre las calles con semejante vómito literario ajena al ridículo que hace, me pregunta:

-¿Lo has leído?

-No

-¿Y a Lucía Echevarría?

-Tampoco -replico orgullosa tratando de meter respeto en mi respuesta hacia los que sí leen éso.

Enseguida se formula la respuesta absurda:

-¿Es que no te gusta leer?

-Por supuesto -mi sonrisa se descompone en estupor- Pero... hay muchísimos libros, no sólo ésos.

Trato de hablarle de otros mundos literarios, se los describo, insinúo obras ante sus ojos ignorantes que resumen la literatura en Dan Brown y Lucy. Pero la energúmena sigue en sus trece, asombrándome con sus respuestas impunes.

-Esos son muy aburridos -replica sin saber que ahora es un poco más idiota que antes.

Va "In crescendo". Como una ópera, como una soprano que se desgañita, así progresa su ignorancia.

Después se va, satisfecha calle abajo sin saber que su ignorancia se ha acomodado ya en su lengua y que su mente sólo piensa como una ignorante que ignora que lo es.

DEL TRANVÍA OVÁRICO


Eso era de Henry Miller. Yo le robé el título, me apropié de la idea esa ininteligible del tranvía ovárico de uno de sus trópicos literarios: "Trópico de Capricornio". Soy una usurpadora, pero es que era un homenaje mudo. Un guiño al muertito de Miller que ahora andará por los cielos parisienses escudriñando la vida bohemia que discurre a orillas de su Sena.

Cuando fui a París todavía no conocía a Miller, y vagué por sus calles hasta el cementerio de Pere Lachaise para rendir pleitesía a Oscar Wilde, a Dumas o a Balzac. Quería verlos en sus tumbas. Estaban muertos, hundidos en sus tumbas, pero decían y convulsionaban tanto mi vida con sus palabrejas... Es que estaban mal muertos, a medio morir, todavía hablaban y relinchaban, jadeaban eternamente en sus libros influyendo en mí y a saber en quien más.

No leo a Brown, a Dan Brown.¡Cómo iba a leerlo si ni siquiera tiene nombre de escritor! No me interesa su monalisa, sus escarceos con la biblia, ni sus mentirijillas de novelista, me abruman sus superventas, esa moda que existe hasta en los libros, dictadura editorial de Vogue, de El País... o de qué sé yo.

No, no, señores. La literatura es libertad, rescatar palabras de los sótanos del mundo y construirse uno mismo. La literatura es el ladrillo. No se pueden construir tantas casas iguales. Dirigido a quién me entienda.

LAS ILUSIONES PERDIDAS


No hay ilusiones perdidas, todas son nuevas, metidas en mi mano, apretadas contra mis líneas del destino. Todas son mías, repito, a un gesto de cumplirse o romperse como cristales al toparse con la realidad.

Mucha gente las tiene, algunos a la vista, otros imperceptibles ya en el horizonte de sus sueños, son como un sol que se hunde fatigado por el día, por el horario de ocho horas, o los momentos de rutina cruel donde danzan los hijos, los maridos, mujeres y casas con su corte de obligaciones, o quizás las tengan reunidas todas en un Bar, alojadas tras la barra para que una sonriente camarera se las vaya sirviendo con cada vaso de coñac.

Todas están aquí, sudando en mi mano que no las suelta y las aprieta hasta hacerlas jadear como animalillos porque mis ilusiones no están en un número vendido con un pretexto de Navidad, no rezo ante esa combinación de dígitos para que amortiguen mis dolores en este mundo con sus mullidas formas millonarias.

Mis ilusiones las creé yo, no el Estado. Mis ilusiones las reparte mi trabajo, no la suerte. En ellas sólo trabajamos yo y mi talento. Si las pierdo, sólo yo las habré perdido y sólo yo podré decir que tengo ilusiones, ilusiones perdidas.

HARE KRSNA


Así, inacabable, sin piedad, hasta la siguiente esquina de la autovía para luego retomar el cántico redoblando su furor inicial.

-Hare ramma, hare...

Los oídos empiezan a erosionarse por los cánticos de monofrase, ritmos distintos, piezas que acaban y otras que empiezan, pero todas tienen la frase alargándose como chicle en los estribillos.

-Hare, hare...

Son otros, muchas voces que emprenden de nuevo el salmo.
Es una carrera de relevos donde yo soy la única que me agoto, por mis oídos empieza a germinar un dolor, una puya de esa canción metamorfoseada en aguijón. La autovía sigue larga ante mí.

Acabamos de dejar a mis padres en el aeropuerto, y mi hermana me reengancha a la canción.

-Hare Ramma, hare, hare...

Se van en busca del miembro estadoniudense de mi familia, un niño de tres meses concebido y alumbrado en la inmensidad de la América del Gran Cañón del Colorado, el parque del Yosemite, y cien mil maravillas naturales más. Ahí van mis padres, a vislumbrar la cara de...

-Hare Krsna, hare...

La autovía se acaba, y los tres meses de ausencia de la progenie se alargan ante mí.

EL DISFRAZ DE LA DERECHA Y DE LA IZQUIERDA


El salón se va llenando: una persona, dos personas, tres personas, hasta llegar a ser una multitud de palabras ininteligibles, incontenibles e irrefrenables, como bebés que recuperan el habla tras la amnesia del nacimiento (porque todos ellos dominan un lenguaje, podría ser el chino, el inglés o el flamenco, pero al llegar aquí, al aterrizar en su nueva vida, se han congestionado todas las palabras en el cerebro, su lengua se ha resfriado, su verborrea se condensa en su mente hasta convertirse en una masa imposible de parir con palabras y ya no pueden comunicarse, es un bla, bla, bla, sin forma, pero con contenido)


El salón se ha llenado. Hay dos grupos, el de la derecha y el de la izquierda (siempre hay un grupo a la derecha, y otro a la izquierda, algunos hablan de un tercer grupo, que se ubicaría en el centro, pero ése no existe, es una leyenda, un disfraz en el que una vez se cuelan unos (los de la izquierda) u otros (los de la derecha) según convenga o encuentren más o menos a mano el trajecito.

Pues ahí están los dos grupos, mirándose como dos fieras a punto de enfrentarse en el ruedo letal. Se escudriñan los defectos, los puntos donde la flaqueza asoma, intrigándose con las palabras que se lanzan para sopesar al adversario...

Luego, todo empieza. El salón oscila, tiembla, fluctúa como un tubo de luz. ¿Y luego qué será?

-Pues luego -responde una especie de narrador acomodado con palomitas-, luego, comienza el circo de la política.

LAS APTITUDES DE LA CONCURSANTE


La concursante se observó en el espejo:

-Oh, qué bellos promontorios de pechos mareantes se alzan aquí en medio. Un plantel de seducción- se dijo mientras vapuleaba con sus manos los dos pechos.

Después se giró y pudo apreciar la voluptuosidad de su trasero comprimido, como un fruto maduro a punto de estallar, bajo el traje de lentejuelas.

Enseguida le tocó el turno a los labios y empezó a juntarlos y a desjuntarlos rítmicamente y sin pudor en un descarado intento de imitación Monroe. La concursante entonces consideró que no sobrevaloraba sus aptitudes cuando le decía a todo el barrio que iba a ganar el concurso.

Rapidamente salió al escenario, orgullosa de ser una carne sobre el mostrador. Allí los hombres la desearon y la toquetearon con la mirada.

Ganó, se casó y se puso a parir hijos con la misma voluptuosidad en la carne que ella había disfrutado en sus años de concursante.

LA EQUIS EN EL COGOTE


"La fortuna -pensaba el genio- es como una equis que se te marca en el cogote para que pueda perseguirte mientras caminas por cualquier parte, incluso por el metro".

Así anda, con su placaje y sus desvelos por alcanzarte antes de que te llegue alguna desgracia, aunque sea nimia... Pilla e intercepta al afortunado en cualquier esquina fantasmagórica y, aunque huela a drogadicto con mono, ella te levantará. Siempre te pondrá una servicial corte de amigos, y un harén con lo que más gustes.

"Después,"seguía el genio dilucidando, "están los otros;los que llevan un tremendo morado en todos los ángulos del cuerpo, con los ojos bajos, imposibles de crear un vis a vis con una mujer, u hombre, porque temen el flechazo que los deje más lívidos y apocados que antes, el beso nunca se producirá, ni siquiera las palabras simpáticas y huyen antes de que el convoy del tren llegue, pues la suerte es un animal que se deja tentar con cualquier tontería, no tiene aguante, cualquier desgracia le parecerá buena. No busca nada en especial, sólo desgracias, grandes, enormes, fatales, tremendas, catatónicas, rastreras, y tramperas", concluyó el genio.

Después de todo esto, el genio se hizo la pregunta: ¿Dónde estoy yo? Y se situó tras el espejo intentando localizarse la equis que tendría que estar ahí, tras la madeja bicolor (blanca y negra-) de su cabello. 

-¡Dios, no está, no la veo! -gritó dolorido ante el futuro- ¡María, ven, ven! Díme, ¿ves una equis?

Su esposa, su amante, su mejor amiga, su ayudante de laboratorio, le inspeccionó el cogote.

-Pues no, no veo nada -María se retiró harta de tanta extravagancia de científico.

A partir de ese día, el genio dejó de tomar trenes, autobuses, y aviones, y empezó a pensar que su mujer le engañaba con todos. Incluso las mujeres eran buenas postoras en esta subasta de mala suerte, para que la desgracia se dejara tentar, y para que su esposa le engañara por todos los frentes posibles.

TRIBUNAL...



De los 24 a los 26, de España a otro continente, de un pueblo alicantino al Madrid atestado de los Vips y marabunta de Tribunal. Próxima parada... y la voz femenina pronuncia un convincente tribunal, metálico, grabado en alguna sesión preparada para METRO MADRID. Entonces la línea 10 te dejaba abajo del todo, y tenías que alzanzar la ciudad remontando cuatro o cinco escaleras donde la gente creaba rabos de largatija.

Después salías, la noche del viernes cabalgaba en los rostros de la gente -perfecta, moderna, atracadores de escaparates de Fuencarral ,engalanada, medio parisiense con algo de newyorkina (lo sabía porque aún recordaba el aspecto de aquéllos a los que había entrevisto con mi licencia de turista de interrail o visado de estudiante en USA)-.

Recorría mi distancia, manejaba las esquinas con rapidez, las calles eran segundos para mí y entonces oteaba mi balcón, sin aspiraciones de Julieta, sólo un hueco en el que meterme...
Madrid está contaminado, el silencio es un desterrado -un ser blanco al que todas las noches tratan de matar con botellones bajo mi balcón-, pero yo tenía un salvoconducto para salir de la ciudad todos los sábados por la mañana. Cuando los vestigios de la noche salvaje todavía humeaban, huía hacia la montaña, hacia la escalada, hacia el primitivismo de la roca que se escala y el cielo que se junta con tus manos.

El banco frente a la Thomas Cooper Library




En mis frecuentes trasiegos siempre trataba de localizar el resquicio libre de mi banco, con sombra, frente al estanque, frente a las idas y venidas de la escalera de la Thomas Cooper Library: una escalinata por donde se paseaban rostros mundiales, o prototipos de norteamericanos que se adelantaban unos pasos para alcanzar un pase del balón de rugby que alguien rubio, alto, con sandalias, y desenfadas bermudas lanzaba desde una esquina.

Yo me sentaba en mi banco, haciendo mis deberes primero, después condensando notas para un no se qué posterior en el que todavía ando.

A veces, en Agosto, cuando ya no había estudiantes de la Marina de los Estados Unidos, ni chicas con minifalda, ni frisbis, ni sandalias, ni biquinis en pleno ambiente académico, me volvía a sentar en mi banco, a esperar a mi hermana.

Entonces, podía suceder que levantara la vista y me encontrara a Li Kai, con su figura escuálida, con sus músculos sin definir, un hombrecillo de 27 años asiático y obsesionado con la belleza occidental.


Se sentaba a mi lado, y empezaba a flotar su inglés made in Taiwan, esforzándose por desterrar el acento, pero su "Ena" dirigiéndose a mí, era una innoble y vejatoria pronunciación que erizaba mis oídos que se indignaban como mujeres casadas ante una indecente proposición.

Después seguía hablando, hablando...

Y luego mi hermana llegaba, llegaba...

LA SUAVIDAD PERNICIOSA


Cuando leo a Scott Fitzgerald, sé que he topado con un hombre infeliz. Sólo hay que leer títulos como Hermosos y malditos o Suave es la noche... Ejemplos de ello, puedes sentir y ver a la juventud que decae, como la hoja decrépita de un árbol, mientras Fitzgerald está amarrado por matrimonio a una mujer desequilibrada, caprichosa y extraña: Zelda. Todo son retratos de hombres que son envidiablemente jóvenes, la elite popular de la zona, guapos con un dolor insoportable para el feo, inteligentes y prometedores hasta que la vida les pilla los dedos.


Si alguien lee París era un fiesta, de Heminghay, encontrará un retrato puro del escritor: Inseguro, hipocondríaco, con el talento interceptado por Zelda que le hostiga, le aturde con sus locuras todavía sin diagnosticar. titánicamente (es decir, desastroso como el Titanic), no sé, no sé. O tal vez, la culpable es la suavidad de la noche:

Suave es la noche, el título engancha, es como la noche que te pilla enamorándote de la persona equivocada si resulta que las estrellas están fabulosas, que la brisa es un rubor que se eriza en tu cara, y que los árboles son sombras dibujadas por Van Gogh...Entonces, la noche es suave y sus consecuencias... para toda la vida.

Bueno, tras esto, varias conclusiones en la lontananza mental: Tal vez el matrimonio es un ente pernicioso para el hombre talentudo que como en sus libros acaba enamorándose

EL TERRORISTA MEDIOAMBIENTAL


(Ayer tenía buenas ideas, pero las sábanas me dejaron pegada a la inactividad y la modorra del sueño que cae clavándose en las pupilas. Así que no desenvainé el ordenador, lo dejé metido en la oscuridad de su recinto...)

Smith se observaba las uñas de los pies, olían a rancio y una indecente capa de suciedad tapizaba los picos salientes de la garra del dedo gordo, aún así, se calzó las sandalias y caminó unas yardas maravillosamente acariciado por la brisa de la mañana. El sol, con su calor, todavía no le hacía jadear, se aproximó a la vera de la playa abandonando el paseo marítimo de cimbreantes palmeras.

En la playa contempló a los obsesos del moreno, a esos seres de ojos blancos, como islas, bordeados por un negro chapapote y extendidos como toallas sobre una arena blanca que parecía alarmada por tanta inconsciencia.

Smith se tocó su sombrero de alas de paja, y después su rostro. Más tarde se sentó a desayunar en una cafetería desde donde se divisaba una temblorosa montaña con su piel verde de pinos, luego más abajo, en la ladera, Smith contempló con estupor los primeros bocados al monte.

Los ladrillos comenzaban a hincarse en la tierra, un maldito salpullido de construcción. Smith, aquel día, juró que nunca más volvería a aquella playa, o tendría que considerar convertirse en un terrorista medioambiental.

ESPERANDO LA REEDICIÓN


Ser un lector libre, es decir, un lector capaz de decidir lo que desea leer y encontrarse totalmente abastecido de las lecturas y autores con los que desea toparse en sus noches ávidas de historias, es una peripecia increíble. Me explico y aporto datos que sustenten mi teoría:

A ver, ¿Quién encuentra los dramas de Victor Hugo aguardándole en la vitrina de novedades de la semana en la librería? ¿Quién puede leer La Hija del Reverendo, de George Orwell sin tener que acudir a un ejemplar harapiento y enfermo de lepra de la biblioteca? Así se rellena de una forma infinita, voraz e inclemente la lista de títulos que una lee por pura fortuna o azares de la vida.
Y después están los que nunca se han llegado a ver, son leyendas que circulan por internet, alucinaciones quijotescas.

Normalmente uno está al arbitrio de las modas, dependiendo de las grandes masas lectoras o del marketing que va unido a una película o un centenario, o simplemente a una princesita que regala a su príncipe azul como regalo de compromiso, un ejemplar tan antiquísimo y mono que fue casi parido de la mismísima imprenta de Gutenberg. Así alcanzó altas cotas de popularidad y se convirtió en un superventas del año el Doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Eso sí, la novela fue una incomprendida, un volumen embutido en las estanterías de la casa que aburrió al seguidor de Dan Brown. Pero hubo cientos de opciones, podías elegir la edición que más te gustara y eso llena la panza del comprador de libros.

Lo habitual, para esquivar el capricho editorial, será acudir a los libros de viejo, soportar la alta cotización de las novelas que allí se venden impuestas por los libreros que saben mucho sobre lo que llevan entre manos. Si uno es paciente, tras preguntar el precio que será casi tan alto como la luna, dirá: Bueno, puedo esperar. Alguien se dignará a publicarlo de aquí a unos años. Y si no es así, si es impaciente y
las ganas le asaltan como pulgas, pagará lo que sea por la edición mugrosa, casi infecciosa, letal para la piel y la vista de ¨Ciego en Gaza¨ de Aldous Huxley.

Así es como uno simplemente trata de leer lo que le gusta. Es la forma de intentar cambiar de canal en su mente aunque se empeñan en ponerle siempre la primera de TVE.


Y, sinceramente, bajarse los libros de google no es la solución.

EX JOVEN

Me he topado con esto: Ex, y a esto, después, le seguía joven. EX JOVEN

Me ha parecido que como las ex mujeres, como los ex maridos, los ex amantes, los ex patriados (sé que va unido), la juventud deja sus huellas, sus marcas cosidas en el corazón, y que después todo es como una ex vida que has dejado de vivir por caducidad.

CRÓNICAS DEL BOLSILLO


Apenas tengo dinero, una suma miserable que no alcanza el rango de mileurista. No soy el prototipo de comprador que las tiendas desean ver curioseando entre sus estantes, mi bolsillo es escaso, sigue defendiendo la vieja concepción de un retazo de tela cosido a unos agujeros laterales donde yo entremeto mis manos mientras paseo una mirada contemplativa: de arriba a abajo, desde el centro de la tienda hasta los laterales, y luego me encamino hasta la puerta porque sigo buscando el regalo perfecto, no una excusa barata para echar mano a la tarjeta.


Pero los dependientes no lo saben, y se me acercan con discursos pegajosos, sonrisas de joker, servilismo colonial... "Cómo les explico que yo sólo busco el regalo perfecto, alguien me ha dado el chivatazo, me ha contado que está por ahí, en algún estante, sofocado por los adornos de Navidad, y adormecido por la calefacción que empuja al termómetro a marcar un microclima, a proclamar un Agosto. "Horrible calefacción que me hace parecer ridícula en mi abrigo" -me digo desnúdandome, quitándome pieles innecesarias, y convirtiendo mis brazos en unos percheros donde cuelgo la bufanda y el abrigo.

'Sí, Sí, el regalo perfecto, -y salgo de la tienda, otra tienda más, persiguiendo su leyenda.

LA EMPANADA PELIGROSA


Ignatius Reilly sonreía con devoción de hijo mientras su madre organizaba la mesa de la merienda.
Los trozos de empanada mostraban su sugerente cuerpo alimentado de atún y tomate, las tazas brillaban huecas e impolutas desde su camastro de porcelana pintada, a la derecha, hondas cucharadas de azúcar y miel prometían los tarros desbordantes de futuras caries, y el café humeaba tranquilamente desde el acomodo de la cafetera italiana.


Ignatius volvió a insistirle con la mirada a su madre: "Por favor, sólo unos trozos de empanada, los cogeré de tal modo que no se notará el hueco". Pero como su madre seguía con su baile indiferente, Ignatius se decidió por hacer uso de la voz, aquel potente instrumento del que se servía para intimidar a los seres delgados y atractivos, pero de voces ridículas.


-Mamá, déjame probar la empanada, me temo que esta vez, por el olor que despiden, has usado algo en malas condiciones. No quiero jaleos con nadie, y menos aún teniendo en cuenta que has invitado a un policía a merendar, no quiero que caiga redondo sobre nuestra mesa y luego nos acusen de asesinato. Así que...
La oronda y excesivamente sobrealimentada mano de Ignatius se alargó, como una sombra amenazadora, sobre el contingente de empanadas.


Su madre le miró silenciosa, viendo cómo el primer mordisco de empanada se agitaba entre los dientes de su hijo. Luego, Ignatius recolocó los demás pedazos haciendo desaparecer el hueco revelador que había causado con su gula.


-Bien, Ignatius, ¿cómo estaba la empanada? ¿Crees que alguien morirá esta tarde aquí?

-No te preocupes, mamá. Una vez más, gracias a tu desinteresado hijo, podrás estar tranquila mientras tus invitados comen.


EL CIUDADANO RICK


Rick paseaba, en verano, con sus sandalias Teva, el rostro huesudo y expresivo, las piernas enfundadas en los bermudas y la boca siempre hablando, relinchando de política, y vomitando críticas sobre la jeta de su presidente: George Bush.

De vez en cuando, se acercaba al aparato detector de terremotos para sopesar su funcionamiento, seguiría vivo un par de decadas más, el cachivache setentón pillaría un par de terremotos antes de la jubilación. Después ponía la música, alta, estridente y moderna para que llenara de juventud sus cincuenta y tantos años, y sus compañeros del Departamento de Sismología pudieran sonreír levemente.

Hablaba rápido, demasiado para un no nativo, y divagaba sobre Francia y de lo bien que se portaban los franceses con su padre: uno de los supervivientes del desembarco de Normandía.
Todos los años, el gobierno francés le tendía la invitación a su padre, honores y primores le caían entonces, porque Francia aún recuerda, un cementerio inmenso donde se postran miles de tumbas de hombres patrióticos le obliga a ello.
Y Rick adora esos aires bohemios de Francia.

-Cualquier día de éstos -no hace más que repetirlo como una amenaza espetada en la cara del mismísimo Bush- Cualquier día de éstos, me voy a Europa, estoy harto de este país, las cosas van muy mal.

Rick tiene todo el aspecto de un ciudadano de los Estados Unidos, quizá, la mente, la tenga un poco hereje, divergente, pero adora a su país, y por eso se enfada y se cabrea, no puede evitar odiar al que trata de hundir lenta, pero inexorablemente, su hogar: G. Bush.

LA TORMENTA DE NIEVE


El avión tardó diez horas en dejarme en la terminal de llegadas. Nieve era lo que se veía tras los cristales, un Ikea durmiendo y congelado de frío en las lindes de la terminal y a las máquinas enzarzadas en la tarea de despejar la pista. Y después, a los tripulantes, al personal del aeropuerto de Newark.(Nueva York) encaramados en el pescante del invento, repitiendo, tripitiendo la tarea de cargar nieve y descargar.


-Bajar, bajar, bajar –obsesionaba a mi mente, -Aire libre, puro, no aire enclaustrado y mil veces respirado y espirado. Relajarme, relajarme, -los consejos vagaban por mi mente intentando inyectarme tranquilidad, meter calma en los nervios, convertirlos en todo menos en nervios.


“Pero, ahora cuando baje, ¿qué? El aeropuerto está cerrado por la tormenta de nieve” y yo viajo sola, histéricamente sola”. ¿Dónde dormiré?, ¿Dónde meteré esta noche mis huesos, donde estiraré mi anatomía para alcanzar el merecido sueño? Aeropuerto cerrado, vuelos cancelados... y en las postreras horas qué será de mí y de esa tremenda maleta que esclaviza mis músculos y que acuclilla mi cuerpo.


“Relax woman, relax, hay un superhéroe dentro de ti” -me decía como una terapeuta de la vida.


Un par de hombres latinos trabajaban a destajo tratando de despejar la zona de nieve. Yo esperaba la lanzadera que me llevaría al hotel y les observaba atendiendo a cada una de sus palabras.


Uno de ellos era joven, el otro curtido ya en América.

-¿Cuánto tiempo llevas acá tú?

-Van a hacer ya doce años –replicaba el otro acomodándose en su pala y repasando con la vista tantos años de vida.


Yo sonreía, escuchar esa conversación compensaba mi vuelo loco. Y cuando llegué al hotel me maravillé con su cama, con su baño y su agüita cayendo, y el sueño que descendía ya aterrizando en mis ojos.

1984


Cuando Winston Smith trabajaba de funcionario, aterrado por el Gran Hermano, en el Ministerio de Propaganda del Gobierno, conoció a una chica que le gustaba: apetitosa, atrevida, joven e inaccesible para su jeta de hombre inseguro.

Era tan consciente de sus desventajas físicas que interpretó mal el interés que empezó a despertar en ella. Pensó que era una espía, una doble agente camuflada en los estratos laborales que vislumbraba en él a un libre pensador, un practicante de la pluma y un lector de libros prohibidos que de vez en cuando se retiraba del ángulo de interceptación de la telepantalla de su habitación (cosa que frecuentemente hacía, sólo así se mantenía vivo: pensando)

De modo que cuando el escueto vestido de ella se le arrimó, cuando su escote atesorando artefactos de la sexualidad quedó tan evidente ante él, se quedó lívido, aterrado, como si un fantasma o un cadáver con las cuencas de los ojos agusanadas hubiera intentado aparearse con él.

Se retiró, vaciló, dos o tres pasos hacia atrás, con los miembros temblorosos y su virilidad en entredicho, malgastando energía intentando aparentar frialdad cuando ella desplegaba el menú de sus encantos ante él.

-Oh, -insinuó ella con un mar de sensualidad brotando de sus labios- Podemos quedar en una cabaña retirada, está en un bosque, oculto por millones de árboles ajenos a los planes urbanísticos del alcalde del pueblo. Desde allí, el gran Hermano no ve, no siente, no intercepta el calor... Seremos una hoguera invisible para el mundo.

-No sé -dijo el tonto de Winston que no creía que la vida, de repente, se mostrara tan benévola y dulce con él.

Ella venció sus temores mostrándose entera y dejando que el vestido le rodara acariciando el dedo gordo de su pie izquierdo. Después Winston disfrutó de la vida, pero, eso sí, lloró de impotencia cuando el Gran Hermano hincó su mirada totalitaria en él.

THANKS FOR HOLDING (Gracias por aguantar)


-Todos los besos que reciba a partir de ahora serán redundantes.

Un sonido se propagó, ensanchándose en el aire. Era la música que un tren de mercancías insertaba en el ambiente sureño.

-Pues sí. Todos serán redundantes, será como llover sobre mojado, -y erguí mi mirada que hasta entonces había mantenido achantada bajo la visera de la gorra-. Tengo santificados mis recuerdos -dije sonriendo de la misma manera en que lo hacen los viejos, ya sabéis, sustentando mi sonrisa con recuerdos.
-Me voy, tengo clase.


Un tren volvió a sonar, su sonido se esparció como la banda sonora del lugar. Salí, bajé las escaleras y caminé sobre un césped ideal para mis pies que tienen nauseas al asfalto, tanto como mis pulmones odian seguir la estela de humo de algún fumador. Mis ojos tragaban imágenes saludables, barrios verdes, casas parapetadas tras jardines y la cara sonriente de algún americano ajetreando su lengua con un “Buenos días” mientras una enorme sonrisa se extendía desde la mejilla este hasta la mejilla oeste.

-Hace un maravilloso miércoles, ¿verdad?-Dijo un hombre viejo, jubilado, pero con una capacidad bárbara para apreciar los buenos miércoles, alzó su rostro y conectó su mirada con el sol.
-Sí, realmente hermoso -repliqué.

Y ambos no detuvimos a observar el sol que como un mayúsculo gandul andaba tendido entre algodonadas nubes. Reanudé mi camino por un túnel de vegetación, a lo lejos repicó la torre de un reloj entonando el himno americano. Inspiré y espiré.

Las notas goteaban como soldados cumpliendo una sagrada misión. Verde para mis ojos, música patriótica para mis oídos y ante mí una mañana arrastrando todavía los faldones de su camisón. No había americanismo en mi conducta, sino simple gusto por la tranquilidad y la armonía que se extendían como una capa más de la atmósfera.

-Las nueve, las nueve –me dije- hora de ser un guiri del idioma, de hacer turismo por los verbos de la patria anglosajona.

Me deposité sobre el sofá. Fuera, en el cielo, una fogata, la del atardecer, repartía naranjas y rojos.

-¿Sigues diciendo que tus recuerdos están santificados?
-Sólo los de amor –me defendí- los demás apenas los uso, y al final los recuerdos de no recordarlos se olvidan.
-¿Tú crees?
-Yo creo – y sonreí moviendo mi boca hasta el antiguo cauce de una sonrisa.

El jueves sigue al miércoles e inevitablemente amaneció. Entré en el edificio, iba a ver a un pariente, ¿se puede tener parientes a diez mil kilómetros de distancia de tu hogar? En esta era de aviones se puede. Alguien me sostuvo amablemente la puerta. Repliqué “thanks for holding” y sonreí. El gesto se reprodujo en el otro rostro. Ahí estaban las dos sonrisas, la suya y la mía, simultáneas, contemporáneas, saludándose como dos compinches mudos. Tras la exhibición de sonrisas ascendí por unos contundentes y empinados escalones. Estaba en el edificio de la facultad de Ciencias de la Tierra y los escalones eran versiones de mármol del Everest o del K2. Sonreí, siempre sonrío ante un esfuerzo físico, pues sé que mi cuerpo, quejica en apariencia, se pone enseguida contento y satisfecho a contornear músculos.
Por fin llegué. Ahí estaba mi pariente embobado en su despacho tapiado, no hay ventanas, por lo tanto no hay jirones de cielo que pueda interceptar con mi mirada mientras hablo con ella.

-¿Quieres ir a Nueva York conmigo? –me soltó al mismo tiempo que la música de su compañero de departamento intentaba dar una vuelta por mi capacidad de concentración.
-¿Nueva York? , No sé –contesté- Ya sabes que odio las grandes ciudades, no creo que pueda hacer una excepción con Nueva York.
-En fin, piensa que puede ser divertido, aunque sea simplemente para confirmar tus odios.
Mi mirada asiente, “divertirme odiando” –me dije- La verdad es que no lo había pensado y me escabullí a comprarme una cámara para la ocasión.

Las olas son negras y plateadas, y el mar es el trozo de Atlántico que flota ante Nueva York.
-No busques estrellas en el cielo –me aconseja mi pariente- búscalas en los edificios.
Hace un frío terrible aquí en el ferry, un viento helado que anestesia los rostros, pero la ciudad me seduce, aunque sea a lo lejos perfilando su contorno vertical. “
Para arriba, para arriba” –me digo- así crece la ciudad, “como una rara planta de cristal”.
Enseguida los turistas llenan la cubierta, la ciudad posa y ellos también. Rápidamente entran. Nueva York ha sido capturada, y yo me quedo con el frío que se espesa a mi alrededor. En este momento no hay virus, no hay una sombra de enfermedad, ni un resfriado asomando su contorno de estornudos. Sólo frío, escenario mágico donde mis pensamientos están encantados porque levantan la vista y yo estoy solo con esta amante de luces que asalta mis ojos.

-¿Sigues pensando que todos los besos que recibas a partir de ahora serán redundantes?

-No –admito- necesito la mirada de quien dejé lejos, quizás sus labios tengan ya demasiados besos esperándome.

A LAS PUERTAS DEL DIOS DE LAS ENTREVISTAS


Hoy he tratado de hacer una entrevista.

El sujeto parecía receptivo, medio sonreía ante la perspectiva de una entrevista más en su ajuar de hombre popular.

Yo me personé ante las puertas de su despacho, dispuesta a cazarle a él y sus declaraciones que ansiaba que fueran peliagudas, incendiarias, una sarta de críticas irrefrenables...

Y yo, yo, su contenedora, su cazadora, responsable de la forma y embellecimiento de la tensión social de su discurso.

Pero no, siempre se tuerce, y he esperado, esperado y llamado a su móvil (Tantas veces)...


Pero nada, sin entrevista, sin declaraciones, sin mis 60 euros de trabajo y cabreada, indignada en mi piel de persona obviada.

Una mañana dedicada a esperar, y cansada porque esperar y cabrearse cansa, agota, extenua la carrocería del desesperado.

Y mi cámara de fotos sin desenvainar, mi boli sin ser restregado por la superficie de una libreta, mi grabadora sin hundir su play y su rec expectantes y ese cretino... ese cretino... ¿Donde andará ese cretino?

Supongo que mi medio es humilde, y yo una veintisieteañera que aparenta 16...

En fin, la felicidad en esta vida nunca se coordina: cuando eres joven no tienes dinero, y cuando lo tienes la juventud es un marciano que una vez bajó a visitarte a tu planeta....

MEMORIAS DE AFRICA


Para entender el continente africano, sufrir de empatía y recolocar las carnes del primer mundo en la vasta África, hay que evitar escuchar el parloteo de los políticos. Ellos se limitan a presentar el Plan Africa y enunciar, como un glorioso propósito digno de alabanza, que:

"Con este plan se persigue el apoyo a la participación de empresas españolas en la explotación de los recursos de hidrocarburos de África, con vistas a reforzar la seguridad energética de España y de manera sostenible y beneficiosa para el desarrollo económico y social de Arica".

(Risas de indignación agitando mi pecho) Es el lobo disfrazado de caperucita, es el Gobierno de España intentando contentar a Repsol, ahora que ha perdido sus bolivianos hidrocarburos y anda famélico. Son las paparruchas que sueltan los Gobiernos, las animaladas que leo crítica desde mi butaca de internauta.


Mejor, mucho mejor, leer a Ryszard Kapuscinski, meterse en sus polvorientas descripciones, tomar un barco hasta Zanzíbar porque anda en guerra y a Europa parece que le interesa ÁFRICA sólo porque se pelea, porque sus refriegas son ancestrales, tribales, étnicas y genocidas.


Para entender a Africa, hay que leer a alguien que la haya amado.


AVIDEZ




Ah, bueno...Sí, éso de las envidias o como dijo aquel inútil que pretendió contratarme, eso es avidez, es decir, la avidez es la envidia sana que siente tu vecino al verte lanzado a velocidades vertiginosas por tu cochazo. Eso, sí, envidia sana.
Esa sería la nueva acepción de la palabra, se puede aceptar o protestar y decir :
Es más bien el deseo que sientes por comprarte un diccionario para saber de una puñetera vez qué significa avidez. Así dejarás de sentirte en la cuerda floja de tu ignorancia verbal mientras me lo explicas apuntándome tus sabidurías en la servilleta de un bar.

Le recuerdo, sí, apuntando con avidez sus explicaciones sintiendo avidez por la cerveza que tomaba el vecino, y avidez por dárselas de enterado ante un trío de desempleados.

Nada más salir de la taberna (para que me entienda Alatriste y para recuperar el castellano) se lo tuve que soltar antes de emprender la caminata, la peregrinación hasta la experiencia que él pretendía que iniciasemos aquella misma mañana, puesto que no tenía sentido su discurso ávido por captarnos y engañarnos y yo estaba ávida por largarme. De modo que:


-Lo siento Don Avido, creo que este trabajo no es para mí. No deseo hacerle perder el tiempo, el valioso tiempo de un tocapuertas empresariales, aquí me apeo.

-Ah!! -suelta el avidoso- pero si no lo sabes aún, tal vez te guste el trabajo. Ven con nosotros, no puedes estar segura.


Pero su avidez por contratarme no pudo conmigo, y me quedé ahí atada y satisfecha con la nueva acepción de avidez paseándose por mis recuerdos y deseosa de verterla en el parráfo 3 de mi diccionario.
Avidez: Envidia sana.

LA GAVIOTA COLÉRICA DE VICTOR HUGO


Desde que he dejado de buscar trabajo, y parece que lo tengo, estoy más vacía. Más parecida a:

"Búsquenme entre esta caja hueca de mi intelecto y no me hallarán, pues por él sólo corren ráfagas de agobios y cuentos de la lechera haciendo cuentas de vieja".

Ésa soy yo, busco entre las cotizaciones de mis colaboraciones de freelance para saber hasta donde llegará el montante de este mes: si hago ésto, si hago aquéllo, si me olvido de respirar y me pongo a teclear noticias y reportajes arrojándolos como una loca máquina fotocopiadora...

No hay Balzac, las Ilusiones perdidas es una vana lectura que reposa sus lozanas formas sobre el edredón de mi cama, no lo tomaré esta noche, y mañana seguirá su prosa intacta, adormecida... Y Victor Hugo vendrá a gritarme esta noche, entre sueños, acudirá a reprenderme, a alzar su dedo como una gaviota colérica porque Balzac murió por algo, para algo, para que lo leyera, lo leyésemos, enfermó y murió de tanto escribir...

Las historias, las palabras, los personajes, le tenían cercado. "Escribe sobre nosotros, habla sobre nosotros, !Háznos existir!" -le decían esos seres desde las parcelas de su imaginación, desde esos lindes que día tras día intentaban echar abajo.

Cincuenta y un años, y el hombre prefirió morir escribiendo que dejar de seguir, aunque fuera un sólo día, el ritmo frenético de sus ideas de escritor.

EL CIELO QUE NO VEMOS


Balzac ya está mostrándome su panza literaria, voy a invadirle a él ahora, está precioso con su nombre impreso en ese volumen nuevo, recien parido, y yo..yo... me muero de deseo por él, es un lascivo, un juguetón de las palabras. Sé que no es propio de una chica, que debo frenar estos impulsos de varón del Cromañón, pero me hartan los límites en los que me muevo, quiero vivir en una caverna y estirarme sobre la roca, y las estrellas mías, sin luces de Navidad, !!que las maten a todas!

Quiero mirar mi cielo, plantar mi belén y abeto allí, en esas alturas inviolables ¿Por qué poner adornos si las tenemos a ellas? Dulces, ingrávidas, de ensueño, deslumbrantes, inacabables, saturando, desbordando mis ojos con su luz...

¿Y aquí? Aquí adornos de Navidad diseñados por Ágata Ruiz de la Prada, ella y su sueldo extra de Navidad (sufragado por el Ayuntamiento de Madrid) simulando un cielo que no vale la pena mirar.

ESPERANDO A GODOT


Cuando Godot finalmente apareció, Vladimiro y Estragón se lanzaron miradas de asombro y estupefacción. La espera terminaba, ese asunto al fin sería hablado, y Godot alargaría sus manos milagrosas hacia el problema y lo haría desaparecer (un zas de magia asomando sus dimensiones increíbles sobre lo que creían imposible de erradicar).

Vladimiro entonó la primera frase.

-Oye Godot, ¿nos podrías dar trabajo? Hemos presentado nuestro currículum en cientos de empresas y todas tienen una cobertura absoluta, total y eterna de los empleos existentes.
Si vieras nuestros pies... son llagas adheridas a los tobillos de tanto que hemos caminado, y los ojos...! Estragón ha perdido la visión del ojo izquierdo de tanto navegar en esas bolsas de trabajo abominables, tanta virtualidad nos ha llenado de virtuales esperanzas laborales, de ésas que...

-Ay, Godot -interrumpió Estragón fluctuando por la llanura en las que los tres se habían citado- Esos miserables nos han humillado desde esos mullidos sillones en los que se encuentran postrados, tendríamos que ser como Henry Miller y gritarle al presidente de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica, y contarle que nosotros nos hemos dignado a rebajarnos, a ONEGEARNOS a trabajar en su empresa humilde y catastrófica.

-Sí!-reemprendió el ataque Vladimiro que hundía en sus ojos una mirada orgullosa, de lucha de clases- Godot, ayúdanos, pedimos tu clemencia, tu limosna laboral.

Godot, que hasta entonces había permanecido estático, impenetrable, arrimado al único árbol que proyectaba una sanísima sombra en la llanura, carraspeó y dijo:

-Lo siento, amigos. Esto es un sueño, pues soñáis, y Godot sigue sin venir.

LA PRÓRROGA


De los 24 a los 26, de España a otro continente, de un pueblo alicantino al Madrid atestado de los Vips y marabunta de Tribunal. Próxima parada... y la voz femenina pronuncia un convincente tribunal, metálico, grabado en alguna sesión preparada para METRO MADRID.
Entonces la línea 10 te dejaba abajo del todo, y tenías que alzanzar la ciudad remontando cuatro o cinco escaleras donde la gente creaba rabos de largatija. Después salías, la noche del viernes cabalgaba en los rostros de la gente -perfecta, moderna, atracadores de escaparates de Fuencarral ,engalanada, medio parisiense con algo de newyorkina (lo sabía porque aún recordaba el aspecto de aquéllos a los que había entrevisto con mi licencia de turista de interrail o visado de estudiante en USA)

Recorría mi distancia, manejaba las esquinas con rapidez, las calles eran segundos para mí y entonces oteaba mi balcón, sin aspiraciones de Julieta, sólo un hueco en el que meterme...

Madrid está contaminado, el silencio es un desterrado -un ser blanco al que todas las noches tratan de matar con botellones bajo mi balcón-, pero yo tenía un salvoconducto para salir de la ciudad todos los sábados por la mañana. Cuando los vestigios de la noche salvaje todavía humeaban, huía hacia la montaña, hacia la escalada, hacia el primitivismo de la roca que se escala y el cielo que se junta con tus manos.

SUAVE ES


Cuando leo a Scott Fitzgerald, sé que he topado con un hombre infeliz. Sólo hay que leer títulos como Hermosos y malditos o Suave es la noche... Ejemplos de ello, puedes sentir y ver a la juventud que decae, como la hoja decrépita de un árbol, mientras Fitzgerald está amarrado por matrimonio a una mujer desequilibrada, caprichosa y extraña: Zelda. Todo son retratos de hombres que son envidiablemente jóvenes, la elite popular de la zona, guapos con un dolor insoportable para el feo, inteligentes y prometedores hasta que la vida les pilla los dedos.

Si alguien lee París era un fiesta, de Heminghay, encontrará un retrato puro del escritor: Inseguro, hipocondríaco, con el talento interceptado por Zelda que le hostiga, le aturde con sus locuras todavía sin diagnosticar.

Bueno, tras esto, varias conclusiones en la lontananza mental: Tal vez el matrimonio es un ente pernicioso para el hombre talentudo que como en sus libros acaba enamorándose titánicamente (es decir, desastroso como el Titanic), no sé, no sé.

O tal vez, la culpable es la suavidad de la noche:
Suave es la noche, el título engancha, es como la noche que te pilla enamorándote de la persona equivocada si resulta que las estrellas están fabulosas, que la brisa es un rubor que se eriza en tu cara, y que los árboles son sombras dibujadas por Van Gogh...Entonces, la noche es suave y sus consecuencias... para toda la vida.

EL SEÑOR SCROOGE


Llegan las monsergas navideñas, el desbarajuste publicitario y la imposibilidad de compartir la acera con la soledad. Ahora todo será tumulto, tránsito en todas direcciones, ahorros que se desintegran al primer contacto de escaparate... Algunos, los madrileños, hablan de cortilandia, otros, los infravalorados provincianos y habitantes de pueblo, murmuran algo sobre el Belén del Ayuntamiento... Todos miran el bolsillo, enumeran los regalos con los dedos de las dos manos como impuestos anuales que todavía usan el eufemismo de regalo.


Pones un canal, el marketing sondea a la audiencia y tú te rindes a tu papel de comprador, asumes que por unas semanas tan sólo serás un monigote al que maneja una cartera, una marioneta, un títere movido por las expertas manos de El Corte Inglés.


Ninguna novela transcurre en Navidad, todas huyen de ese escenario escandaloso, pegajoso, falso... Sólo el señor Scrooge, obligado a vivir tres veces la navidad por un inclemente Charles Dickens. Navidades pasadas, presentes, futuras, eternas... y el alma huraña, el espectro de la Navidad danza con su esquelética figura, pero sólo es un cuento, un cuento de Navidad.


INFRAMILEURISTAS


Vistos los tiempos que transcurren: contaminados, estresados, asalariados, y subnormalizados (por el invento de la tele que agoniza y hace agonizar nuestra creatividad).


Visto todo esto, lo mejor es tratar de vivir sin obsesionarse por cotizar a la seguridad social (esos tiempos vendrán irremediablemente), hay que permanecer indiferente y aguantar estoica los no rotundos laborales que le dirigen a una (ser como un Buda, o un Jesucristo inmutable), e invertir el tiempo en palabras escritas (son las que quedan aunque no te lean, las palabras persisten, están enganchadas a la vida, amarradas al barco de la existencia, pertenecen al mundo en cuanto las sacas de tu cabeza...)


Ser como un Buda o un Jesucristo inmutable conlleva horas, entraña meditación y experiencia extraída durante meses de búsquedas infructuosas de un empleo decente (porque indecentes hay muchos, indecorosas ofertas que ni siquiera llegan al rango de salario mileurista) Espido Freire ha escrito todo un novelón sobre el tema, pero ha dejado fuera a los inframileuristas, personajes que se enfrentan a las empresas infrahumanas y supraaprovechadas sin obtener más que su propia mala conciencia por haberse dejado tomar el pelo.


Soy una inframileurista y anhelo la evolución hacia el mileurismo.


Esperando la reedición



Ser un lector libre, es decir, un lector capaz de decidir lo que desea leer y encontrarse totalmente abastecido de las lecturas y autores con los que desea toparse en sus noches ávidas de historias, es una peripecia increíble. Me explico y aporto datos que sustenten mi teoría:


A ver, ¿Quién encuentra los dramas de Victor Hugo aguardándole en la vitrina de novedades de la semana en la librería? ¿Quién puede leer La Hija del Reverendo, de George Orwell sin tener que acudir a un ejemplar harapiento y enfermo de lepra de la biblioteca? Así se rellena de una forma infinita, voraz e inclemente la lista de títulos que una lee por pura fortuna o azares de la vida. Y después están los que nunca se han llegado a ver, son leyendas que circulan por internet, alucinaciones quijotescas.

Normalmente uno está al arbitrio de las modas, dependiendo de las grandes masas lectoras o del marketing que va unido a una película o un centenario, o simplemente a una princesita que regala a su príncipe azul como regalo de compromiso, un ejemplar tan antiquísimo y mono que fue casi parido de la mismísima imprenta de Gutenberg. Así alcanzó altas cotas de popularidad y se convirtió en un superventas del año el Doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Eso sí, la novela fue una incomprendida, un volumen embutido en las estanterías de la casa que aburrió al seguidor de Dan Brown. Pero hubo cientos de opciones, podías elegir la edición que más te gustara y eso llena la panza del comprador de libros.


Lo habitual, para esquivar el capricho editorial, será acudir a los libros de viejo, soportar la alta cotización de las novelas que allí se venden impuestas por los libreros que saben mucho sobre lo que llevan entre manos. Si uno es paciente, tras preguntar el precio que será casi tan alto como la luna, dirá: Bueno, puedo esperar. Alguien se dignará a publicarlo de aquí a unos años. Y si no es así, si es impaciente y las ganas le asaltan como pulgas, pagará lo que sea por la edición mugrosa, casi infecciosa, letal para la piel y la vista de ¨Ciego en Gaza¨ de Aldous Huxley.


Así es como uno simplemente trata de leer lo que le gusta. Es la forma de intentar cambiar de canal en su mente aunque se empeñan en ponerle siempre la primera de TVE.



Y, sinceramente, bajarse los libros de google no es la solución.

SUAVE ES LA NOCHE


Sábado de miopes, la pantalla empieza a doblarse, a convulsionarse, y mis ojos se adaptan a lo que sea.

Estoy leyendo Suave es la noche, Tender is the night. Del marido de la desequilibrada Zelda, es decir, F.Scott Fitzgerald. Desfilan los americanos confortablemente y bohemiamente afincados en Francia, Europa es rica en diversiones, y las mujeres se calcinan en la playa untadas por contraproducentes aceites de coco.
Después, abandonan las costas cercanas a Cannes y corren a situarse bajo la sombra de la Torre Eiffel, que siempre las recibe con su proa de hierro izada en la noche parisiense.
Estoy en medio del libro, los matrimonios son libres y los maridos codician a las amigas de sus mujeres. Todas son preciosas, jóvenes, prometedoras, lanzadas a la vida por el camino de la fortuna. Y las noches son de los americanos que rodean París con su inglés afrancesado.

EL ETERNAUTA





Balzac
se acomodó en su roca ojerosa, gris, empapada de lluvia. Los dos frente al ordenador, con el ADSL fulminando con palabras y cuentos sin padre y derechos de autor, con tanta palabra danzando que sus ojos se quemaron por la excesiva velocidad. La locuacidad de la máquina le aterró, guardó el invento como unos labios que se cierran y callan de repente (pantalla con teclado de portatil). Lo cerró suavemente, encantado con el movimiento de acallar y silenciar a lo que hablaba demasiado.
-Siento una chepa aquí atrás -le contó a la roca mientras trataba de masajearse la distante espalda- Es el dolor de estar así, obsesionado con lo que me cuenta el invento, eternizado en la inclemente postura del oficinista que teclea, y teclea, teclea...
Balzac, a pesar de sus palabras, volvió a abrir los labios de la máquina, la deja parlotear con sus mensajes, fotos, palabra, música, demandas de empleo, ofertas, libros que se leen gratis al precio de los ojos... La roca le miró, ojerosa de información, cansada de tanto leer lo que era inacabable e infinito como el cielo.
-¿Balzac, qué haces? Tienes que escribir, tus obras esperan, despégate del invento, acabarás mal, nadie podrá leer tus obras...
Y balzac sonrió levemente, sonrió de la misma forma en que lo haría un moribundo en su lecho de muerte. La muerte de Balzac no se sabe entonces cómo, pero llegó.

EL REY Y ESTE DIFUNTO OSO

quieroserbuenescritor.com

Al que ha llegado aquí persiguiendo la leyenda del ezcritor, ese tío que forra su blog con imágenes suyas trajinándose a cualquier bicho con aparato reproductor (da igual, su fama es coprófaga, es decir, se alimenta hasta de mierda), Le diré, que lo siento, pero ésto es lo único que hay: críticas.

Si en los libros hablamos de superventas, aquí, en los blogs, hablamos de supervisitas. Todo el mundo curiosea.
Todo el mundo quiere hablar aquí porque nuestras palabras quedan grabadas, esperando al próximo que nos pueda leer, y decir algo así como !!qué idiota!!, o !creo que me he enamorado, o qué profundas son esas tetas que éste tío ha colgado aquí!! Querrá ser un Henry Miller visual (es decir, metiendo imágenes de sexo en cada recoveco de su blog para excitar al visitante que hace tiempo que dejó de leerle para empezar a ver, babear, y autocomplacerse) Entonces no son lectores, no hay que engañarse quiero se ezcritor de éxito punto com y lo que sea, eso son visualizadores, consumidores de porno, es una página de play boy con pseudo comentarios millerianos. Desear ser escritor de éxito es un comienzo muy malo para un buen escritor.

Esn realidad, es es no saber lo que es ser escritor.

www.quieroserbuenescritor.com

AGUJERO DE PALABRAS




Las estadísticas pueden llegar a obsesionar, crear un vínculo entre las satisfacciones del día y los rascacielos de visitas, al final todo consiste en introducir palabras claves en el texto: Henry Miller, Emile Zola, Aldous Huxley, Franz Kafka, George orwell, Italo Calvino, I. Svevo...tranvías ováricos, paraíso de las damas y nanás, mundos felices, metamorfosis, Gran Hermano y Winston Smith, barones rampantes y conciencias de Zeno.
Así todo hasta crear una amalgama de nombres, un huracán de títulos y autores que atraigan a miles de moscas e insectos a mi telaraña de palabras. A veces quien llega a un Blog por accidente es como quien se cae por un agujero. Éste es mi agujero, mi madrigera, aquí vivimos yo y mi prosa.

TRANSPORTES IMPOSIBLES, S.L.


Primer pequeño fin al período estival. La mancha humana sigue en las playas como un chapapote de piel achicharrada y apergaminada. Yo prefiero columpiar mi mirada por la montaña y colgarme de ella siempre que este calor ceda un poco y ceje en su empeño de matar.
Hoy he discutido con un inútil asalariado de una empresa distribuidora. Son los F... International, asentados en Barcelona, y culpables de ser idiotas. Por ellos me quedé sin mi mesa de la India. No notificaron, por mucho que yo llamara y rellamara y una guiri catalana me soltara eso de que ¨no sé quién está ocupado, ¿Quién llama?¨
Ahora, el genio de los transportes frustrados habla de ¨abandono legal¨, dulces palabras que ha incorporado a su vocabulario esta misma semana sólo para hablar conmigo. Aprende un idioma sólo por mí, y admite que tengo razón en enfadarme... Cuando insulto a su empresa cree que le insulto a él, está tan identificado y metido en las carnes empresariales que no distingue ya a la hormiga del hormiguero.Y una demandita?, la distinguirás cuando la veas?

PARÍS ERA UNA FIESTA


La semana pasada quería estar en ÁFRICA, recorrerme el continente, internarme en sus laberínticos caminos que siempre enseñan el mismo paisaje: sol, sabana, acribillamiento de luz, arena, acacias casuales... Puede que de repente un bosque, un río...
Pero hoy quiero estar en París, de nuevo en esa ciudad:

-Pero, Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde -dijo ella- aunque no tengamos dinero.
-Claro que voy a ir -dije-. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.
-Iremos por la Rue de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos todos los escaparates.
-Estupendo, podemos ir a cualquier parte y meternos en un café donde nadie nos conozca y nos tomamos una copa.
-Podemos tomar dos copas.
-Entonces también podemos cenar en alguna parte.
-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.
-Bueno, volvereremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de ése de la cooperativa de enfrente. Y luego leeremos un rato, y nos iremos a la cama y haremos el amor.
-Y yo te querré a ti siempre y tú siempra a mí.
-Siempre, y a nadie más.
-Ahora vamos a almorzar.

Esto es la felicidad. La felicidad de Hemingway a los 22 años, en París, con su mujer, con su hijo, con el perro de su hijo y escribiendo.

ISMAILÍA


A punto estoy de culminar mi noticia bomba, he vivido un par de días en el estado de Ismailía, perdida en esa África profunda y comunista, arremetida por mis deseos de subir a un avión, a un coche y viajar sin carreteras (prefiero la polvorienta visión del que avanza por trazados demenciales)o a un barco que se desliza suave y azul...

Ismailía. Estado gobernado por Evelyn Waugh. País que a pesar de sus guerras periodísticas y desarreglos políticos (como una regla puñetera) Hay que, necesariamente, inevitablemente, impepinablemente, visitar.

Y si no pudiera ser, porque no aparece como destino en las ofertas de los paquetes turísticos, un libro de E.V. en las manos y en la vista.

VERANO AZUL EN MADRID


Cuando trabajaba en la Agencia Efe, en esa redacción enorme, cuadrada, que giraba alrededor de un mundo noticioso, mi jefe en la sección de Justicia e Interior a modo de despedida, me envió al mes siguiente, a mi casa alicantina, la novela "Noticia bomba", de Evelyn Waugh. Me lo envolvió con una tarjeta cuajada de saludos, las mejores intenciones y conminándome a que lo leyera puesto que, según decía, tras su lectura ya sabría todo lo que tenía que conocer acerca del periodismo. En ello estoy. Leo, releo y me encandila la misión del periodista. Ese bichejo que se adentra en las trincheras de lo absurdo: los sucesos, los políticos con sus bla, bla, bla infatigables, los sucesos y las guerras en micropaíses o en macrocivilizaciones.

Pero además, resulta que:

Os echo de menos amigos masterizados del máster de EFE, que durante un año confluimos en Madrid para encontrarnos, conocernos y avistar nuestras maravillosas caras pobladas de sueños. A las colombianas, a la mexicana, a la que anda tras las trincheras de Israel contratada por el enchufe que siempre proporciona un familiar bien apoltronado en las altas esferas, a la barcelonesa que ahora anda arrimada a un madrileño paseando por pleno Sol, a las brasileñas, a los madrileños con laísmo o sin él...

Sin duda, nos echamos de menos casi tanto como los amigos de chancla y bañador de verano azul.

EL VIAJERO DEL TIEMPO


No hay todavía Morloks, ni el Támesis discurre limpio bajo un techo azul y arrimándose a una salvaje vegetación... Todo sigue igual, y la máquina del tiempo sigue sin inventar, oxidándose en la mente de algún genio, mientras que H.G.WELLS ha dejado de existir mucho antes de que Orson Wells radiara su éxito "la Guerra de los Mundos"... amedrentando, atemorizando, y clavando el terror en los ojos de los terráqueos.

No hay nada, todo sigue igual, la contaminación sigue elevándose, rudas y nutridas nubes, hiperalimentadas, vitaminadas con la peste del coche, la fábrica, la industria humana que teje y teje...

Si tuvieras que reconstruir la humanidad (no hay libros, no hay cultura, no hay apenas palabras, ni Dosstoievski, ni Crimen y Castigo, ni Victor Hugo, ni Kant, ni los hermanos Marx...) ¿Qué tres libros te llevarías? ¿Cuáles rescatarías del genocidio final? ¿Cuáles serían vitales para reconstruirnos?

DES-MOTIVADA



Ayer pasé la tarde con Balzac, compartiendo los dos este indecoroso calor que se cuela por la dignidad del ser humano (siempre se acaba arremangada,descamisada, aletargada y angustiada porque el calor...)


Y a quien quiera saber más sobre Balzac, le puedo ofrecer además de una foto mía acompañada del busto del autor en el cementerio de Pere Lachaise con melena(el genial autor) al estilo más dejado del príncipe valiente, enrejado en esa oxidada valla que le circunda a él dentro, pues además, después de esta cansada gramática de vueltas y más vueltas. Descanso para el lector.
Pues...además!, le puedo ofrecer una bibliografía de libros suyos leídos por mí.
-Eugene Grandet
-Papa Goriot
-El primo Pons

Y otro todavía por llegar a mi mesita de noche de lecturas, pero que ya aguarda en la atestada estantería de libros que se granjeraron mi devoción literaria: Las Iluisones perdidas, volumen de palabras vírgenes que todavía no han sido recorridas por unos ojos, en breve me amoldaré a las curvas mortales de sus AS, recorreré el bosque virgen de sus frases, mis ojos babean de emoción y mis manos tan sólo desean tocarlo, acariciarlo... desde el mullido rincón de mi habitación.

EINSTEIN PENSÓ QUE EL PROCESO DE KAFKA ERA DEMASIADO COMPLEJO PARA ÉL




Este supercalifragilíticoespialidoso título de mi entrada quiere decir mucho, es profundo, encierra el genio de la humildad. Y así le contestó el famoso canoso a Thomas Mann quien le había recomendado esta lectura para entretenerse durante la velada.

¿Y si todo el mundo fuera tan sencillo y modesto como ALBERT? Si todos dejásemos de pasear nuestra orgullosa pedantería. Creo que estas palabras son ininteligibles, casi tanto como lo era El proceso para Einstein que vivía en la dimensión de los mundos relativos, cuyo verbo era la tabla de multiplicar y para quien las palabras sólo servían para sostener un mundo Kafkiano.

Pues eso, ya lo dijo Einstein. Todo es relativo, incluso la inteligencia. De modo que...el inteligente puede ser tonto en términos relativos, y el tonto puede ser relativamente un genio.

MILLER HIZO DE CHICO PARA TODO EN PARÍS


Esto lleva algún tiempo parado, algo trasnochado, petrificadillo, medio desfasado, con síntomas de monumento (parado e inerte y pillado en la misma postura de simpre: mayo y el carné de conducir). Ni él ni yo, a pesar del carné, nos movemos. Ahora estudio francés porque anhelo ser un Henry Miller y leer a Zola en su idioma y porque quiero decorar mi currículum. ¡Necesito un trabajo! No ando con remilgos, sólo justicia hacia el licenciado masterizado y anglosajonizado.

Internet es un mundo de demandantes de empleo y empleadores que se dicen que no sin siquiera mirarse a los ojillos. Números, números, todos somos números y yo quiero que mi cuenta también los tenga, gordos y contantes y sonantes números...

¿Cuándo terminará esta traviata, este concierto, este Festival de Benicássim de demandantes y oferentes? Los libros, los autores, tienen todas las respuestas.

LA CONJURA DE LOS NECIOS


Ya tengo el carné de conducir. Me costó obsesiones, noches en vela y en vilo, estresantes momentos al volante auscultando las melodias de sermón que mi preparador me soltaba mientras yo le llenaba los bolsillos de dinerito. Fue dinero caro, carné doblemente sufrido en mi economía y em mis nervios, pero ahora...

Recuerdo la frase: ¿sabes?, si viviera en otro siglo, algo así como el XVIII, me ahorraría esta cosa.

Blazac no condujo, tampoco Henry Miller (él usaba el tranvía ovárico), por supuesto que tampoco lo hizo Victor Hugo, pero sí que conducía John Kennedy Toole y de hecho usó el tubo de escape de su auto para sucidarse a los 32 añitos. Cercenó la literatura, su cerebro dejó de rezumar genio y nunca llegó a ver publicada su "Conjura de los Necios".

LA ESCALADA Y EL RUSO


Las agujetas clavetean en mi espalda, recuerdos del fin de semana instalados en mis músculos. Pero me encanta sentirlos. Son dolores primitivos, punzantes emanaciones del ejercicio físico. La roca estaba tan deseable, con su rostro fresco y aliviado tras la lluvia...

Ayer concluí "La hija del capitán" de Pushkin. No me enamoró, tendré que seguir leyendo a este autor para desentrañar su grandeza literaria.

Entonces, una puede pensar, inspirada por este nombre que Pushkin eligió para su novelita, porque es pequeña, un par de noches y se extinguió de tus quehaceres de lecturas, pues eso puedes pensar en el magno, en el Capitán de roca que despunta en el parque nacional de Yosemite, en California. Admirénlo arriba:

DEL TRANVÍA OVÁRICO DE HENRY MILLER Y NO DE DAN BROWN



Eso era de Henry Miller. Yo le robé el título, me apropié de la idea esa ininteligible del tranvía ovárico de uno de sus trópicos literarios: "Trópico de cáncer". Soy una usurpadora, pero es que era un homenaje mudo. Un guiño al muertito de Miller que ahora andará por los cielos parisienses escudriñando la vida bohemia que discurre a orillas de su Sena. Cuando fui a París todavía no conocía a Miller, y vagué por sus calles hasta el cementerio de Pere Lachaise para rendir pleitesía a Oscar Wilde, a Dumas o a Balzac. Quería verlos en sus tumbas. Estaban muertos, hundidos en sus tumbas, pero decían y convulsionaban tanto mi vida con sus palabrejas... Es que estaban mal muertos, a medio morir, todavía hablaban y relinchaban, jadeaban eternamente en sus libros influyendo en mí y a saber en quien más.
No leo a Brown, a Dan Brown.¡Cómo iba a leerlo si ni siquiera tiene nombre de escritor! No me interesa su monalisa, sus escarceos con la biblia, ni sus mentirijillas de novelista, me abruman sus superventas, esa moda que existe hasta en los libros, dictadura editorial de Vogue, de El País... o de qué sé yo. No, no, señores.

La literatura es libertad, rescatar palabras de los sótanos del mundo y construirse uno mismo. La literatura es el ladrillo. No se pueden construir tantas casas iguales.
Dirigido a quien me entienda.

EN EL TRANVÍA OVÁRICO


Las palabras, ¿las palabras...? Las palabras son cosas que yo embuto en mi cerebro a través de sílabas mezcladas con vocales y consonantes, son lugares que yo he visto tantas veces que al final me merecieron un nombre.
Las palabras son las lanzas que yo uso para asir la verdad y son las cosas que yo lanzo desde mi boca para combatir a los que me intentan engañar.

Engañifas son las cosas que me sueltan los rufianes que construyen desde cualquier lugar desde donde se pueda vislumbrar el mar, o un trozo de su azul reflejado en el batiente de alguna persiana. Ese es el lugar elegido, es como el mapa del tesoro de algún pirata donde se marca una X de fortuna afortunada para el constructor.

La montaña, la naturaleza es el país en el que yo quiero vivir y por la que cruzan horribles cicatrices de humanidad, de civilización...de salvaje tumulto humano que arrebata de mis ojos los bosques y me planta el turismo que crece, se expande como una falsa promesa de prosperidad.