por Lynnsinhill

Tras la pista de mis letras en mi nuevo blog sobre marcas de zapatos


Me parece extraño estar aquí en este hábitat kafkiano que tengo tan desterrado de mi día a día. Pero qué se le va a hacer, ahora frecuento otros lares.
A los que queráis seguir mis andanzas blogueras, os invito a hacerlo en mi nuevo blog sobre zapatos y marcas llamado "Los zapatos de Dorita".
No os creáis que me he vuelto una insulta bloguera de moda, pues lo que trato es crear una bitácora para "no  noñas y no trendy egocéntricas". Si queréis saber qué diablos es eso, ya sabéis cómo resolver el misterio.
Poco más. Echo de menos a "La edad kafkiana", pero esos tiempos pasaron y no volverán.
Con suerte, algún día nos veremos en las librerías...


Mi mente anda en Big Sur.

                         
Me llega un olor a chuletas, a una fritanga con el tomate de protagonista (no hay tomillo en su maceta capaz de noquear esa fritanga) y el sonidillo de un "costumbrista" afilador en la lontanza auditiva.

Estoy en la la terraza, en un septiembre en las últimas, con el sol todavía corriéndose juergas en mi termostato y  recalentando las paredes de mi nido conyugal. 
Me siento como Henry Miller en su Big Sur, aunque el mío es mental. Sí, me hallo en un Big Sur mental con ganas, con muchas ganas de pleitear con la prosa. 

En breve me regodearé con Bolaño. Descanse en paz su espíritu, pero no su obra. A esa no hay que desearle un D.E.P., ni un anglosajón R.I.P. A esta hay que decirle que se corra botellones en la mente de media humanidad, que escancie su imaginación en las almas de sus lectores...

Me siguen llegando bocanadas de pueblo "septiembrerero"; metido en la faena diaria, preparando el pienso del mediodía y yo aquí, en mi terraza, con montañas y metas en perspectiva.

Hoy, sí, desde luego, hace un día propio de Big Sur.

Amamantar niños y novelas

Trasnocho para amamantar. También tendré que reaprender a amamantar mi novela con palabras e ideas.

Mi mente y el ordenador agarrados gracias a una suerte de pezón imaginario con el que me succiona la prosa. Así, poco a poco y con paciencia, nutriendo y engordando el final de la historia que parí hace dos años. Soy lenta, lenta..., con una gestación de elefantes cuando en vez de construir con el playmobil uterino recurro al mental e hilvano mi manuscrito.
Por ahora carezco de recogimiento y silencio, de modo que mi mente sólo se atreve con los "posts". Tiene miedo al truncamiento, a que se rompa la cobertura en medio de una maravillosa conversación con la inspiración. Y todo a causa de un lloro o un estómago que reclama su dosis, como un yonqui de mí..., así es mi niño.

Mi hijo

Me corté la cinta inaugural de madre hará un mes. Desde entonces tengo a un retoño oteando los colores de este mundo a través de un cinemascope de barrotes de cuna. Creo que este lugar le parece interesante, todavía no conoce el lado oscuro de la fuerza, porque su papi y yo somos su censura.

Me acaban de reclamar con un grito indio reencarnado en bebé de un mes. Allá voy, me toca licuarme en comida, aunque ahora me apetecía hacerlo en palabras.
 

En el camino de Santi


Hace un año que me resquebrajé los músculos subiendo a Sant Jean Pied de Port.

Los primeros metros tenían pinta de Everest. Guardaban semejanza con una joroba jorobante de mis piernas. No había forma de ponerle meta a los kilómetros; un fin juicioso, pero la saña se expandía...

Empezaba el Camino de Santiago con un primer plato de pirineos franceses. El menú me gustaba... A muchos se les atraganta este primer mordisco galo, pero a nosotros nos subía el tigre Tony por las piernas y el Bon Jour nos salía de los labios como un oxígeno bien apurado.

Roncesvalles anidaba abajo, con su vetusto semblante repleto de biografías de peregrinos que allí decidieron tomar el ascensor hasta el cielo. "Un no puedo más", además de enfermedades miles que se engendraban en sus cuerpos los dejaron fertilizando la leyenda de Roncesvalles y el Camino.

Recuerdo el cóctel de nacionalidades, la verbena de olores del albergue...; los setenta de algunos, los veinte de muchos y los treinta nuestros. 
Las sombras se construían bajo literas, aquellos árboles de látex y hierro suponían la umbría bajo la que descansaba. No había nasciturus en contrucción, sólo piernas podando kilómetros del camino y de las etapas...


La Tau se acomodó en mi cuello, no era una garganta de Templaria, pero sí de escritora. Y se agarró a ella, como un chimpancé de su rama... Empezaba el camino, y las agujetas empezaron a crepitar por mis músculos que todavía hoy declaran un fuego pirómano de recuerdos.