No dormirá la espada en mi mano
Mañana es jornada de letras, de juntapalabras repudiada por el gremio editorial. No importa, mis heridas, las que intentan hacer sangrar, hace tiempo que cerraron. Soy como un chulo Richard Ashcroft, caminando entre las alamedas de las editoriales. Mis ojos segregan un líquido desdén, y mi sonrisa es un escudo mágico.
No creo en los dioses que deciden, que se sientan, asienten, otorgan o niegan como el lado Hyde de un rey Salomón. Sólo creo en el trabajo, en la soldadesca de mis palabras, en mis ideas y en esos genios que me dejaron su master class: Dostoievski, Miller, Zola, Balzac, Wilde, Chesterton, incluso Dylan, Bob Dylan. Sus tumbas son perfume de literatura, un Chanel inigualable.
Creo que ya me he curado, ya no padezco esa gripe A del escritor, ya no me importa el ronroneo de gato interesado de las editoriales. Trabajo en mi zona de éxito, en mi jardín insonorizado con PVC, hasta aquí no llegan los taconeos y los golpetazos del best seller atracando en el puerto de las librerías. Ahí, descargadas como cajas de leche a la puerta de un supermercado.
Soy feliz con mi amor, pasamos veladas enteras contándonos historias, susurrándonos personajes posibles e imposibles. A veces le odio, detesto su indiferencia, pero me enamora con su garbo y desparpajo de poeta. Somos un Romeo y Julieta de final feliz, porque nunca acabaremos...
El hombre de zapatos marítimos
La corriente se lleva un post
Hace tiempo de esto. Tantísimo tiempo que las teclas de mi ordenador se han convertido en Antártidas que no sé si conseguiré deshelar.Tanto que dudo de que el cambio climático exista para ellas. De todos modos insistiré, puede que mi imaginación algún día logre descongelar una buena historia; la sacaré del congelador y esperaré pacientemente a que pueda moverse de nuevo y luego me sonría: una boca medio ulcerosa y algo contraída por la timidez.
Ah, qué placer casi orgásmico siento al enredar mi verbo de nuevo en la red. Lo subo al escaparate de las búsquedas googlianas, lo lanzo al ancho mar de las pantallas parpadeantes, beso su estampa antes de marcharse y grito de placer porque se va, se va, lo aleja la corriente... y las olas se lo zampan de un mordisco espumoso.
Ya no está; pero el placer que he sentido todavía aletea en mi vagina
mental.
Trabajando

Vengo de merodear por el Sena. Ya lo sabéis, cubro el puesto de Hemingway. Mis perros y yo paseamos. A algunos los he tenido que sacar de sus tumbas, plantarme delante de ellas y decir "abracadabra" y ellos han salido hermosos y jóvenes para asaltar París a mi vera. Su trote es el "tam tam" de mis pasos y sus bocas son profundos túneles de saliva y molares deseosos de cazar conejos, gatos o erizos. "Nada de eso, chicos", les digo, "En París sólo se pueden cazar sueños". Parecen entender y sus bocas se relamen ante la perspectiva sabrosa del sueño, esa sustancia divina.
Somos cinco y seguimos trotando como una manada neanderthal y bohemia. Mis perros me sugieren rutas, monumentos, calles, restaurantes... Parece que han estado aquí antes.
Uno de ellos me habla de alquilar un bote y remar por el Sena como robustos "Maupassantantes" antes de adentrarse en la locura. A otra la idea de verse sitiada por el agua le espeluzna y le hace sentir nostalgia de la tumba (tierra).
"No iremos, tranquila. Nos quedaremos aquí, bajo el cielo y sobre el suelo", le digo a mi adorada can.
Ella sonríe. (Por supuesto que puede sonreir un perro). Hoy he escrito un par de cuentos, unas crónicas y mi trabajo ha sido casi tan fecundo como el del sol. Estoy contenta. Si me aplico, podré promocionar hasta el puesto de persona eternamente feliz.
Profesiones para tiempos de crisis
Hace tiempo que no escribo, ni aquí ni allá (en mi segunda novela), pero la atmósfera está caliente y una primavera de ideas comienza a despuntar en la terraza de mi persona.
El destino quiere que escriba, entiendo que así lo quiere pues no encuentro trabajo, pero, si lo pienso, resulta que el FATE desea que el mundo se plague de artistas puuesto que nadie encuentra hueco laboral y otros muchos lo pierden. Bien, pues seamos artistas... resucitemos París; saquemos de sus tumbas a Miller, Joyce, Hemingway, Picasso y a Ford Madox Ford... Adiós, escuelas de negocios. Bye, bye, hombres de provecho económico. Empieza a crepitar el verso en los balcones de la rue no sé qué y París vuelve a ser una fiesta.
Bien, pues no me emperro en decirle al destino que no, acataré las jornadas a la vera del Sena y en sus cafeterías alimentadas por la docta clientela del Louvre. Ay, he rellenado el formulario de la oferta de trabajo ya. He enviado mi "application job".
Ya tengo trabajo! Adiós, cola anfibia del INEM. La oferta decía algo así:
Se busca un Hemingway, no importa el sexo, valen mujeres. Tendrá que residir en París y escribir, escribir y escribir. Pasará alguna estrechez económica pero será feliz, tremendamente feliz.
Me han dado el puesto y parto para allá con la emoción del primer día de trabajo. En el trayecto en tren, puedo leer el periódico. Hago un vistazo rápido, de tipeja laboralmente satisfecha, a la sección de clasificados y leo lo siguiente:
Se busca un Scott Fitgerald. No importa el sexo. Deberá vivir una tormentosa relación con su pareja (su esposa, Zelda, estaba loca) y vivir en París. Su trabajo será escribir y vivir. Interesados envíen currículum vitae a...
Levanto la vista, emponzoñada de emoción ante la perspectiva que se avecina, y pienso que el arte siempre tiene un mercado laboral que ofrecer...
La delegación de escritores

Acabo de dar esquinazo a Ibiza y me he venido para acá. Pero no voy a volver sobre el asunto del que hablé en el piso de abajo. He venido a desfogar mi verbo y a dignificar mi imaginación.
Ayer se me ocurrió un argumento, suele pasarme cuando la cama y la manta se confabulan para que me desplome en un sueño de ocho horas. Por unos momentos creo que la idea pescada estará mordiendo el anzuelo hasta mañana, pero al día siguiente el pececillo se ha pirado y pongo cara de estreñimiento mental porque sé que la historia está ahí, en mis intestinos imaginativos, aunque se niega a asomarse. (Puede ser que esta metáfora sea un horror. De hecho, lo es. Pero un blog no es un sitio de censuras).
A ver:
Tolstoi ha venido a visitarme. Es el delegado de una representación de escritores de la talla de Zola, Víctor Hugo, Fitzgerald, Dostoievski...
Me trasmite el mensaje de todos:
-Eres nuestra esperanza. Sólo creemos en ti para seguir haciendo literatura. Pero no eres la única, hay más como tú, pero están desmoralizados y aplastados por el gremio editorial. Encuéntralos y lidera esta revolución contra la era del bestseller histórico. Zafón y los suyos no pueden seguir haciendo de las suyas. Sus fechorías literarias amenazan al mundo de la imaginación.
Yo asiento. Qué tremenda misión. Ahora soy John Connor y busco a los supervivientes de este holocausto que ha aniquilado a la literatura.
Ciudades del mundo
A Lynn le están hurtando los argumentos, se los están robando poco a poco con la estrategia del trabajo; ésa que la tiene horas sentadas dando la vuelta al mundo para poner en marcha cientos de páginas web al respecto.
Menuda paliza de monumentos, economía del lugar, cómo llegar y gastronomía de la zona. Desde entonces, he comido en decenas de países, pero tengo el culo plano de no moverlo de mi silla sedentaria. ¿Existen los viajes virtuales? Sí, los que yo hago sin despegarme de mi tercer brazo (teclado) y de mi cara antirreflectante (pantalla). A pesar de que ambos somos portátiles, ninguno de los dos se mueve y seguimos amarrados a puerto. ¿Creéis que quiero viajar? No, simplemente quiero quitarme el lastre de las ciudades de las que tengo que hablar como si mi retina y ellas se conocieran. Tendré que llamar a Braveheart para que me liberte, mi causa es casi tan grande como la de Escocia.
Lo que he sido y seguiré siendo

Es que hace más de un mes que no escribo y Jack London espera tendido en mi cama. Tiene los ojos idos, idos muy lejos, como estrellas que brillan en el firmamento pero hace siglos que murieron.
London está tendido, amarrado en el puerto de mi cama, con una pipa moliendo con sus humos la pureza del aire de mi habitación... Sus ojos no tienen noche, en ellos es de día siempre. Se acaba de librar de la camisa de fuerza de su prisión de San Quintín y empieza a desperezar sus músculos que se hinchan como velas. La sonrisa ara su piel y empiezan a brotar dientes en cuanto me ve. No viene a contarme marranadas este London, sino que quiere relatarme cosas sabias.
Ayer nos quedó pendiente una de sus reencarnaciones: me dijo que había sido un loco ermitaño de Egipto, un niño colono camino de una próspera California, además de un parisiense tonto por los duelos antes del alba. Nos ha quedado en la lengua una vida sin contar.
Me pongo el pijama y él empieza a relatar las cien mil vidas que precedieron al Gran Jack London.
Sonrío como una boba, antes también sonreí así a Jack Kerouac, y a Maupassant, también a Dostoievski o a Tolstoi. Por no hablar de Huxley, Emile Zola o Fitzgerald. Antes de ellos estuvieron Michael Ende, José Luis Olazoila... Es cierto, debo reconocerlo, soy una cualquiera y, muchas veces, una cualquiera lesbiana.
La verdadera historia de...

Era tarde cuando K. llegó al castillo y saludó a la concurrencia que engullía cervezas. Los ojos apenas se desatoraron de la partida de cartas que se jugaba y K. presintió la mala educación.
Pidió su cena a una camarera de pechos con dimensiones de Kilimanjaro, cuyas cimas, adivinó K., no estaban nevadas, pero sí preparadas para la tarea de robustecer a algún bebé que aguardaba en casa al regreso de la madre.
Pero K. no estaba para escaladas, así que no le prestó mucha atención. Sólo quería su bendita comida, para apaciguar a un rugiente estómago. Tenía sueño y se le caían los párpados, pronto se le desprecintaron y captó las nieblas londinenses del plato que le traían.
Se dejó mecer por los aromas, comió, y desparramó sus carnes dormidas sobre la hiriente madera. Llevaba días viajando y el frío del exterior le había desintegrado las grasas.
Necesitaba dormir, dormir... Pronto despertó en medio de una novela de Kafka. Se maldijo a sí mismo por haberse dejado atrapar de esa manera tan tonta por el escritor.
Enseguida retiró su cabeza, pesada como un lingote de la Reserva Federal de EE.UU., de su abrigo-almohada. De nuevo Kafka mandaba como un Hitler o Franco sobre su vida.
No había nada que hacer, sólo cruzar los dedos y orar porque aquello no fuera "El proceso", ni....
Los rezos no llegaron a los oídos de Dios o del Escritor:
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa (el antiguo K.) se despertó convertido en un monstruoso insecto...
La posteridad con pastillas

El señorito Zola descendió un pie de la calesa. Su bigote necesitaba un suplemento de hierro y caía, mustio, sobre sus labios. Levantó los ojos y miró a su alrededor. Su bastón empezó a taconear sobre la acera de la rue...
El nombre "Emile" tiraba del carro de su apellido; es decir, "Emile" son los caballos y "Zola", el carruaje: Emile Zola. Así de sencillo... (Suena raro, pero esto es un blog que no atiende a cribas de editoriales).
Seguimos:
Nuestro Zola desfiló con su bastón. Estaba algo triste... porque su amigo H.G.Wells lo había paseado en su "coche"... (la máquina del tiempo) y lo había llevado a un sitio... Una vez allí, se había bajado del auto y caminado con Herbert hasta una cadena de librerías patrias. Ahí mismo su colega le había dicho:
-Por esto trabajas más de doce horas diarias...
Zola corroboró con cien mil miradas perplejas que la "Z" de las estanterías apenas le recordaba y que, de toda la urbanización literaria que había creado, sólo una de aquellas viviendas parecía habitada: Naná.
-Pero ¿por qué? -preguntó mientras la destocada edición de bolsillo se levantaba las páginas para mostrar sus "pechos como lanzas".
Herbert se encogió de hombros y a Zola se le encresparon los bigotes de pura indignación cual perro camorrista, después volvieron al déficit de hierro.
-¿Qué es lo que ha pasado?...
-Pues que no te cuidabas... -replicó Herbert en un plan elocuente-. Observa tu bigote... Lo tienes decaído, por no hablar de la piel amarillenta y los ojos vidriosos. Como sigas así, morirás dentro de... cuarenta años.
-¿Tan mal me ves de salud?
-Sí, pero no te preocupes, tengo la solución... Casualmente he dado con una fórmula fantástica capaz de vigorizarte.
Y don Wells desenfundó un pequeño bote con unas entrañas de pastillas.
-Tómate una de estas una vez al día y verás qué bien te encuentras... Durarás dos mil años y la posteridad no existirá para ti dado que serás "un presente progresivo", cuyos libros andarán siempre por la sección de novedades. Ay, amigo...
Don Zola engulló la primera de esas pastillas con rumbo al eterno presente, todo sea porque la "Z" de las librerías no le olvide.



